Actualizado el 12 de octubre de 2012

Compilar el amor

Por: . 10|10|2012

Compilar el amorVuelve el amor a centrar la intención literaria en Una pasión en el desierto y otros cuentos de amor, publicada por Ediciones Huracán —Editorial Arte y Literatura— con selección, prólogo y notas de Alberto Garrandés, donde la singularidad y la búsqueda de la identidad a través de la ficción amorosa son las más importantes prioridades del compilador. Singularidad promete esta nueva antología hecha por el narrador Alberto Garrandés: una colección de cuentos singulares de autores reconocidos. Honoré de Balzac, Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Henry James y D.H. Lawrence, por citar sólo algunos de los más familiares para el lector cubano

Lo singular está en la manera en que la selección logró aunar textos en los que se distinguen estilos conocidos de escritura, pero mediados por características únicas. Balzac, por ejemplo, en “Una pasión en el desierto” no renuncia a su inveterada verosimilitud y reconstrucción exacta de los hechos, pero no recurre propiamente al realismo que distinguió a sus novelas, ni a esa descripción de los vicios y razones humanas; la rigurosidad no es lo que impera en el cuento —aunque sí son rigurosos la explicación y desarrollo del argumento—, sino más bien una ficción donde, increíblemente, una pantera y un soldado francés viven una historia de amor sensual. Alejados de esa sociedad de la que Balzac quiso ser secretario, los protagonistas están en el desierto, donde nadie más que ellos puede intervenir y decidir el curso de los acontecimientos. Acá no es la sociedad un protagonista, sino acaso un estado al que el soldado no renuncia y busca siempre; es más figuración y licencia literaria que realismo lo que trasluce la escritura de Balzac.

Por su parte, Edgar Allan Poe mantiene en la antología esas obsesiones acostumbradas en su obra: la locura, el amor, la muerte, ese estado ambiguo en el que los muertos interactúan con los vivos, y sus personajes protagónicos vuelven a estar dirigidos por la fuerza de esas obsesiones, atados de pie y de manos por promesas que no rompe la muerte. Sin embargo, la atmósfera en “Eleonora” no es el abismo al que inevitablemente caen los personajes de Poe, hay un hálito de esperanza y perdón en la promesa, y esta vez, el amor que no fructifica no arrastra consigo la pérdida de la razón ni de la vida. Oscuros y tenebrosos suelen ser los cuentos de Poe, pero en este que integra la selección hay, si no luminosidad, al menos una oscuridad más cálida, que no oprime. El hombre, que ha jurado no querer jamás a otra, encuentra en esa otra la realización del amor y la experiencia sexual que se le escapó antes, en la promesa rota no hay amenaza, y la amada muerta es más un puente a la vida por fin realizada que un ajuste de cuentas.

Maupassant reitera en “Un día de campo” a los personajes pequeñoburgueses que protagonizan su cuentística, pero en este caso no son esenciales, ni la exhumación de un secreto ni el recurso de las confesiones, que tan seguido llevaban al clímax de sus cuentos, sobre todo los no fantásticos. Fiel a sus influencias realistas, el maestro del relato breve muestra condiciones sociales y escenarios comunes, de estereotipos propios de la época: una madre y su hija pasean en lo que entienden por campo con dos muchachos que, a diferencia del padre y un pretendiente que las acompañaban, sí saben remar y exhiben músculos y risas. Luego, se infiere un secreto, se adivina la paternidad de un niño concebido en una tarde por dos jóvenes que se encontraron de picnic, y que un año más tarde se reconocen en el mismo lugar: casada la muchacha con el pretendiente que no engendró ni llegó primero. Aunque pudiera serlo, sin confesiones de ningún tipo, el secreto no es lo más importante del cuento, sino la manera en que los protagonistas recuerdan lo que pasó entre ellos y se marcan a sí mismos con ese recuerdo de una tarde. Tímidamente asoma el tema del hijo ilegítimo —muy tratado por Maupassant—, pero sin ser conflicto en la historia de amor, a un tiempo fugaz y eterna, como las historias de amor que duran poco y se rememoran siempre.

Mientras, Henry James muestra nuevamente su concepto de la joven americana, construida como personaje escéptico con respecto a la tradición, crítico y propenso a buscar independencia. Así es la señorita Adela Moore en “Un día único”, donde el amor llega en unas pocas horas de conversación, y son tan pocas las horas que nadie se atreve a no dejarlo marchar. Otra constante jamesiana es la contraposición geográfica entre Europa y América, representada a través de los viajes y estancias del personaje principal. Pero Adela no se roba el show sino en el inicio, pues a un mismo nivel de interés actúa su coprotagónico Thomas Ludlow, un joven tan o más escéptico, aún más independiente y mucho menos tradicional. Los diálogos son en esta historia de una frescura llamativa y el cómo es aún más importante que el final, una situación ambigua reflejada por James con lo más depurado de su realismo sicológico.

Compilar el amorAsí sucesivamente podría hablarse de los catorce cuentos que integran a Una pasión…, en un espectro que va desde el amor gay y el vampirismo (“Manor” de Kart Heinrich), hasta las peripecias de una cita amorosa y fantásticas soluciones (“Historia del muchacho marinero” de Isak Dinesen); las muchas maneras de descubrir el amor (“El estudiante de latín” de Herman Hesse y “Primer amor” de Iván Turguéniev); el amor después de la muerte (“El amante fantasma” de Elizabeth Bowen); los celos amorosos (“Una sola vez” de D.H. Lawrence); las incomprensiones de una comunicación mal dirigida (“La dama del lago” de Bernard Malamud); el amor imposible que degrada y enamora (“El sacerdote y su amor” de Yukio Mishima) o la fantasía de un diamante tan perfecto y una doncella igualmente pura que se mancillan entre sí (“El diamante” de André Pierre). Todo ello —enlazado a las relaciones filiales en unos casos, o la filosofía oriental en otro—, va labrando una segunda intención de la antología: mostrar el proceso de búsqueda y hallazgo de la identidad a través de esas historias de amor. Una intención lograda porque en cada final, triste o no, fantástico o realista, parejas o triángulos amorosos, los personajes llegan a conocerse a sí mismos, a definir sus comportamientos luego de la interacción ficcional con el objeto amado. Siendo como fueron presentados, nunca son los mismos durante el amor, nunca son los mismos después del amor.

En “El diamante”, por ejemplo, el amor es un acto fantástico de violencia que lo trastoca todo, pero que a la impureza debe una definición personal, cuando una doncella es raptada al interior de un diamante y devuelta después a su realidad siendo otra, como otro es el diamante . El estudiante de latín de Hesse descubre, en una relación que anhela y que no le pertenece, una belleza que no conocía, se hace a sí mismo el hombre que aún no era. Los celos, desde la creación de D. H. Lawrence, visten a una mujer desnuda de complejidades y carencias que no se le suponían en el desarrollo de la historia; mientras que “El sacerdote y su amor” delinea los cambios en un eclesiástico que alcanza la liberación final física y filosófica, y en una emperatriz que accede al mundo religioso tras al enfrentamiento que para ellos supone el amor.

Lo singular también está en que leer antologías exige un proceso distinto al de leer obras unitarias, en referencia a las firmadas por un solo autor, por más prologadas o traducidas que estuviesen. Como bien aclara Garrandés en avisos preliminares, compilar nunca es un acto inocente y por ello las antologías, temáticas o no, trascienden una visión personal que enrumba desde un primer momento la recepción del lector, y establece pautas iniciales —evaluativas incluso—, en la lectura.

La literatura, o mejor aún, un texto, es susceptible de ser leído a distintos niveles, y no hablo de las capas de la cebolla —que sólo en el centro posee verdadera calidad—, sino de cortezas y más cortezas de significados. En esta antología el amor es una proposición —una primera invitación—, que finalmente obliga a una lectura metasemántica, donde el texto físico contrasta la lectura con instancias externas a él: el compilador, los autores, el contexto de esos autores y los contextos que nos (de)escriben. En este libro hay no solo cortezas y más cortezas, sino que el significado se completa totalmente al atravesarlas todas. Semejante a la manera en que el amor también nos atraviesa.

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