Actualizado el 9 de marzo de 2013

Lecturas de Patmos

Estar en el espíritu

Por: . 9|3|2013

Lecturas de PatmosDe la cultura judía, milenarios y misteriosos, sobresalen aquellos a los que Dios otorgaba una portentosa capacidad para discernir los tiempos. Siempre insertados en el devenir, sus imágenes inspiradas llegaron mucho más lejos de lo que la visión natural consiguió. Eran conocidos como profetas de Dios, y el potencial que portaban se le adhería con belicosa responsabilidad frente al espacio social que le era contemporáneo. Juan, el apóstol, es el último profeta que cierra con sus iluminaciones el último libro de Las Sagradas Escrituras, aunque no solo es recordado por esto, también por haber sido condenado a realizar penosos trabajos en la isla griega de Patmos por orden del emperador Domiciano. Allí, pese a la prisión y la violencia que deprimía su carne envejecida, el profeta se gozaba en su único acto sublime y liberador: un “estar en el espíritu” que lo adentra en sí, y del mismo modo, fuera de su radio corporal, hacia aquello que desconoce.

Creo no especular si afirmo que Lecturas de Patmos (Editorial Oriente, 2011), libro de poesía de Eduard Encina, se entiende con la tradición aludida, aunque no se trate de una reinterpretación del texto apocalíptico de Juan, sino más bien del aprovechamiento y reelaboración de códigos que son utilizados para lo que realmente es el centro de gravedad dentro del libro: penetrar en la propia prisión, en sus espacios sonoros, sus apariencias y persistencias, a partir de las maneras en que resuenan en la intimidad del autor.

Cada texto es un movimiento de efecto donde Eduard parece proponernos la penetración en su espíritu, para motivarnos a realizar desentrañamientos en el espíritu de la isla. Desde el mismo título ya el poeta (no profeta, aunque pudiera) está llamándonos la atención sobre el simbolismo de Patmos: un espacio de dolor y cautiverio donde el cuerpo asume repertorios forzados, pero el espíritu se desprende a su pesar e inicia su destino alado y sagrado. Y es que el poeta presiente continuamente las punzadas de lo coercitivo levitando sobre el suelo que habita, tan palpables como un cuerpo ajeno que se lleva amarrado a la carne y nos dicta su voluntad.

los siento venir en el silencio tragándose
una bandera que es de todos

Es en los sujetos que tragan una bandera donde el autor focaliza la emanación de fuerzas que se mueven sobre el paisaje igual que una bruma que no deja lucidez ni carne ni silencio. La secuela es esa sensación sinestésica de vivir bajo vigilancia, proveniente de un constructo de autoconservación que es experimentado desde las ya aludidas imposiciones normadoras de lo visible y lo decible; todo ello registrado en el verso, sin dejar ciertas manifestaciones litúrgicas de resistencia.

El cuchillo a media asta para
que la hierba de Patmos no asome en los caminos

Es la ironía de un poder en duelo ante su propio cadáver, amenazante aún frente a las presencias que ejercen el riesgo de postularse sustitutivas. La realidad de un sujeto lírico presentado, en ocasiones, con ciertas compulsiones introspectivas, en un entorno fragmentador y enfermizo, parece que atina a una postura que elige, con plena conciencia, el margen como solución ante dos salidas posibles y radicales: integrarse a la coreografía simuladora y patógena, o desprenderse a través del espíritu, anunciando un voy en mí que se aleja del silencio subsistente como valor, para cobrar distancia de luz vencida en su propio reflejo asumiendo los riesgos que esto implica. Quizás el poema “Respiradero” sitúa toda una declaración ideoestética de lo que hasta aquí hemos venido señalando. Más allá del lenguaje cuasi marginal (ya hemos dejado ver una militancia en el sujeto lírico por las posturas no oficiales) verificamos una entrega absoluta a la belleza, una ideología necesaria, aunque llegue a ser atroz, riesgosa, diferente o dolorosa.

Y entro ahí
sin que la violencia de salvarme sea mi propia
violencia
un desprendimiento más

¿A qué violencia se refiere? A la fuerza homogenizadora que siente sobre el lenguaje y de la que escapa oponiéndole su voluntad, otro tipo de violencia que debe aplicar sobre sí para contrarrestar la desplegada desde afuera, y en ese único poder que le es propio, desentraña la claridad de lo desconocido y vital como una belleza que espera. Así la tensión del poeta vuelve Ojo azorado ya/ enemigo para construir otras representaciones más retiradas de aquellas que han sido sacralizadas hasta el dolor. Y es esta una elección cargada de crueldad por el riesgo de sufrir la nada, la no presencia vigilante que recorre los círculos íntimos, y por eso termina por declarar:

a lo mejor no existo pero al soplo mío no van a
ponerle la luz de los felices que arriman sus plátanos
mudos al mediodía

Plátanos mudos dice, arrimándonos a Heredia, un sólido referente de estirpe creador en lo nacional, cuya esencia procreativa siente falseada, al igual que aquellas palmas que como novias esperaron por el gesto fundador y que ahora solo experimentan el golpe trágico que las arquea, entonces, ya no encuentras sentido. Toda esa mudez que el poeta intuye desde su singularidad no es más que amortiguación ante la sonoridad racionada y dominante, ensordeciendo lo raigal1. Martí, otro horcón de la pulpa insular, se presiente en toda su ubicuidad en este poemario, algunas veces en versos que han sido removidos de su enunciado original; pienso que para relatar la malversación del espíritu como proceso operante dentro del humus cultural. Por eso el verso que alude a la estrella que ilumina y mata es replanteado a un nuevo contexto:

la estrella oscura el matadero
la estrella inamovible

Especialmente en “Los sellos”, texto donde la estrella que se hunde en la noche como un labio de mujer engendra un contraste entre ternura y tragedia, que bien podría representar el sentido de todo el poema. Articulando con ingenio los componentes simbólicos de los jinetes del Apocalipsis, el autor logra recrear la caída del Apóstol en Dos Ríos, jugando con elementos del paisaje (el agua del Contramaestre, la yagruma, la hierba) y otros significantes bíblicos (el arco, la balanza, el vino y el aceite), no por el ingenuo gusto de recrear la adversidad, sino para, a partir de ella, comprender la tragedia que nos compete.

Pero todo en el contexto se justifica, y la misión del poeta (bueno, profeta, que es igual) está echada, así que sigue pujando contra esa sonoridad, contra los artificios perpetuadores que promueven y acumulan rituales para la amnesia y la inmovilidad. El poema “Vesperal” se nos revela ejemplar en esa socialización, o mejor, homogenización del dolor que se retrata en la cervecera, como una ingestión de analgésico para alienarse y olvidar lo esencial: la enfermedad2. Al estilo de los antiguos profetas, Encina deja siempre asomar entre líneas su profunda angustia ante el futuro incierto, y visualiza esa pérdida de impulso de condicionalidad que la historia ha ido cediendo en un presente de continua sobrevida. El pasado solo subsiste como una especie de prótesis de presencia fatigosa que justifica el estatus del presente3. En la mayoría de los textos se prolonga esta sensibilidad ante lo histórico, que se realiza con especial interés cuando se ofrece una percepción compleja, y a la vez neurótica del suceder. La zozobra ante lo esclerotizado de una duración que se obstina en imitarse a sí misma, reduce todo movimiento a pérdida, despojo. Así, en “Poema del hijo” donde la presencia del padre prefigura la tradición de resistencia a experimentar otras formas de duración, otro movimiento.

El padre se pone oscuro si al girar la casa
presiente que la pierde

Lecturas de Patmos no es un mero ejercicio de confesión poética, cada uno de sus textos es una concentración largamente acumulada, y que solo ahora encontró el aliento para ser comunicado. El propio Eduard, en una entrevista, confesó acerca de los textos reunidos en este libro:

Lo importante no es lo que acontece fuera, sino lo que está dentro del hombre, el peso de las cosas buscando un lugar que las signifique….con el tono existencial de quien descubrió los límites al mismo tiempo que perdió la noción de futuridad.4

El poeta ha entrado en su espíritu para que nos experimentemos en nosotros mismos, por eso rehúye los discursos poéticos al uso, sostiene lo enigmático frente al decir complaciente que jerarquiza la pose antes que el sentido. Es un profeta que arrastra sus propias demandas, su propia misión, y habita en una isla, aunque no es un archipiélago de Grecia, ni tampoco se llama Patmos.

NOTAS

1. Ver los poemas “La burbuja”, “OK”, “Fuera de foco”.
2. Otros poemas en este mismo tono son “OK”, “Espumas”.
3. Así también los textos: “Noticias de la tarde”, “Éfeso”, “Mateo 24. 25”, “Fabeliano (pájaros que duermen en la cabeza)”y otros.
4. “En Santiago suceden cosas”, entrevista realizada por el narrador Yunier Riquenes, para el portal digital Libro y literatura en Santiago de Cuba.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | | | | | | | | | |

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