Actualizado el 8 de julio de 2011

Rufo Caballero en su Isla rodeada de Agua Bendita

Por: . 21|12|2010

Al emprender la lectura de Agua Bendita, el más reciente libro de Rufo Caballero, me viene al recuerdo la metáfora de Alfonso Reyes cuando define el ensayocomo el “centauro de los géneros”.

Para explicar su alegoría dice Reyes que en el ensayo “hay de todo y cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede ya responder al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en marcha, al etcétera”. Tal es el caso de Rufo. Aunque el volumen se acompañe del subtítulo Crítica de Arte, 1987-2007, la lectura íntegra del texto nos revela lo estrecho del rótulo, pues Rufo, quien hace años viene demostrando que es un creador, un hacedor que puja por pasar a mayores, nos entrega —a la manera del Aleph borgiano— un punto en el que se resume un universo entero, el cual, como apunta Reyes, asimila el discurso y la manera de hacer de la tradición, y a la vez se nos encima henchido de modernidad y futuro.

Agua Bendita no es una mera recopilación de textos. Si resulta obvio que Rufo recopila cerca de cincuenta textos críticos sobre el arte cubano contemporáneo, que fueron apareciendo a lo largo de los últimos veinte años en diversas publicaciones periódicas, al reunirlos en un libro el autor rehúye toda práctica al uso, cualquier facilismo, para brindarnos una entidad autónoma, con vida propia.

Rufo no sucumbe a la tentación de presentar los textos con una organización cronológica y, haciendo suyas las bondades y los retos del discurso poscrítico, reinventa, corta, pega, recrea, fabula, inventa personajes, tira de las orejas a la tradición, sacude el cuerpo dormido y empolvado del discurso crítico, viste la toga y el birrete unas veces, y otras se pasea desnudo por las páginas, para ofrecernos un texto que es a la vez, discernimiento y mito, realidad e imagen.

Así, por ejemplo, en “Voces de una galería. Cien años de Carlos Enríquez”, primer texto del libro, un poscrítico, un semiótico, un estudiante de arte, un Carlos Enríquez en movimiento, junto a un amigo suyo, artista también, que firma Marcelo, son la funciones semióticas a través de las cuales Rufo teje la urdimbre narrativa de su ensayo fabulado, ejercicio que anunciará lo poco ortodoxa que será la estructura interna de su libro. De manera que nos enfrentamos a un texto que promueve el ejercicio del criterio desde la belleza que ofrece la práctica de la ficción. Un gesto creativo que busca hacer suyo aquel dulce et utile horaciano y que cuenta entre nosotros con el memorable antecedente de Ella escribía poscrítica, de Maggie Mateo.

En este sentido el libro será un reto constante al lector, pues no existe, en lo formal, ni en los contenidos, la línea áurea, la pretendida coherencia que se exige muy a menudo a escritores, críticos e investigadores. Agua Bendita se parece a Rufo, es Rufo. El mismo aclara en sus palabras introductorias que, con los años, aprendió que cada tema pide su tono y fiel a esa creencia se desdobla y metamorfosea en la multiplicidad de temas que abarca su apetito de conocimiento y contemplación. En el texto ya mencionado acerca de Carlos Enríquez, se torna poscrítico y disfruta tanto de la interpretación del hecho artístico, pictórico, como del juego con el leguaje y las posibilidades de la ficción, quizá, ¿quién sabe?, inspirado en el propio espíritu indagador y múltiple del autor de El rapto de las mulatas y Tilín García.

Otros textos nos muestran la faceta del crítico que sistematiza, clasifica, orienta, alimenta una historiografía. Buenos ejemplos resultan el texto dedicado al tratamiento de la figura de José Martí en la plástica cubana o “Pipi de lado. La sexualidad y el erotismo en la plástica cubana”, en el cual no escatima tiempo ni cuartillas para trazar un amplísimo recorrido por la obra y las estéticas de los más notables cultores del tema en nuestra pintura. Allí la aventura con el lenguaje vuelve a estar presente, aunque ya no con el carácter lúdico del ejercicio poscrítico, sino que se refina e imbuye del tema, se erotiza la palabra, como lo dejan ver, por ejemplo, los párrafos dedicados a Mariano Rodríguez, los cuales suenan todavía en mis oídos.

Como él mismo señala, es visible también el crítico que se adentra en los secretos de las poéticas y los procesos. En esta línea resultan emblemáticos: “Bailarina en la oscuridad. Una teleología de la resistencia en el entorno social y estético del cubano. Cultura artística y epistemología”; “Allí. El espacio en el arte cubano contemporáneo” y “Arte cubano 1981-2007: Dime lo que más te ofende”. Textos en los que se esfuerza en desentrañar las esencias de procesos y temas de gran complejidad, en los cuales, para utilizar un término que le resulta caro, se centra en intentar una cartografía de los mismos.

Y está el Rufo que reúne y recorre todos estos matices en la gran variedad de temas que despiertan su interés y son objeto de su ojo crítico. Es común ver en sus textos cómo sale y entra airoso de varios temas, en los cuales a veces nos preguntamos a dónde quiere llegar, pero siempre priman la coherencia y la amplitud de miras.

Por eso me resulta insuficiente el subtítulo de Crítica de Arte, si entendemos en el término con la estrechez conceptual que lo hemos heredado, de arte como “las bellas artes”. Rufo hace rato que sobrepasó esa frontera y en sus textos corren igual suerte la pintura, el audiovisual, el cine, el uso del lenguaje, la literatura, la música, en un sentido más trascendente. Rufo no intenta desentrañar la esencia de un arte en sí y para sí, sino que se replantea el proceso cultural en toda su dimensión. Es un estudioso de la cultura y de esa entelequia que llamamos “lo cubano”. Observa y analiza su entorno con la sed del hombre del renacimiento.

Toda valoración humana es subjetiva, la de Rufo la es pero, por sobre todo, sobresale su honestidad ejemplar. Era Ángel Rama quien afirmaba, a propósito de los escritores, que eran estos los que escribían los libros pero que eran los críticos quienes daban forma a la literatura. Y es cierto que la historia del arte conoce de escamoteos escandalosos.

Desde su atalaya, el autor de Agua bendita no silencia, más bien amplifica hasta por exceso. En sus análisis no hay omisiones de nombres ni tendencias, presenta, clasifica, alaba o critica, pero no fomenta piñas ni ninguneos. En su práctica profesional no hay espacio para los localismos que tanto afectan todavía nuestros procesos culturales.
Sus textos y él mismo son polémicos, lo sabemos, como que los firma Rufo Caballero, y no Fuenteovejuna o ese prolífico autor que es Anónimo. No escribe para complacer sino para invitarnos a abrir los ojos y a confrontar nuestras certezas e incertidumbres.

Agua bendita viene a confirmar que es necesario conocer el discurso crítico de Rufo Caballero para comprender mejor la dinámica de las artes plásticas cubanas de las últimas décadas. Aquí termino. Que esta agua nos bendiga a todos.

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