Actualizado el 20 de febrero de 2012

A favor del arte cubano joven

Contra todo tipo de dogmas y, por supuesto, contra la toxina

Por: . 18|2|2012

Contra la toxina, de Píter OrtegaEl tiempo, testigo y legitimador infalible, dicta las pautas destinadas a trascender. Demasiado fácil se torna entonces para la crítica hablar de una obra que ha sido avalada por el discurrir de más de una década. En su primer libro, Contra la toxina, el curador y crítico de arte Píter Ortega Núñez nos deja bien claro que para analizar obras de arte, líneas de desenvolvimiento en la producción de determinados artistas —incluso un fenómeno cultural—, no es necesario dejar que corran irremediablemente los años, el discurso cobra un matiz diferente al calor de los acontecimientos.

La excelente labor crítica y curatorial desplegada a lo largo de los últimos años por el joven Ortega Núñez ha hecho posible la realización de este libro. El mismo se presenta como una compilación de textos anteriormente publicados en catálogos, revistas nacionales e internacionales y demás sitios de interés cultural. Otros son dados a conocer al público por primera vez en dicho volumen. Para organizar y hacer más amena la lectura, el contenido ha sido estructurado en tres capítulos: el primero, de un mayor corte ensayístico, donde el autor problematiza en torno a la crítica y al arte como concepto; el segundo, dirigido al análisis de la obra de algunos artistas cubanos, y un tercer capítulo en el que concentra sus opiniones sobre puntuales eventos de arte en Cuba.

Contra la toxina recrea la efervescencia, el dinamismo del arte cubano que ahora mismo tiene lugar, ese que es joven porque vive en constante cambio, porque cada vez son más los buenos artistas, o quizás porque cada vez son más jóvenes los buenos artistas. Ortega no solo versa en gran parte del volumen sobre el arte cubano emergente, sino que se le adelanta a la opinión del tiempo y apuesta por él. Y allí, donde algunos escépticos pudieran pensar que sus juicios de valor son demasiado prematuros, nace un verdadero compromiso, un empeño por parte de los creadores en materializar, a toda costa, las alentadoras palabras del crítico.

Los textos que en esta ocasión nos ofrece Píter no están dirigidos a un estudio historiográfico del arte cubano. La investigación, como él mismo expresa, no es un tema que le apasiona. Y esto no quiere decir que no realice procesos investigativos, al contrario, en sus trabajos se aprecia un conocimiento depurado y eminentemente válido producto de una excelente preparación y de una correcta pesquisa bibliográfica. Pero su verdadera pasión radica en disfrutar el arte de escribir, desdoblarse con cada texto en personajes varios, provocar al lector y por supuesto, establecer un juicio certero (al menos el suyo) sobre el arte cubano contemporáneo. Por ello es en la poscrítica donde encuentra el autor los recursos necesarios para emitir su discurso.

Sus palabras son fuertes, sumamente intrépidas, dolorosamente lacerantes o bondadosas sobremanera. Y es que este crítico no gusta de términos medios. Cuando considera que algo está bien, dirige su empeño a hacer que de verdad valga la pena, y lo elogia con sostenidos argumentos, y lo apuesta todo aunque no haya pasado por el filtro insoslayable que representa el tiempo. Pero cuando algo no satisface sus expectativas, no se anda con rodeos, pone los puntos sobre las íes aunque se trate de una figura harto legitimada, como lo es Kcho, para el panorama cultural cubano.

Así discurre su crítica, de extremo a extremo, quizás por ello suscite tanta polémica. Pero elogios o detracciones, lo cierto es que sus criterios se sustentan siempre en un sólido trasfondo conceptual. Aunque no sean compartidos por muchas personas (lo cual tampoco es de su interés) sus argumentos son densos y legítimos, además de estar dotados de una deliciosa capacidad de convencimiento.

Con una visión bien aguda y una sensibilidad extrema, Ortega nos ofrece inestimables valoraciones sobre el acontecer inmediato del arte cubano. Con su actitud desenfada, su excelente preparación profesional, el amor por lo que hace y el talento que le caracteriza, me atrevo a asegurar que aunque su vocación no sea precisamente la de historiar, sus textos sí harán historia.

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