Actualizado el 3 de septiembre de 2012

Cuentos de Bajavel: High-level stories

Por: . 3|9|2012

Cuentos de BajavelEn su “Pequeño prólogo de acceso” el autor lo explica: “Lo-vel es el acrónimo en inglés de low level (bajo nivel), que en español se traduce preferentemente como Bajavel”. A partir de ese momento usted, amigo lector, quedará libre de volver las espaldas o, por el contrario, cederá al natural impulso de aventurarse en un mundo poblado de “hackers, inteligencias artificiales, corporaciones, soldados, visionarios, criminales del hampa y simples personas con vidas sencillas”, cuyas historias, todas, “confluyen en Bajavel”.

Decir que la ciencia-ficción es un género sutilmente desatendido por aquellos que se ocupan de escribir reseñas y ejercer la tan llevada y traída “crítica literaria”, sonaría más que redundante. Me atrevería a afirmar, incluso, que no acceden sus cultores —quienes, a pesar de su relativa invisibilidad, en nuestro país son muchos— al necesario espacio editorial, ese que garantizaría la publicación de las obras y el contacto de los creadores con su público. Cual inconcebible paradoja, tanto la ciencia-ficción como la fantasía, cada una en sus disímiles subgéneros y tendencias, continúan emitiendo signos inequívocos de preferencia, lo mismo entre los consumidores de la palabra escrita que entre los amantes del cine, a nivel mundial.

Como los hermanos Wachowski en The Matrix, el autor de Cuentos de Bajavel se crea un mundo propio —con toda seguridad un mundo futuro, distópico, al cual no le resulta ajena una buena dosis de subjetivismo berkeleyano—; un mundo geek, a medio camino entre realidad y realidad virtual. Un mundo, por demás, posible, en los umbrales de un tiempo en el que cuestiones como la clonación o el uso incontrolado de ciberinteligencias habrán dejado de constituir dilemas éticos.

Pero alto, en Cuentos de Bajavel (Editorial Letras Cubanas, 2011), Leonardo Gala Echemendía (La Habana, 1972), ingeniero informático y narrador, se cuida de las codificaciones y elude —¿intencionalmente?— cualquier intento de fiscalización taxonómica. “El fin del paradigma Turing-von Neumann”, relato con el que arranca el libro, es un modélico cuento cyberpunk en el que Dany, un estudiante del tercer año de Poéticas, decide convertirse en hacker, en una época en que las IAs (inteligencias artificiales) han tomado posesión de las redes y desplazado del espacio virtual a sus predecesores humanos. Para descender “al abismo de Bajavel”, Dany necesita inyectarse una especie de suero, “lo que permite descargar el alma humana al avatar del ciberespacio”, y, aunque “mente y alma no son lo mismo”, en un momento determinado aflora el trasfondo filosófico de la historia: “Que el cuerpo es subordinado siempre a las construcciones mentales”. “Que las construcciones mentales nacen atadas al mundo falso perceptual de los sentidos”. Como los personajes de Larry y Andy Wachowski, el Dany de Leo Galech termina desdoblándose en cuerpo físico y conciencia.

George Berkeley, para quien lo material no era concebible fuera de la mente, postuló que la existencia de un objeto pasa primero por la percepción del mismo, axioma del que deriva una interrogante esencial: ¿Son percibidos los objetos de manera idéntica por diferentes personas? Si los objetos no son en sí mismos objetivos, ¿persisten mutando eternamente o su variabilidad depende del grado de distorsión por nuestros órganos sensoriales? El narrador invita: “Imagínate una habitación cerrada, Dany. Tú dentro, sentado. Frente a ti, tras la pared, dos interlocutores, supuestamente idénticos. Están allí para responderte tus preguntas, pero eso no es lo importante. Lo importante es qué tipo de inteligencia se esconde detrás de las respuestas de cada uno: ¿una inteligencia humana o una artificial?”. Dany no puede saberlo y nosotros, los lectores, hemos sido advertidos: “…a las IAs no les gustan los hackers…

“Ruidos de guerra”, otro de los relatos atendibles, centra miras en el paradigma bélico futurista que parecen augurar las potencias mundiales en su desafuero armamentista. El desarrollo tecnológico puesto a disposición de los ejércitos. Soldados que han dejado de ser estrictamente “humanos” para convertirse en una suerte de robots controlados a distancia, aunque, “humanamente”, todavía experimentan sensaciones entre las que no falta el dolor. El drama, acentuado por el recurso de su narración en segunda persona, culmina en un apocalipsis personal del actante, a la espera de “el único consuelo real entre tanta pesadilla”.

El muy breve “Ed Dedos” —probablemente el cuento mejor conocido entre los que integran el volumen—, ganador del Primer Premio Salomón 2008 de CF y Fantasía e incluido en la antología Crónicas del mañana (Letras Cubanas, 2009), se afilia de modo incuestionable al subgénero del space opera. Se trata del testamento ético de un hombre, un soñador: Ed Dedos, el náufrago estelar, el escriba, el sobreviviente romántico que no quiere morir ni abandonar su nave, errabunda en el cinturón de asteroides; Ed Dedos, quien “Por estar al mando de su sueño empezaría de nuevo, cuantas veces hiciera falta”. Leonardo Gala —van desapareciendo mis dudas— apuesta por un libro de ciencia-ficción que pueda vibrar en cualquiera de las frecuencias del espectro.

El término glitches in the software hace referencia a pequeños errores que se producen durante la ejecución de un programa informático. “Glitch” es el título de otra de las narraciones que gira en torno al “surfismo de redes” y la extinción de los hackers en el ciberespacio, con la salvedad de que el actuar humano, el Leitmotiv de los personajes, conlleva cierta noción reivindicadora, imprimiendo a la historia un sello postcyberpunk que la singulariza entre cuantas se trenzan para conformar Bajavel; incluyendo, a su vez, la descripción más detallada que se haya obtenido de ese mundo, al que se califica de “Tierra libre del estilo de vida corporado. Tierra libre del control del gobierno. Resguardo de la expresión personal, rincón antiestructuras. La pradera virtual donde liberar el instinto humano de soñar”. Pero en “Glitch” no basta surfear (recordemos a Dany en “El fin del paradigma…”); los surfistas de “Glitch” lanzarán sus gusanos, sus bots portadores de consignas anti IAs. El riesgo es alto: extraviado el avatar, víctima de un glitch, no habrá alternativa de recuperación que no sea la réplica a partir de un volcado de memoria, suerte de “clonación” de la conciencia con pérdida de la original que pone en crisis la identidad misma del individuo (eje alrededor del cual Leonardo Gala hace orbitar de nuevo el tema de la subjetividad y su compleja interrelación con lo externo).

“Cuestión de tiempo”, dedicado al maestro Philip K. Dick, representa uno de los mejores, si no el mejor momento de Cuentos de Bajavel. Un relato policial de ciencia-ficción; un argumento construido con imaginación e inteligencia y en el que se mezclan, con asombrosa espontaneidad, los ingredientes básicos de ambos géneros. Como para que el lector compulsivo y dado a catalogar se quede por fin sin etiquetas. El drama de un criminal a sueldo en una ciudad donde no es posible delinquir, en medio de un “diluvio de precogs”, individuos capaces de visionar el futuro y evitar a tiempo los crímenes. ¿Cómo habrá de arreglárselas nuestro asesino para cumplir su encargo? No voy a privarles del placer de descubrirlo, aunque no pueda resistir la tentación de alertarles: “De tanto cambiar el futuro, ya no se puede confiar en él como antes…”

Cuentos de Bajavel encuentra el final preciso en “La hora de dormir de Sua”, un relato que discurre sin sobresaltos, donde brillan por su ausencia los momentos clímax y los desenlaces dramáticos, y en el que uno advierte al instante que se nos escamotea información, que se nos oculta algo (sin conocer a ciencia cierta en qué consiste ese algo). Y es que “La hora de dormir de Sua” muestra apenas los ribetes de una distopía en estado virginal: el Hábitat Unificado de Sub-Malasia, una red de complejos submarinos, cerca de la Fosa de Wallace, donde cada uno de sus habitantes debería “sentirse afortunado de vivir aquí abajo: seguro y alejado de todas esas catástrofes a las que se aboca La Superficie” y donde seguramente fueron producidos los componentes sub-malayos defectuosos de la consola a la que se conectaba Renny en “Glitch”. En ese ambiente opresivo, antónimo de cualquier aspiración social en cualquier época, los habitantes tienen derecho a protestar: “Solo hay que caminar organizados en filas, cruzar todos juntos todas las compuertas de acceso, hasta llegar al sector de actos. Una vez allí, mantenernos callados y firmes algún tiempo, mostrando nuestro total apoyo al Hábitat”. Naturalmente, uno se pregunta: Mientras la gente así “protesta”, ¿qué ocurre de cierto en La Superficie?

Leonardo Gala Echemendía es uno de esos escritores que están “haciendo lo suyo”, vinculados al Proyecto Dialfa-HERMES o al Taller Espacio Abierto, más allá de la pereza institucional. Sus Cuentos de Bajavel acopian un grupo de relatos de CF de respetable nivel, en momentos de especial fertilidad para el género entre los autores cubanos. Ambas circunstancias deberían bastar para ganarles el favor de las editoriales, con la esperanza de ver aparecer —en un futuro no distópico—, nuevas publicaciones como esta. En lo que el milagro se produce, me limito a recomendar su lectura.

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