Actualizado el 4 de mayo de 2011

No es muy temprano para Marcial Gala

Por: . 11|4|2011

Lorenzo Lunar estaba sentado sobre la hierba cortada a ras, bajo el único árbol que brindaba sombra frente a la sala de presentaciones Alejo Carpentier en La Cabaña. No se incorporó para saludarme, si no que me ofreció su mano, la que estreché en picado, como quien se inclina para reverenciar a un buda sin interrumpirlo en su elucubración filosófica. En minutos yo presentaría su libro El asere ilustrado (Editorial Capiro, 2010) a lo que gentilmente me había invitado justo la noche anterior.

Faltó muy poco para decirle que no, que no lo haría. ¿Presentar tu libro, te has vuelto loco? ¿En la Feria? Ni hablar. Jamás he presentado un libro, no le dije, menos en La Cabaña, delante de toda esa gente. Pero respondí que sí, que no habría problemas. Repasé los relatos en la mañana (“El preso de la celda raíz cuadrada de 169” continúa siendo mi favorito) y escudado por mi credencial de prensa eludí las interminables colas para acceder a la fortaleza.

—¿Conoces a Marcial Gala? —dijo Lorenzo.

—¿A Marcial Gala? —dije antes de volverme para echar una ojeada.

A menos de medio metro descubrí una segunda figura acuclillada sobre la tierra. Por debajo de la visera de su gorra doblada en U (como si el árbol no proporcionara resguardo suficiente contra el sol) un par de ojos pequeños —en los que fiereza y mansedumbre brillan con igual intensidad— se alzaron para calar los míos.

—¿Marcial Gala? Claro, sí —dije extendiendo una mano que el otro atrapó en el aire—. Nos conocimos en lo de Alberto Guerra

Marcial asintió desde el suelo, con una media sonrisa. Era la tercera vez que lo veía en persona. En las dos anteriores esa media sonrisa no dejó de causarme una impresión extraña. Ahora me ocurrió lo mismo.

Supe que existía un hombre llamado Marcial Gala hace unos veinte años (poco más o menos). El mismo día, es decir, la misma noche, supe que era escritor. Nos reunimos en la Casa de Cultura de Sagua la Grande para disfrutar de un espectáculo humorístico. Recuerdo a Baudilio y a Fundora, quienes alineaban por entonces en la antológica Leña del Humor de Santa Clara. Recuerdo a Carlos el Gato, a Pablo Castro (todavía sin estrenarse como cantante de rock) y a alguno más cuya imagen se me escurre entre las grietas del tiempo…

No hubo humor (o sí lo hubo, pero en otro sentido). En lugar de los humoristas apareció Marcial Gala. El público, además de nosotros, lo integraban miembros de un contingente de constructores llegados de alguna provincia lejana, ¿quién sabe de cuál?

Marcial se acomodó en el asiento y acercó el micrófono. Era un Marcial como el de ahora, un poco más delgado quizá, mucho más peludo. Ofrecía desde entonces el mismo aspecto de príncipe africano a quien los traficantes de esclavos no podrían echar el guante nunca. Leyó un cuento.

En el cuento de Marcial un guerrillero recibía la orden de custodiar una gruta. Permaneció allí, en cumplimiento de su misión, durante varios años, hasta que decidió asomarse al exterior y comprobar el estado de las cosas. Afuera todo había cambiado. Los antiguos latifundios transformados en cooperativas de producción agropecuaria, cosas por el estilo. No consigo precisar los detalles. En algún momento los cooperativistas de la historia, confundidos por el pelo larguísimo y la hirsuta barba del combatiente, gritaban ¡apareció Camilo!

A mis amigos y a mí nos pareció un buen cuento. Aplaudimos. Los del contingente de constructores no aplaudieron tanto. Alguno hubo, incluso, que permaneció en silencio. Puede que el relato de Marcial le sonara demasiado irreverente. Incómodo tal vez, ¿quién lo sabe? En aquel momento yo no era capaz de percibirlo, pero es parte del riesgo que tiene que asumir un escritor.

No recuerdo qué pasó después. Veinte años más tarde reencontré a Marcial en el mezzanine del Centro Cultural Habana (junto al parquecito Fe del Valle, en San Rafael y Galiano). Otro escritor, Alberto Guerra, lo tenía como invitado a su Toma del Cuento, que cada primer sábado de mes se da cita en aquel lugar para “tomar la temperatura” al relato breve que se escribe en Cuba.

—Hola, Marcial —le dije—. Te conocí hace veinte años en la Casa de Cultura de Sagua.

Me tendió su mano y pudo habérseme escapado cualquier otra cosa, pero de inmediato reconocí su habitual media sonrisa. Le relaté el evento. Me miró sin dejar de sonreír (a medias) y no dijo nada. Debió resultarle incomprensible que un individuo de su misma edad (años de más o de menos) recordara con tanta exactitud una historia tan nimia. Me pareció inoportuno insistir.

De Toma del Cuento salí directo para una librería que hay en la calle Neptuno, entre Gervasio y Escobar (tal vez entre Escobar y Lealtad, no voy a regalar la información, así, tan fácil). Es una librería especial. Debe ser porque nadie esperaría nunca encontrar una librería en aquel sitio. El caso es que en ella pueden hallarse títulos que hace rato desaparecieron de los anaqueles en toda Centrohabana. Compré Sentada en su verde limón, novela de Marcial Gala editada por Letras Cubanas en el año 2004.

Lo raro es que en la siguiente oportunidad que tuve de saludar a su autor no le comenté sobre la novela (como era de rigor) sino que volví sobre el incidente en la Casa de Cultura, con una impertinencia que al escritor cienfueguero debió parecerle enfermiza.

—¿Presentas algo en la feria? —le dije.

—Sí, presento este libro —dijo y me mostró la discreta cubierta de Es muy temprano, con sus tonos que abarcan toda la gama imaginable de grises—. A la una.

—¿Novela?

—Cuento.

—¿A la una?

—A la una.

—Deja ver si voy…

Mentira. Iría de todas formas. Sentada en su verde limón me gustó bastante. No iba a dejar pasar la ocasión de llevarme los cuentos y, lo mejor de todo, autografiados por su creador. Tengo esa especie de hobby pequeño-burgués: coleccionar libros firmados. No lo hago solo por la literatura. Mi hijo habrá de heredarlos un día, cuando tal vez su valor sea incalculable…

En la sala Alejo Carpentier presentaban varios volúmenes a un tiempo. Todos a la misma hora: una de la tarde. El de Lorenzo vendría detrás, junto con el resto de los villaclareños. Habría ocasión de saludar a Ernesto Peña, a Geovannys Manso, a Déborah García. Aprovecharía para decir eso en mi parrafada sobre El asere ilustrado, decir cuánto me alegra presentar un libro editado por Capiro. Puede que hasta publiquen uno mío alguna vez (hay que pensar en todo).

Cuando tocó su turno Marcial dijo solo dos palabras. Lorenzo me miró, lleno de complacencia.

—Ese es el mío —me comentó bajito.

Los minutos precedentes fueron consumidos hasta sus últimas consecuencias por los presentadores. Los escritores leyeron fragmentos de sus narraciones. Lo normal. Marcial no leyó nada. Se limitó a desear: que compren el libro y que ojalá les guste. Compré el libro. Marcial estampó su rúbrica en la primera hoja y rió con media sonrisa. Presenté a continuación el de Lorenzo. Abracé a mis amigos villaclareños. Me fui.

Hace menos de veinte minutos terminé de leer el último de los trece relatos que conforman Es muy temprano (Letras Cubanas, 2010) y llegado a este punto me gustaría escribir sobre el libro, poner en blanco y negro lo que pienso. Una suerte de constancia para el futuro, por aquello de que no digan que no lo dije.

Sin embargo, me es difícil encontrar el tono, escoger los adjetivos. Redactar oraciones afirmativas simples, sin ningún rebuscamiento, y traducir con palabras el efecto que me causó la lectura. ¿Un mandarriazo por la cabeza estaría bien? Quiero decir, ¿se comprende la idea? ¿A alguno de ustedes le han propinado un golpe así en la testa? Porque si la respuesta es negativa no van a entender ni un ápice de lo que estoy diciendo.

Recuerdo que el presentador en La Cabaña (en realidad fue una presentadora) dijo algo relacionado con que Marcial abordaba la cuestión de la marginalidad y que trataba temas puntuales de la realidad cubana. En esa cuerda vibra Es muy temprano. Pero el universo narrativo de Marcial Gala se me torna mucho más abarcador que lo que a simple vista trasluce. Son cuentos anclados en la arena movediza de nuestra realidad más cruda, dinámica, rica e impredecible. Pero también son cuentos que navegan con rumbo seguro en las corrientes de cualquier océano (cruda es la realidad en todas partes) y la noción de infinitud latente en estas narraciones, su vocación cosmológica, las convierten en lectura saludable y provechosa más allá de los límites geográficos.

¿Que las historias transcurren en escenarios explícitamente nacionales? ¡Qué bien! Mejor si se distingue en medio de la trama el nombre de un barrio de la ciudad de Cienfuegos, donde reside Marcial.

Algunos hay que abogan por una especie de boom escritural cosmopolita, resultado del cual los autores cubanos podrían (o deberían) adscribirse a tendencias mucho menos domésticas, por decirlo de algún modo, apostando por la internacionalización de los contextos y las temáticas de nuestra literatura. No me disgusta tal deseo. Pero el ancho camino de la universalidad no está reñido en modo alguno con los senderos del patio. Esos pequeños trillos que, de tan localistas, labran surcos profundos sobre el mapa literario del mundo.

Efectivamente, Marcial Gala escribe sobre una realidad cubana (y no cubana) sin el menor recato. Esa que a los lectores cubanos (y puede que a los no cubanos) nos golpea tan de cerca. Que nos golpea, además, con un gancho seco a la mandíbula, obligándonos a respirar con fuerza y a recomponernos para no caer a la lona. “Perro mundo”, “Nada del otro jueves” y “Hojas de almendro”, los relatos con que arranca el volumen (más adelante también “Carlos, la Tirri y yo levitando”), se las arreglan para colocarnos a la defensiva desde el propio primer round, sin modo de esquivar el embate de esos personajes que, de tan minuciosamente marginales, terminan por no tener cabida en la marginalidad misma. Personajes que experimentan el rechazo de un mundo infinitamente más degenerado y grotesco que el que ellos, a su vez, representan.

Situaciones extremas; alucinantes trasfondos; diálogos fríos cuyo laconismo evoca a un Raymond Carver en sus días de mayor esplendor minimalista. Sexo, miseria y muerte. Pero también suicidio, neurosis, frustración, engaño. De todo eso hay en esta colección de cuentos encadenados a la inmediatez, al día a día, con la misma efectividad que a la especulación trascendente sobre los destinos del hombre y su obsesión fatalista y autodestructiva.

Desde el punto de vista literario, denota la prosa de Marcial Gala un matiz de contundencia que no siempre aprecio en los narradores contemporáneos. En primer lugar se apropia de la jerga, del habla marginal, no con la intención de reproducirla en calidad de mímesis, sino para atribuirle proporciones artísticas, dotándole de una dimensión estética que la redime. En segundo lugar, evita como narrador el abuso de los recursos teóricos de que indudablemente dispone, echándoles mano solo cuando los considera indispensables.

No escatima, sin embargo, y se entrega decididamente a la experimentación formal en un relato como “Tres meses antes de la muerte de Pilar”, en el que los versos de José Martí funcionan a modo de pies forzados en torno a los cuales va sedimentándose una acción que transcurre en tiempos fracturados, como si el pasado y el futuro de sus protagonistas se superpusieran (no sin cierta dosis de complicidad), eludiendo toda noción de continuidad temporal.

Particularmente atractiva se me antoja (hablando todavía de “Tres meses antes…”) la digresión relacionada con la presencia de Jack Nicholson en un hotel cubano, dotando al argumento de una carga de inteligencia y frescura que enriquecen y ambientan su disfrute.

En “Necrofilia” ensaya Marcial Gala una fórmula distinta para resolver el dilema de la muerte (una de sus más angustiosas motivaciones), esta vez desde la perspectiva del relato gótico, con club místico, mayordomo francés, profesor austriaco y conjuro estrafalario. Se atrinchera en la voz activa y se desdobla con plasticidad, generando una textura narrativa que no aparece hasta aquí en Es muy temprano y que mucho dice de su habilidad para camuflarse y para diversificar un lenguaje caracterizado antes por la uniformidad de registros.

Se trata de uno de los relatos más extensos del libro, junto con “Último tango en París”, en el que explora el sentimiento de culpa y los vericuetos de una conciencia atenazada por el pasado y por la locura; tema ya visitado en “Voces”, otro cuento espeluznante donde aflora también la muerte como alternativa de salvación.

Me resta únicamente referirme a “Nunca digas nunca”, privilegio que no voy a dejar de concederme por ninguna razón, pues se trata del relato con que cierra Es muy temprano, y del cual creo que constituye una nota de disonancia exquisita dentro del pentagrama narratológico nacional; pieza de timbre personalísimo en medio del concierto literario de la Cuba actual, que no encuentra paralelo —hasta donde estoy en condiciones de recordar— en ninguna otra construcción escrituraria anterior (o posterior) a ella misma.

¿Cómo reaccionaría usted si se le revelaran de súbito las interioridades de una Cosa Nostra criolla, asentada en Cienfuegos, con bar de atmósfera alienante, go-go dancers y matones al servicio de un Padrino cubano (con patronímico ruso) bajo cuyo manto protector se arropa lo más selecto de una sociedad absurda y decadente? Pudiera parecer forzado, pero créame que no lo es en absoluto. Si los doce cuentos que preceden en orden a “Nunca digas nunca” me despertaron emociones diversas, con esta última lectura solté, henchido de júbilo, la gran carcajada terminal y emancipadora.

En derroche imaginativo, Marcial diseña personajes exóticos (caricaturas casi) y los pone a vivir en su propio barrio, donde se comportan como gánsteres extraídos de una película de Hollywood y donde, con deliciosa ingenuidad, protagonizan la más grotesca aventura que el hombre pueda concebir, epítome de una época también grotesca y llena de paradojas como la que nos ha tocado vivir. Sin rodeos: “Nunca digas nunca” se me hace un texto disfrutable hasta el paroxismo (y no cabe mérito mayor al fruto de la creación artística).

En fin, Es muy temprano permanecerá durante algún tiempo en los estantes de las librerías (incluyo la de la calle Neptuno), donde se agotará después y tal vez lo reediten. O, en cambio, se añejarán sus ejemplares ante la mirada inerte de quienes debieron ser sus lectores. El camino que debe recorrer un libro en esta isla nuestra está plagado también de circunstancias paradójicas y grotescas.

Puede que algunos aplaudan. Otros, en cambio, guardarán silencio. Tal y como ocurrió con el cuento leído en la Casa de Cultura de Sagua, hace veinte años.

Por cierto, cuando vuelva a encontrar a Marcial voy a fingir que he olvidado por fin aquel suceso, ¿qué va a pensar si le repito otra vez la misma historia?

El libro, de todas maneras, ha entrado a formar parte —ni temprano ni tarde— de la buena literatura cubana escrita en cualquier tiempo y en cualquier latitud.

Para satisfacer mi hobby pequeño-burgués (y por lo que pueda acontecer en el futuro) conservo mi propio ejemplar, debidamente firmado por Marcial Gala: A Leopoldo, hermano y amigo, que lea esto y le parezca al menos tolerable.

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