Actualizado el 27 de julio de 2011

El visionario y los resortes del yo

Por: . 4|7|2011

Para descifrar tales afirmaciones es preciso recurrir, con ojo crítico y sapiencia, a sus interioridades. Hago referencia al libro Ballagas en sombra, del periodista e investigador Luis Machado Ordetx (premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara en el 2009), publicado por la Editorial Capiro en 2010.

Ya en el 1996, con su testimonio Coterráneos (premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara y publicado un año después por la misma editorial), Luis Machado entrega no solo el quehacer de la ciudad de Santa Clara en los años 30, 40, y 50 del pasado siglo, también dio los primeros vestigios de su sagacidad como investigador cultural. Trece años después entrega otro título: Ballagas en sombra, compilación de innumerables documentos —díganse cartas— inéditas, que arrojan luces sobre la vida y la obra del poeta cubano Emilio Ballagas Cubeñas (Camagüey, 1909–La Habana, 1954).

Este libro, escudriñado y construido con oficio de orfebre durante veinte años, salió, no por azar, del testimonio y del archivo personal del declamador Severo de la Caridad Bernal Ruiz, con quien Ballagas mantuviera una larga amistad e intercambio de correspondencia entre los años 1939 y 1948.

“Nada más indebido que profanar ciertos documentos, ‘concebidos’ previamente —en soledad y urgencia— como goce íntimo, plácido, polémico o tendencioso; pero en el fondo no quedan otras alternativas”, dice el ensayista en “Códices del silencio”, pórtico a modo de prólogo, para un poco más abajo, recalcar que “Los asuntos que aborda Ballagas con Bernal pudieran dar lugar a múltiples lecturas porque muestran las claves (incógnitas) y respuestas que pocos comparten. Prevalecen confidencias, reclamos, el monólogo testimonial del instante que ayer, tal vez hoy, quizás mañana. Conviene siempre volver los ojos al pasado y hurgar en la memoria documental con el propósito de que nada desaparezca en una parte esencial de la identidad individual”.

Y he aquí lo novedoso del ensayo. Luis Machado viaja al pasado libre de tabúes y desprejuiciado de todo el decir insidioso de cuántos —críticos o no— han abordado la vida y la obra de Emilio Ballagas, y lo hace con estilo sacerdoticio y apoyado en las premisas de Gastón Baquero, cuando en 1954, a pocos días del fallecimiento de Ballagas, dijo: “Pertenece a la historia de la poesía cubana (…) y son muchas las páginas de esta que se escribirán bajo su nombre, si se quiere escribirla con justicia y verdad”.

Apegado a esa justicia y verdad, es que Luis logra recopilar, gracias, como señalé con anterioridad, a su sed investigativa y al archivo personal de Severo Bernal, un grupo de cartas donde Ballagas, a través una prosa clara y, en ocasiones incisiva, aborda sus intimidades, sus fundamentos estéticos, creencias religiosas, compromiso con la sociedad por la que, en muchas ocasiones, se sintió rechazado, la fidelidad a sus amigos y su amor sin límites de proteger la cultura cubana en toda su extensión.

Cartas con un desgarramiento solo experimentado por un poeta que afirmara: “(quien sea) capaz de impresionarse ante la fina arquitectura de la rosa ha de serlo de sufrir con más intensidad que otro hombre alguno la injusticia humana o la barbarie de la guerra egoísta”. Cartas que desmienten la barbarie de esa propia guerra egoísta lanzada por Rosa Pallas, Argyll Prior, Virgilio Piñera, y otros que en sus escritos solo juzgaron la parte más oscura del poeta; es decir, sus desajustes personales —que en nada lo diferenciaban del resto de los artistas de su época— e ignoraron el lugar que ya ocupaba su poesía, lo que representaba su peculiar entonación, libre de todo egoísmo, decantada de nimiedades y cualquier debilidad lírica y humana, como quisieron hacer ver.

Es este un libro con un logrado intento no de ensayar “hacia”, sino de ensayar “desde”. Interviene en la confección del mismo la inestimable colaboración del propio Ballagas con sus cartas y el sabio azar de su autor al contar con la amistad de Severo Bernal y de su archivo personal, pues en cada carta, todas estas enviadas desde Santo Suárez, La Habana, Cuba y desde Nueva York, Estados Unidos, se pone de manifiesto una larga conversación donde predomina el “entre”: Ballagas–Severo Bernal o viceversa.

Más que una conversación o un diálogo, parecen dos monólogos alucinados desarrollados con una coherencia digna de envidiar. Pese a que Ballagas permanece bien distante allende los mares, afirma: “Trágico el destino de las provincias donde no hay público para crear un teatro, donde no hay oídos para una coral popular ni sensibilidades finas para el verso. En toda Cuba pero más aún en el interior, hay que ir contra el aplauso; torcerle el pescuezo, buscar otros estímulos más positivos o más ideales… porque nuestro vinagre no se compadece con su aceite burgués y digestivo”.

El poeta parece permanecer aislado del declamador y da la sensación de ignorar su presencia, siendo todo lo contrario, ya que desde su primera carta, dirigida al amigo el 22 de septiembre de 1939 desde la barriada de Santo Suárez en La Habana, nos parece asistir a la discusión de dos locos obsesionados con sus dilemas. Ballagas se queja del costo de la vida, de las miserias humanas: “Ahora mi problema es de abrigo. Aún espero el envío del dinero argentino de mi antología y parece que ‘cero’. ¿No será que la presencia de Nicolás (Guillén) y de Virgilio (Piñera) por Sudamérica me está torpedeando la edición? Conozco el paño…”, dice en una de sus cartas enviada el 25 de noviembre de 1946. Se queja de la brevedad, de la lejanía y de todo cuanto acecha a su destino, tal parece rendirse ante la incertidumbre. Severo Bernal se manifiesta con sorprendente optimismo y se dispone a dar cumplimiento a lo solicitado por el amigo.

Luis Machado, en todo el contexto escritural, ofrece al lector un libro ameno en cuyas páginas otea la ebriedad de un hombre que supo forjar su propio mito dentro de la poesía cubana; un hombre que no solo sufrió bajo la angustiosa creación literaria, también bajo la égida de la incomprensión y el (no) reconocimiento de su existencia amorosa, hecho que lo llevara a expresar: “La vida de todo artista está hecha de huidas a sí mismo y de escapadas a la vida. Este limpio juego de balanza —justo equilibrio— es lo que mantiene el ímpetu creador, que a la vez es ansia comunicativa y no puede permanecer encarcelado dentro del individuo por muy vastos que sean los dominios del yo”.

Libro que sin dudas abrirá (otras) nuevas sendas a la polémica “angustiosa” sobre el homoerotismo en Ballagas; pero el ensayo es contundente por la pruebas testifícales que ayudaron a reconstruir y develar la verdad de un hombre y su época, la verdad de un hombre que podemos ser todos, pues “la originalidad estilística y temática de su obra estará siempre delante del misterio individual; ocurrirá, en fin, el traspaso dialogante de la pugna entre la norma impuesta por el tiempo”, como asegura el ensayista.

Sobre el autor: Luis Pérez de Castro es poeta y narrador residente en Santa Clara.

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