Actualizado el 2 de mayo de 2012

El machete de las palabras

Por: . 2|5|2012

Mujeres en la cervecera, de María Liliana CelorrioEn particular —y a mucha honra— soy de los que hacen muequitas cuando oyen esas viejas trovas de “literatura de género”, “poesía de la negritud, “discurso homoerótico”; se me erizan los pelos del cogote cuando se anuncia otra mesa redonda sobre otredad, minorías, o cuando aparece una de esas antologías de “narrativa femenina”. Claro, dirán muchos aludidos: soy hombre, blanco, heterosexual, así cualquiera. No sé. Sucede que siempre he pensado que una cosa son las luchas sociales (o políticas) y otra bien precisa es el arte. Para cerrar más el colimador, en el caso de las narradoras (qué bueno que no hay que decir la narrador u otro disparate; vivan el término genérico y la palabra poetisa), en el caso de las mujeres que escriben narrativa, confieso que me gustaría encontrar alguna que no escribiera sólo de mujeres (o de hombres, pero desde el punto de vista de la protagonista, sin mucho —o ningún— desdoblamiento; facilistamente, vaya). Pero, bueno, me digo, tampoco se le puede pedir al gallo que no cante al amanecer. Nada, bróder, que si no puedes con tu enemiga, únete a ella.

Pero no alarmarse. Voy a hablar de un buen libro de cuentos sobre mujeres, escrito (por supuesto) por una mujer. Ella es María Liliana Celorrio, natural del bello poblado costero de Puerto Padre, en Las Tunas (no digo fecha de nacimiento porque, ya saben: las mujeres y su edad no se llevan bien). Su libro, Mujeres en la cervecera, fue muy merecedor del Premio de la Crítica, aunque a Ediciones UNIÓN, en esta primera reimpresión (la edición es del 2004), se le haya olvidado, imperdonablemente, el sello indicativo del premio.

Quien conozca a María Liliana entenderá mejor sus cuentos, o por lo menos notará que son muy parecidos a ella, y esto es una buena señal, pues así debe ser cuando el escritor conoce no sólo qué va a contar, sino de qué manera debe hacerlo (y no me refiero tanto a cuestiones técnicas como al tono, el aderezo estilístico, el andamiaje conceptual y el caleidoscopio de lo subjetivo).

Todo parece acontecer muy rápido en las vidas de estas mujeres. No hay tiempo para grandes diseños de personajes; las caracterizaciones se resuelven con esbozos que, más que pinceladas, son brochazos. Hay narraciones que, en ese sentido, son impresionistas, y otras que, por el empleo de paradigmas, símbolos, estereotipos o caricaturas, resultan más bien expresionistas.

El gran tema del libro parece ser la soledad. Hay amargura, dramatismo —incluso patetismo— en estas mujeres solas (casadas, solteras o solteronas) que buscan o tratan de recobrar la dignidad. Muchas se dejan llevar por un frenesí aventurero, por sus trasnochadas ansias de “vivir la vida”. Mediante el placer orgiástico, la bebida, la carcajada histérica, tratan de olvidar la decepción, el hastío, la depresión que cargan como un sambenito.

Parece haber demasiadas acciones en el discurso narrativo. Predomina el resumen sobre el diálogo, y las descripciones son bastante insólitas, asociaciones impredecibles de palabras e ideas, garabatos metafóricos que acercan el lenguaje a la prosa poética, aunque no se desdeña tampoco la austeridad objetiva, y hasta lo escatológico. Todo esto, unido a la narración entrecortada, los saltos en el tiempo de la historia o el tiempo gramatical y en el emplazamiento de las escenas, más la falta, en ocasiones, de nexos lógicos entre los hechos, genera una atmósfera de nerviosismo, de inseguridad, ansiedad, y hasta de esquizofrenia, que pueden ser producto de la soledad misma.

Se reitera una y otra vez la palabra puta, ya como estigma, como vergajazo autoinfligido (“para olvidar no hay que olvidarse de nosotras mismas, pobrecitas putas de cervecera”), ya juguetona, y hasta desfachatadamente, como algo sin importancia (“Tú que eres una puta divina (…), me dijo el homosexual amigo mío, entretente mirando fotos”). Se insiste en el sexo como fantasía o como grotesco medio de insatisfacción. Se busca la felicidad en lugares equivocados, en los hombres equivocados, y la opinión de ellos no les preocupa (“queríamos prostituirnos”, dice la protagonista del cuento que da título al volumen). En las historias de María Liliana, la mujer toma el desquite usando a capricho a los hombres, mirando fotos pornográficas, invirtiendo los términos para dejar al sexo opuesto en malas condiciones, burlándose de él.

La mayoría de las situaciones son factibles en la realidad, pero se distancian del realismo atravesando la lente del absurdo, magnificándose en la hipérbole, refractándose en el prisma de lo onírico. La omisión de nombres en las protagonistas (no así en personajes secundarios) contribuye a ese intencional distanciamiento, como si, además de nombre, carecieran de rostro estas mujeres ignoradas, trágicas y cómicas que no viven sino que, al igual que Borges, se dejan vivir.

Ningún cuento mejor para cerrar la selección, entonces, que “El jardín de las mujeres muertas”, un texto perturbador y misterioso, con esas mujeres que mueren su vida o viven su muerte en un marasmo surrealista. Deseo, soledad, humillación, aborto, crueldad, sensualidad, ternura; sí, es lo mismo pero no es igual. Debo reconocer que en cada uno de sus raros cuentos, María Liliana, como Miralda, uno de sus personajes, “sacó el machete de las palabras”. Menos mal que esta vez me equivoqué.

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