Actualizado el 3 de octubre de 2012

Naufragios (afortunados) del San Andrés

Por: . 1|10|2012

El poeta es el guardián del mito y de la imagen hasta que lleguen tiempos mejores.
Jorge Teillier Sandoval (Chile, 1935-1996)

Naufragios del San AndrésSi bien para Eliseo Diego la poesía es el “acto de atender en toda su pureza”, presiento que Naufragios del San Andrés (Premio Calendario de Poesía 2011, Casa Editora Abril, 2012) es para su autora, Maylan Álvarez, un rapto por aprehender la pureza de un pueblo que hubiera podido ser todo silencio y camino.

La foto de familia en cubierta me ha urgido a pensarlo, juzgarlo e interpretarlo como un libro de remembranzas; luego, leerlo me ha hecho pensar que Maylan vive asomada a ese nada azaroso pretil de la vida que es la literatura, con un ineluctable sentido de sensatez y armonía, logrando un viaje hacia el interior de su sensibilidad y de la nuestra, salvando —propongo— la ausencia que deambula por esas presencias que inquietan —inquieren— las causas estéticas que la autora defiende en cada ¿naufragio?

Karel Bofill le llama abstracciones. Yo prefiero, sencillamente, recurrir a estos hechos —textos— atraído por sus propios “paisajes, construcciones, los antepasados y ese interior” inefable que sentimos como atracción. Lo cierto es que, abstracción o atracción, estos poemas nos acercan a una intrahistoria diseminada por cada uno de los hundimientos locales, llevándonos a geografías distinguidas y diseminadas por nuestra memoria, a sus fosos, allí donde nadie advirtió, donde nadie sabe, donde nadie imagina cuánto pesa —ese ensimismamiento— en la viga de la vida.

Naufragios del San Andrés es también una mirada escudriñadora a la existencia de los que pueblan sus páginas, a sus manías y maneras de ir juzgando esta tierra, de ir percibiendo que ese espejo que es la realidad posee sus diálogos hacia el norte y, en esos cruces de camino, en cada uno de nuestros terruños, cercanos a nosotros, lectores comedidos, un Genaro, una Cuca, una Doña Inocencia o “un portal de la calle real” prohijando soledades, habitadas por ese (des)conocido que viene —desde otros tiempos— hasta donde estamos como bitácoras para el espíritu.

Leer estos trazos de historia produce una vibración impar; hay en el cuaderno poemas enteros que hubiera querido escribir sobre mis propios muertos locales, así, surca sus páginas el poema “Bienvenido”, texto que no por gusto aparece a mitad del libro ejerciendo la veces de bisagra poética, dueño de un giro que desafía la angustia de la evocación y la capacidad del hombre para regresar sobre sus pasos, cuando el punto de partida es por el regreso (…) a morir entre los míos; igual de sustancial me resulta el texto “Andrés”, itinerario histórico, memorioso, plausible, en el que “conmueve la discípula de Jesús” por el amor que se le precipita del verso hacia el espíritu en paz con el que Maylan asume su amar al prójimo sin medida.

Este poemario golpea suave la añoranza, empuja leve la nostalgia y, por demás, suscita impresiones de lo calladamente espiritual de la vida cotidiana, para que el velo de la realidad sumergida en el sendero del olvido ábrase, en asomo pulcro, a las almas de este pueblo, abrigado por el gesto íntimo de su autora, sin la presunción alevosa que induce el asomo a una hendija de estas semblanzas; al fin y al cabo estos poemas son signo de aquel otro contexto, donde los personajes o sus escenarios tuvieron disímiles referencias, subyacentes en esa brasa que cuece el futuro, pero que transita por nosotros.

Con la Poesía el Hombre ensaya enfrentarse al Yo recóndito y, en su avatar, la emotividad de la poetisa se desnuda como un crujido del tiempo por la memoria, ritual de toda osadía lírica, revelada como estocada al lector, quien puede auto examinarse y (re)vivir sin ambages el rapto de estas vivencias como esa angustia del individuo compartida en el silencio cómplice, todo con un valor insustituible: un lenguaje sencillo, formidablemente cómodo y concentrado, que le salva de la demasiada vestidura de lo anecdótico y de la percepción obsesiva por las máscaras en fuga de aquellos “personajes” resentidos.

Sea, acaso, su conciencia destilada en el diálogo desgarrador con sus semejantes, adoquinada razón de ser de esta poesía que nos permite asomarnos al tiempo insomne y espectral escondido en cada criatura, en su geografía, que bien pudo comenzar sus días en nuestro Ser interior o merodear nuestro mundo afectivo hasta donde llega el ruido de la gente a salvar su linaje.

Con este poemario una (in)quietud nos aguarda, nos impele desde su contextura, pero demasiado rica es la poesía como para hacer de ella un absoluto de lo factual aprehensible, por eso prefiero echar estas señales a más leña, agradecerle a la poetisa su vigilia, apostar mis próximos versos por la “ceniza” de un día cualquiera en que ponga los ojos en mi pueblo natal y recluir mi silencio en la absolución/ de sus pecados.

Para entonces, más que naufragios, fracasos, frustraciones u otro sinónimo admisible, este poemario lo asumiré como una inmersión del Ser en el ser… y también viceversa. Quedo en deuda con los ríos de mi ciudad, bajo cuyas aguas habré de buscar los versos dormidos que mecen a este pueblo de reyes en desgracia. Gracias Maylan, por el anzuelo, nos veremos en la taberna que todos saben.

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