Actualizado el 25 de septiembre de 2013

Para un entendimiento de nuestra condición cínica

Por: . 30|8|2013

Aterrizaje. Después de la crítica de la razón cínicaEl restaurant La Pachanga debe su solvencia al manejo de no pocos recursos publicitarios, que abarcan desde el empleo de pegatinas y anuncios en internet, hasta la conversión de sus predios en escenario para un video clip. Esta operación de mercadotecnia tuvo su cenit el primero de mayo, cuando los integrantes del negocio resolvieron desfilar en el acto conmemorativo por del día de los trabajadores. De repente y ante miles de pantallas de televisión, se desplegaron las pancartas y uniformes del “aguerrido colectivo” que proclamaban al país la existencia de esta microempresa, todo ello envuelto en cierta atmósfera de apoyo  a la causa del proletariado. Así los de La Pachanga “saltaron del sartén” a la Plaza de la Revolución en un acto de reafirmación política, y por qué no, comercial, que habla por sí mismo de la capacidad de adaptación y supervivencia de los cubanos.

Proletarios y cuentrapropistas “uníos”… o mejor dicho, unidos por obra y gracia del marketing y de cierto descaro enraizado en el imaginario nacional que se traduce, grosso modo, como el convencimiento en la imposibilidad de subvertir a las claras determinados modelos éticos, académicos o políticos y la necesidad de acomodarse a ellos. Dicha postura, al parecer consustancial a los isleños, es caracterizada en Aterrizaje. Después de la crítica de la razón cínica (Ediciones Luminaria, Sancti Spíritus, 2012).

Este libro representa, en primera instancia, un notable esfuerzo de sistematización de las variantes adoptadas por el cinismo en el pensamiento y la praxis de la cultura occidental, con abundantes alusiones a la filosofía, la literatura y en menor medida al arte, por lo que su autora, la destacada crítica Elvia Rosa Castro elude las rutas de siempre  para  reencontrarse con antiguas  obsesiones,1 y de paso  mapear las diversas poses asociadas a lo cínico.

Debo aclarar que muchas de las ideas aportadas por Elvia Rosa se venían incubando en el terreno artístico así como en informales espacios de discusión donde se rumiaban no pocos conocimientos relativos a las ciencias sociales.2 A su manera, sin contar con todos los referentes, y antes de la “caída del muro”, el campo intelectual de la ínsula enarbolaba no pocos juicios emparentados con cierta voluntad de saber a nivel global.

Luego de ubicar e interpretar los orígenes del cinismo en la filosofía del mundo clásico, la estudiosa prefiere distinguir otras variables que se apartan de aquella visión descarnada del entorno que ofrecían Diógenes y compañía. De hecho, Erasmo y Voltaire devienen sorprendentes paradigmas dada la recurrencia a la ironía y la parábola, piezas de un lenguaje colmado de segundas intenciones, en un mundo percibido como burbuja de apariencias, siguiendo una línea de pensamiento que sustituye lo real por su representación.

Si concordamos con la ensayista en que sujeto y realidad andan enchufados por una cadena de mediaciones más larga que la del ADN, pues entonces debemos admitir que lo real no está compuesto de hechos ni verdades, sino de versiones y representaciones: “El amor por la verdad (…) nos conducirá hacia muchísimas peligrosas aventuras”, nos dice Nietzsche, quien duda de la capacidad redentora de la ciencia y la razón moderna.

Sin embargo, ello no significa caer en cierto agnosticismo pedestre. Las diversas traducciones de lo real suelen ser legítimas para un individuo o grupo, quienes creen en ellas en virtud de convicciones éticas, políticas o religiosas. En tal sentido, Lezama se refería a las “Eras Imaginarias” del pasado europeo donde Dios, los dragones y la longevidad de Carlomagno eran incuestionables. Aunque en el cinismo intervienen el cálculo, la conveniencia, la actitud simuladora y el deseo de manipulación, hay siempre una cuota de genética cultural, convencimiento o autoengaño y este libro es representativo de ese mejunje.

Desde el punto de vista académico, la autora de La conjura de los fieles no solo aborda el cinismo, sino que ella misma se torna cínica cuando se viste con las ropas de la ciencia aun sin estar segura de todas las bondades que se le atribuyen. El problema radica en minar el canon desde dentro, creando efectos de “respetabilidad” científica mediante el uso de criterios de autoridad y el manejo de citas, apostillas y referencias, entre otros artilugios. Mientras tanto, Elvia deja ver su lado maquiavélico cuando en la nota 47 del texto confiesa no hallar cierta referencia bibliográfica y plantea estar dispuesta a inventarla. El camuflaje radica en trocar el discurso de la evidencia por el de la verosimilitud, pues al final la autenticidad es cuestión de retórica.

Pero, a contrapelo de tal distanciamiento, la escritora se empeña en proclamar y definir el cinismo cubano. Pudiera pensarse, siguiendo la lógica del cínico, que lo hace porque se halla en el reino de lo conocido o porque solo pretende llenar un vacío cultural; empero a la estudiosa le “duele” la recurrencia de sus compatriotas al simulacro como vía para solucionar las adversidades nacidas en un ambiente históricamente marcado por  el autoritarismo. Y es en esa unión de la “utilidad” con la “virtud” que ocurre el aterrizaje, desde lo teórico, hacia el terreno concreto de la historia y el pensamiento de la Isla, con énfasis en el siglo XIX.

La autora “descubre su corazoncito” ofreciendo una perspectiva del cinismo local donde prevalecen el disimulo, la paciencia, la renunciación, el mutismo y aun la picardía y el choteo, como signos de esa peculiar y lamentable resistencia que no se aviene a las marcas de sacrificio, martirologio o heroísmo frecuentes en la historia oficial. Allí están las “calladas maneras” de la acción pedagógica de Luz y Caballero, el “pensamiento andrógino” de Saco y la proclividad al “silencio” por parte de José Martí, como botones de muestra.

En ese rumbo, a Elvia Rosa le interesa destacar la presencia de un cinismo fundacional, aunque en su enfoque teleológico y de historia intelectual deja fuera muchísimos ejemplos de nuestra vida cotidiana en los que el fingimiento y la astucia devienen moneda común. Cualquier búsqueda en los archivos y repertorios legales relacionados con el pasado de Cuba dejan entrever la circulación de muchísimas leyes, ordenanzas, prohibiciones etc., dictadas una y otra vez para la autotitulada “siempre fiel”, lo que refleja la habilidad de los criollos para burlarse de ellas, aunque nadie se pronunciase abiertamente al respecto. Aun hoy sobran ejemplos, como aquel falso fildeo de Carlos Tabares que le valió la medalla de oro al equipo de béisbol en las Olimpiadas de Atenas, gesto aplaudido hasta el delirio por la prensa deportiva y los aficionados, que refleja cuan incorporada se halla la impostura en el “alma cubana”.

En definitiva Aterrizaje… es un ensayo ejemplar, donde Elvia Rosa muestra su peculiar erudición, anclada en un lenguaje en el que se funden con naturalidad lo culto y lo profano. Es elocuente también su asombrosa capacidad de asociación, esa que Carpentier reconociera como signo distintivo del intelectual, así como un alto poder de convencimiento y cierta vocación pública que la aleja de la esterilidad y la lógica parnasianas.

A su vez este ejercicio literario nos obliga a meditar sobre ese lado oculto de lo cubano, menos mediático y patético, donde abunda la filosofía de la finta, el rodeo y la ambigüedad, tal y como se muestra en la foto que preside el libro, donde el artista Ernesto Fernández junior, parece hablarnos de una Habana gris-metonimia del país- que no se sabe si se deja arropar por la enseña nacional o por el pabellón multiestrellado del  poderoso vecino.3 ¿Alegoría de nuestro discurrir hacia un futuro-pasado? Pudiera ser; de todas formas, y esta es una enseñanza que nos ofrece de modo tácito Elvia Rosa.

Para decodificar esta suerte de comportamiento sinuoso, habrá que apelar a la suspicacia y la lectura entre líneas como estrategias hermenéuticas. Quizás por ello, si me diesen a escoger dentro del repertorio de alegorías que pueblan la historia del arte cual sería la imagen que mejor ilustre ese cinismo develado, y hasta cierto punto, compartido por Elvia Rosa Castro, buscaría aquella que aludiese al sobreentendido.

No sería entonces en el tragiquismo del individuo atormentado que nos legara Munch, ni mucho menos en las estampas de Delacroix, (que a lo sumo sirven para ilustrar la portada de un disco de Coldplay), donde hallaríamos inspiración para referirnos a lo cínico en Cuba. Con toda seguridad elegiría el retrato de la Gioconda que parece decirnos con su risita socarrona: “Tú sabe, tú sabe…”

 

NOTAS

1. El presente volumen es una secuela notablemente extendida y argumentada del ensayo “El precio de las vacantes (vuelven el cinismo y el arte)”, El Caimán Barbudo, Año 31, Edición 287, 1998, pp. 8-10, que generó una interesante polémica publicada en varios números de El Caimán…. Véanse al respecto: Manuel Henríquez Lagarde. “Fe de erratas. Una lección sobre el cinismo”, El Caimán Barbudo, Año 31, Edición 288, 1998, pp. 22-23; __________. “Nota del editor: Una lección sobre el cinismo (II)”, El Caimán Barbudo, Año 31, Edición 290, 1998, pp. 10-13; Emilio Ichikawa. “El asunto del cinismo: discutir antes que blasfemar”, El Caimán Barbudo, Año 31, Edición 290, 1998, pp. 10-13; Víctor Fowler. “Otredad silenciada y otras incomodidades”, El Caimán Barbudo, Año 31, Edición 292, 1998, p. 27.

2. La autora menciona la taberna “El Bodegón de Teodoro” ubicada en la Casa de la Federación Estudiantil Universitaria de la histórica universidad habanera; otros lugares no menos importantes fueron el “local de Ramoncito”, que fuera la oficina del director de la biblioteca de la Facultad de Filosofía e Historia, el querido y malogrado amigo Ramón Ramos; al que  habría que añadir el edificio de 3ra y F donde se halla una de las becas pertenecientes al mencionado centro de estudios. Allí se reunían, durante la segunda mitad de la década del ochenta y primera de los noventa del siglo anterior, una cantidad notable de talentosos estudiantes y jóvenes profesores, muchos de los cuales han llegado a ser importantes figuras en los terrenos de la filosofía, la antropología,  la sociología, los estudios históricos, y la crítica artístico-literaria.

3. Por cierto, en ese período interesantísimo de la historia de Cuba correspondiente a los inicios de la ocupación norteamericana se hizo común el despliegue por toda la Isla de los pabellones pertenecientes a ambos territorios. Al respecto la colega Marial Iglesias comenta: “La imagen mítica de los Estados Unidos como cuna de la libertad y modelo de las virtudes democráticas en América, estaba tan extendida en la época que muchos [cubanos R.Q.] no veían contradicción alguna en el izaje simultáneo de las dos banderas” (Marial Iglesias Utset. Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898-1902, Ediciones Unión, Ciudad de La Habana, 2003, p. 235).

 

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