Actualizado el 6 de diciembre de 2013

Ars longa, muertes breves

Por: . 6|12|2013

Muertos brevesEscribir sobre Liuvan Herrera Carpio me devuelve sobre varias coincidencias: nacimos en 1981 (aquella época), en una ciudad distinta de la que habitamos; estudiamos Letras, nos interesó antes o después seguir estudios de Religión; la muerte ha atravesado nuestra escritura, en la que se practica a menudo una intensa metaforización, sembrada de símbolos. No sé si Liuvan sopesó cada una de esas convergencias, pero imagino –por la complicidad que ofrece la literatura– que sí; de ahí quizás que me haya regalado la posibilidad de presentar Muertos breves, y de ahí que esto resulte para mí, grato y difícil a un tiempo, por lo singularmente literaturizados que se hallan aquí los referentes que Liuvan trabaja con naturalidad.

Este libro, que se abre en tres secciones: “Discurso del hambre”, “La carne florecida” y “Muertos breves”, se ofrece pues como un recorrido en que el poeta evidencia primero y escamotea después las anécdotas que dieron vida a su verso.En “Discurso del hambre”, inmerso sobre todo en textos veterotestamentarios (Samuel, Reyes, Números, Jueces), trabaja en prosa poética acontecimientos la mar del tiempo desconocidos —como están de entreverados entre el saber enciclopédico que compendia la Biblia. Se trata de hechos que en sí mismos provocan conmoción y que, como es propio de la literatura bíblica, están traspasados por la extraña belleza del horror, por tremebundos símbolos: la siega, la tierra yerma, la virginidad, la lámpara, la mortaja, el pez, la lluvia de codornices, la serpiente interior, la lepra, el vino, las reses… Así, Liuvan revisita, coherente con su dedicatoria a tres amigos jóvenes muertos: las sendas muertes de los hijos de Rizpa, quien vigiló el balanceo de los ahorcados, defendiéndolos del picoteo de los pájaros, desde abril hasta octubre; el candelero insomne del matrimonio sin amor, de cinco vírgenes prudentes que guardaron su aceite, por recibir al esposo a medianoche y entrar acompañadas a las puertas del cielo; la muerte por hambre y por hartazgo del pueblo de Dios tras la salida de Egipto, cuando “aún estaba la carne entre los dientes de ellos antes de que fuese masticada”, y los sueños de alguno que rememora impávido aquel pez aderezado con lunitas de ajo…; los paseos por el monte, dos meses sabiendo su muerte, de la hija de Jefté, la que tocaba el pandero, ofrecida –a ciegas– en holocausto por su padre, a cambio de vencer a su enemigo; e incluso la muerte de algún hijo, cuya carne su madre repartió entre los hambrientos, sumida en el cerco de Samaria. Como es visible, esta sección pone en su centro asimismo a la familia, como remanso en el que también el río violento de la necesidad hace su cauce, entre rituales como el lavado y la mesa cotidiana.

En “La carne florecida”, la más breve sección y en apariencia las más dispar, el autor reúne textos de fe que pespunteanentre la horca y la vida. Si aquí otros símbolos (la boca, el ojo, el anzuelo) adquieren su propia aura…, los de antes regresan lacerados; mas de las llagas parece alzarse la espiga. Así de la carne de la res —irónica “virgen atascada” en la “corona de espinas” de la alambrada—, que luego pasará de brazo en boca, en procesión salvífica. Así del pez más joven, “nacido para carnada”, en cuyo “ojo aún parpadeante” hinca el anzuelo “sus tres garras”. Así en la lengua de los que aclamaron al “jugador de fondo”, traspasada por la espina del elogio, mientras las gargantas, ayer ensordecidas, cuando el tiro del adalid violaba el “ojo de la canasta”, enmudecen ahora, ante su cuello adornado por la “horca de la medalla”. Y así también en el barco de papel, rasgado por la humedad, preso al rodearse de aguas, salvo al rodearse de islas, en su horca celeste perfecta. Y en el “pan, que fue trigo asaeteado por las plagas”; y en el cuerpo del hombre que prefiere la simiente intocada, y aparta la res de su plato, mientras el cuervo lo besa, y amanece por fin… no se sabe bien de qué lado, pues los picos de los cuervos suelen abrir un pasadizo al otro mundo.

La última sección, que da su nombre al libro, hace pensar que atravesando el espejo, Liuvan ha llegado por fin a la mansión de sus muertos. Personajes que dan o reciben muerte: el verdugo y el crucificado; la bailarina que no puede perder pie y la yugada convicta de su hermandad; el carpintero-aserrador y su árbol, el florero-mendigo, que ofrece girasoles segados; el pan partido “en el vientre de la casa”, mientras la s/muerte (m)aúlla en el tejado; el suicida; Narciso, el s/ciervo que pasta sobre el agua de su belleza, “el primer pez reflejado”; el talador que esculpe al caballo su carreta; el leproso que alimenta con las hostias de su carne, a los peces que llevará a la boca, mientras la luna nueva que abriga sobre el río, va quedando eclipsada…

Muertos breves cierra así el ciclo de sus símbolos, con una maroma, una pirueta sobre el agua de vida, volatineros que hacen girar el pan(dero) de la noche. Recordándonos, mediante ciertos grabados medievales perspicazmente escogidos, la perennidad del hambre y la familia, de la muerte, la floración y la virtud, Liuvan Herrera Carpio, con mano prudente, pone aceite a su lámpara y toca en las puertas de la literatura que ha rehilado la suerte de esos temas eternos. Yo creo que le abrirán, no sólo ya porque este libro tiene el halo del Premio de poesía Eliseo Diego (2010), sino porque así como la muerte se erige en ley para todos —cual nos recuerda en la cubierta Carlos Bundeto—, así también otra máxima nos dice que, intensamente aprovechada, aunque breve, la vida puede regalarnos un arte que permanecerá.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | |

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