Actualizado el 8 de julio de 2011

Una novela que duele

Por: . 4|6|2010

La soledad del tiempoSi meses atrás alguien me hubiera pedido que leyera una novela contextualizada en la Cuba de los 90, con sus conocidos fenómenos sociales (o íconos culturales, todo depende del punto de vista o el objetivo con el cual se revisite la historia) como la jinetera, el yuma, los fulas, los chícharos, el desasosiego, los balseros o el rigor radical de la crisis económica, me hubiera negado por completo. Bastante he leído ya sobre el tema, diría tajantemente, ¿acaso toda una década de literatura (no toda la literatura, pero sí toda la década), no fue suficiente para tratar lo mismo con lo mismo? Lo más probable es que a mis palabras las hubiera acompañado un gesto desdeñoso y la pose de joven incrédulo, irreverente, postmoderno, de estos que creen redescubrir la esencia de la literatura, de los que no quieren perder el tiempo con historias clonadas. Por suerte, La soledad del tiempo, primera novela de Alberto Guerra Naranjo, me salvó de esa imaginaria situación vergonzosa.

Antes, el libro de cuentos Blasfemia del escriba(Letras Cubanas, 2000 y 2002) había anunciado a Guerra como un escritor de gran calibre. No es producto de la casualidad que subsistan en las librerías de nuestro país contados ejemplares de este libro, que varios de sus cuentos hayan sido versionados para la televisión (estableciendo raseros en la calidad de los programas dramatizados) y que La soledad del tiempo haya motivado la atención de la crítica (con cerca de media docena de reseñas en diversos medios y soportes), y lo que es más importante: la atención del público lector, que colma cada una de las presentaciones para adquirir la novela.

La soledad… parte de una historia ya conocida por quienes hemos seguido los pasos de este escritor. Su primer capítulo, “Los Heraldos Negros”, es uno de los relatos más significativos de los recogidos en Blasfemia…; y lo primero que sorprende es la capacidad de convertir el cuento en materia prima para una obra de envergadura mayor, en donde se revitalizan ambientes y situaciones, se retoman historias ya esbozadas y se sobredimensionan personajes que en el cuento eran invisibles o simplemente no formaban parte de esa ficción precedente.

La soledad del tiempo nos recibe con un reto. Desde la primera página, el lector se enfrenta a un narrador que reescribe el cuento que primero escribiera su amigo M.G. y que naciera de la experiencia de J.L, otro amigo escritor.

Una escritura nada convencional, que el lector medio (si se me permite hablar en estos términos) debe vencer para adentrarse en una narración que poco a poco, capítulo a capítulo, se va superando a sí misma y va ganando en interés. Los hilos se tejen y entrelazan a medida que cada personaje se enfrenta a su realidad, a sus intereses, carencias, objetivos, e interactúa con un contexto que lo pone a prueba en el camino a la búsqueda de un fin común.
De esta forma, senos coloca ante cuestiones latentes, como la marginación, el racismo, la intolerancia, el oportunismo, la diferencia de clases, la ética o la ferviente caza de un viaje al exterior para solventar los problemas económicos en una nación en crisis.

La soledad del tiempo no es texto que excluye, en esta época donde tantos escritores escriben para sus amigos escritores. Ser entretenida es uno de sus méritos; aunque esto no quiere decir que la novela sea de las que complace, edulcora o adorna con luces de neón la realidad. Al contrario, resulta severa en la descripción del comportamiento humano; es un crudo termómetro ético, para medir el nivel al que puede llegar el hombre con el pretexto de alcanzar sus fines. Duele e incomoda, a la vez que divierte.

Mientras avanzaba en la lectura iba desterrando todo atisbo de incredulidad. Me sorprendí en la piel de Sergio Navarro y fui trasmutando hacia M.G, J.L, un taxista en México, una chica rubia, incluso un Emilio Varona, para regresar luego a Sergio. Como en la teoría de la cola mordida de la serpiente pedaleé las calles de La Habana, oí los gritos de un puerco apuñaleado, ajusté el micrófono frente al público en Guadalajara, sentí el ardor de novecientos dólares en el bolsillo, el brazo partido y me lancé por una ventana para luego volver a pedalear por las calles de la ciudad.

Al terminar, pedí a mis amigos que la leyeran, sin decirles que se desarrollaba en la Cuba de los 90, con sus jineteras, sus yumas y sus fulas, sin predisponerlos hacia una posible historia repetida, para que, como pude haber hecho yo, no adoptaran una pose de joven incrédulo, ni esgrimieran gestos desdeñosos y tuvieran el privilegio de disfrutar, de una de las novelas más interesantes en esta primera década del siglo XXI.

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