Actualizado el 12 de marzo de 2013

Heriberto Machado:

Un acercamiento para compartir el hambre

Por: . 12|3|2013

Las horas inertesI

Fue un medio día del pasado noviembre, luego de salir de la redacción de El Caimán Barbudo. Tomamos Obispo y Rafael Grillo venía hablándome sobre la poesía de Heriberto Machado, quería que la conociera y le echara un vistazo. Sería una de nuestras tardes de café, charlas, proyectos de trabajo y caminatas indescifrables por las callejuelas de esta Habana que se nos viene abajo; me había asegurado tener un ejemplar del poemario del muchacho que me traería al próximo encuentro. Leo, que nos acompañaba y ya lo conocía, me auguraba un buen momento de lectura y, mientras caminábamos, se amparaba detrás del sssheck de las cortinillas de su Nikon, sonidillo tras el cual atrapaba luces y sombras, unas veces a hurtadillas, otras solicitadas por los indigentes alucinados que salen al paso a turistas, transeúntes nacionales o de cuanto lente descubren.

De vez en vez deteníamos la marcha para saludar, bien nos adelantábamos Grillo y yo en lo que Leo obturaba con presteza de halcón, o por momentos mi ansiosa curiosidad y yo nos adelantábamos, ensimismados por conocer la poesía de Machado, mientras Grillo y el fotógrafo estrechaban las manos de conocidos comunes. Era de esas ocasiones diligentes que siempre se acompañan de propuestas y atisbos disímiles a la literatura cubana contemporánea, comentarios a la realidad y a la suciedad de nuestras letras y nuestra sociedad.

El Café Habana, hacia la media hora de andanza, nos “prestaba” su servicio; la tarde, los comentarios y el paladar se inundaban con el tinto aroma del doble de Serrano.

II

Heriberto Machado había publicado algún poema en  El Caimán Barbudo y parecía, según el ojo crítico de Grillo, sencillamente buen poeta; de hecho me propuso internarme en sus versos para hacerle esos acostumbrados guiños que le hago a la poesía cubana para promocionarla, pero siempre olvidaba el ejemplar del libro, de modo que cuando pudo recordarlo —varios dobles de Serrano mediante— y ponerlo finalmente en mis manos, el ¡ñoooo! de todo cubano se vistió de esa ansiedad irrefrenable que nos delata el entusiasmo.

Las horas inertes, Heriberto Machado Galiana, Premio Poesía De Primavera 2011, Asociación Hermanos Saíz. Eso es lo se lee en la carátula azul de un cuaderno ilustrado con la pintura “El viejo guitarrista”, de Pablo Picasso. Pasando la página de cortesía pude leer entonces que Heriberto había nacido en Venezuela, Ciego de Ávila, en 1987, con lo cual me quedaba claro que apenas tenía su primer cuarto de siglo cumplidos; para ajustar cuentas a/con la poesía, apenas un crío.

Confieso, a la sazón, que entré a su poesía un tanto asustado. Una cita de S.T. Coleridge servía de pórtico al poemario; o bien se trataba de un ejemplo de la archiconocida anécdota del joven poeta que lleva al maestro un poemario saturado de citas que embelesan la poesía misma, o bien me enfrentaba a un poeta tan joven como el de la leyenda ajeno a todo límite predecible. Por fortuna, desde el mismísimo primer poema quedé en concordia toda la noche leal a mi destino de lector ávido. El jurado del XVI Premio Poesía de Primavera 2011 podía dormir tranquilo, ponía, con este poemario, ante los ojos de los lectores de poemas treinta y cinco textos cargados del artificio del quehacer interior, letanía del silencio, palabras dispuestas con autonomía y universo lírico hábil.

Las horas inertes trae cierto aire de metafísica permeada con la naturaleza del hombre, para desembolsar de este derivaciones y afanes con que erigir un puente hacia la radiografía del prójimo; se sabe que la poesía suscita pasaje para la intelección de (nuestros) contextos vitales, acaso uno de los fuertes apoderados del éxtasis y la incertidumbre del Ser. En ese itinerario, Heriberto Machado crece interior y ontológicamente con la entrega de este (su primer poemario) conjunto de textos, para desdeñar el dolor como aturdimiento de los sentidos, más bien lo procesa en la artesa del tiempo con ese insomnio contiguo y antiguo donde el Poeta pone sus horas afanosas.

III

No es sano quedarse con el mero contenido de poemario, apuesto por acercarnos al crisol del ánimo dispuesto por el individuo, aquello que lo hace solidario desde su proyección de solitario congregado por la palabra y recorrer, a modo de oscilaciones, tanto la aproximación como el distanciamiento sereno a este conjunto de textos.

El pensamiento no se resigna, apostilla Octavio Paz, ese haz de estímulos y reverberaciones hace del poeta Heriberto Machado un escriba, no de coro, sino hacedor consistente de imágenes que más que re-significar las circunstancias reabsorbe sus secuelas. Como consecuencia de esto, pude disfrutar mientras recorría estas palabras ocultas a la memoria/ revoleteando en mí como la hojarasca, pues de candor en la percepción; apetito de experiencia y del deslumbramiento clásico del Ser-poeta, que hacen de esta poesía y de su autor un universo complejo que se imbrica con la solidez de la expresión sin pedantería en su lenguaje; la metáfora atada a la tierra pero con sus resonancias en vuelo; y de ese mirar las cosas como si encerraran un alma diáfana para la interpretación.

Las imágenes y metáforas exhibidas en este libro resisten impetuosas, marcando ya para el escriba un señorío temprano (muy temprano diría yo) hacia lo que ha de andar todavía por los predios de la poesía Heriberto Machado, para que le hinque siempre el acomodo del lecho lírico, en este sentido sus poemas se deslizan por versos que franquean y traspasan el Yo, la memoria, el tiempo, el tiempo que se escapa en el avance /—de los hombres, de los barcos, del fuego desolado—, dice el poeta; la denostada influencia del espacio psicológico del hombre, quiero simplificarlo a duras experiencias tempranas como un incidente de la amargura de la vida o el paso de los hombres hacia la muerte; el pasado y presente, el presente vs. pasado; el silencio acechante como señala en uno de sus versos: Este silencio reposa infestado de hoyuelos/ de fierezas y ansiedades migratorias; la muerte como partida y final de incertidumbres humanas que me permiten evocar —desde sus propios versos— esas pérdidas de seres entrañables por la que la historia espera para saldar cuentas pendientes, muertes en el desenfreno del mar le llama el poeta. Estos son algunos de los derroteros desde los que se desgajan los espasmos líricos de Heriberto, aunque no los únicos.

Ahora, no es poesía que se pueda leer de una ojeada, porque son textos de “la sencillez complicada” y cada pasaje amerita —y nos impone— un impasse de tiempo luego de sus puntos finales. Quisiera poder decir, definitivamente, que es un libro orgánico: lo es; que es un poemario escoltado por un sentido de espiral vehemencia: la tiene. Con la lectura de sus poemas se alcanza a visualizar razones humanas imponderables. Advertir esto me satisfizo.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | | | | |

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