Actualizado el 26 de marzo de 2014

Legna Rodríguez:

¿La gran arquitecta, la más odiada o la más querida?

Por: . 24|3|2014

Lectura de La gran arquitectaLa costumbre poética de la isla persevera, rejuvenece o busca quitarse el velamen intelectual que, no en pocas ocasiones, lastra su travesía, y muy de vez en vez hace lagunas en su memoria que le desenfocan el panorama. Bueno, Legna Rodríguez Iglesias y su poemario La gran arquitecta también perseveran, pero lo hacen por la horizontal como sentido, creo, para escapar de la amnesia.

La poesía es, a veces, ese estado fragoso para hilvanar realidades y su capacidad de transpirarse en el inconsciente; y es ese inabordable mercado del deseo para el que muchos quisiéramos, en cierta medida, haber tenido alguna jabita para cargar lo que divisemos en los carretones de frases, giros lingüísticos, cotejos verbales y fútiles que pululan en cada esquina de nuestras calles, de nuestras avenidas interiores.

Basta cruzar la verja de una escuela secundaria, de un preuniversitario, de un parque, funcionando desinhibido, melancólico, alucinado de porvenir, quiero decir pletórico de jóvenes aderezando la vida, la vida misma… Sumarse a la realidad de un mercado que lo mismo da si es agro u ogro, subir a los contenes, transitar en cualesquiera de nuestro P, nuestros almendrones, nuestras paradas macondianas; y prestar oído a un presente que por momentos nos hace derramar la razón en el suspiro más surrealista que evoquemos, pero que es nuestro más caro síntoma de deterioro. Habría que registrar esta como la época de los desacuerdos, del ensimismamiento irreverente “en el vacío interior” del Ser. Y entonces sí tendríamos que cuestionar esa manera de hablar o deshablar nuestra lengua. Pero la poesía es otra cosa. La poesía es “sentir mal adentro”.

Como nos lleva a leer Legna en su poema “Verdadera escritor”:

Si lograr poema ahora

yo ser verdadera escritor

porque sentir mal adentro

romper mi alma en muchos

cómo se dice

pedazos

cómo persona destruye persona

es la pregunta que hacer a mí

y yo no saber cómo

pero saber

que soy

cómo se dice

destruida

persona destruye arquitectura

pero persona no destruye persona

creer que yo persona

destruir

todo

persona ser arquitectura

y persona ser

cómo se dice

destrucción.

Ese viaje que emprende el poeta en solitario, contra marea, en una mar de palabras y entuertos lingüísticos y sígnicos y en el naufragio que supone la página en blanco. Todo ello, y la propia poesía de Legna Rodríguez  Iglesias, su lenguaje casi de voyeurs, me hace traer este fragmento de “Inventario secreto de La Habana” de Abilio Estévez:

“Tal vez me equivoque y el amor (no el sentimiento, si es que existe, sino la relación de los cuerpos) sea algo que se haga, que se construya, como las catedrales. No lo sé. O tal vez no importe demasiado como nombrar algo que no se puede (o no se debe) nombrar. Ni explicar. Algo sencillamente prodigioso. ‘Singar’ sí es una bonita palabra. Como que es marinera. Significa remar con un remo único. O sea, navegar ya sea por el mar, o por un rio (depende del caudal), en una embarcación que solo requiere de un remo. De esta palabra me gusta cuanto sugiere de movimiento, de recorrido sobre las aguas (todo camino sobre las aguas remite al milagro). Y me gusta esa herramienta única que se emplea para afincarse, para mover el agua, para traspasar, avanzar y regresar. (Recuérdese que, entre nosotros, a tener un orgasmo se le denomina ‘venir’, ‘venirse’.) O lo que es lo mismo, que el gozo de los cuerpos tiene que ver con el gozo de los viajes.”

Eso es justamente la poesía que Legna Rodríguez Iglesias “proyecta” en su cuaderno La gran arquitecta, Premio Wolsan-CubaPoesía 2013, que acaba de poner en circulación la Colección Sur a propósito de la Feria Internacional del Libro La Habana, 2014. El gozo de un viaje a lo mundano, a lo tórrido de una realidad que tenemos debajo de nuestras narices, a lo cotidiano. Quién duda que detrás de este fragmento no haya una mirada inquieta a lo consuetudinario:

A la salud de una persona

le hace daño la leche

y sus derivados

también la harina

y sus derivados

y cualquier producto

que las contenga

a mí me hace daño la leche

y la harina

tanto como el odio

y el amor

y los derivados del odio

y del amor

son fatales para mí

La lengua, el lenguaje, “las palabras que nombran y desnombran cosas”, como me dijera recientemente esta autora, a veces resultan trances, raptos de resistencia contrahegemónica, desde donde hacer esa mirada oblicua, reveladora de lo “contemporáneo”. Un viaje que se abisma en el interior del Ser y que se nos antoja eternizador, cuando menos, atlas para salir en busca de esa otra aventura vivencial con la que transpolar los enclaves del signo que va forjándose en esas diminutas historias erigidas con adoquinadas metáforas, alicatadas imágenes y un universo performático de sujetos hablantes que usurpan nuestro libre albedrio.

La poesía que se está escribiendo hoy en esta isla, mucha de la cual se premia y se publica, hace honores a esa ansia de romper las fronteras. Legna Rodríguez Iglesias es una de las voces que hizo velas, sobre cuyo maderamen los vientos soplan a sotavento.

Valdría la pena hacernos la siguiente pregunta, ¿cuál es el campo referencial desde el que Legna advierte sus impulsos emotivos/lectivos? Me lo pregunto por los que dudan, por los que se ruborizan con tal o mas cual palabra, por los que no “escuchan” las circunstancias en las que habitan; pero también por los que obstruyen con su silencio los resortes de una poesía que trae una carga de significados que rompen con la contumacia y la monofonía de cierto discurso tramoyista. Sacralizado… dicen.

Me pregunto también si será que se advierte desvaída o aprensiva  la llamada poesía “instituida”. ¿Será acaso que se siente agitada por lo “marginal”, lo (auto)crítico, lo “ambiguo” de un sujeto lirico que huye de la instrumentalización y la institucionalización del lenguaje?

En La gran arquitecta cohabita un enunciado en el que el autoexamen atrevido de la poetisa, entendida como autora-sujeto, traspasa el instante de la entelequia, pero no se subordina a hurgar en su cuerpo, en las manifestaciones de este hacia ambas fronteras de la dermis, derramadas en el poemario tal como una muchedumbre indolente se disgrega por su cosmografía.

Hay una elevada dosis de impersonalidad y extrañamiento, de autismo lírico, bañando ciertas páginas de la poesía publicada hoy; hay tal vez demasiado apego a títulos o autores del parnaso literario nacional, pero en la poesía escrita por Legna no existe contubernio con el silencio, ni enajenamiento de la circunstancia que nutre sus dramas vivenciales.

Que La gran arquitecta es un libro incómodo. Lo es. Que no trae entre sus páginas ese acomodo sensorial de la poesía dúctil. No, no lo trae. Que su primera lectura puede producir algo muy parecido al ictus. Lo acepto.

Ahora, cimbran en su aliento ético símbolos, fluidos, frustraciones, amores idos, la ironía, el vacío, “un niño con miedo”, “una paja matutina”, “la oreja”, “el cuello”, el hombro”, “el pezón”, “la vulva”, “el clítoris”, “las bajas pasiones”, “la crica”, “una mujer que llora, que fuma, que mea, que muere, que piensa, que singa”, “las mujeres hipócritas”, “las mujeres envidiosas”… Un universo severamente prohibido lo mismo que severamente fascinante. Pienso, en todo caso, que lo más escarpado para esta poesía no es vigilar o intervenir lo que ha dicho, sino sobreponernos a lo que queda por decir.

El poeta no es, en ningún modo, solamente un Ser ideológico. En las ventanas de sus ojos habita el presagio y esa inquietud llamada actualidad, que los aqueja y los convierte en  inadaptados. Y presagio y actualidad son materias primas volátiles, pero también inaccesibles para muchos, desconcertantes para otros y que desdibujan la poesía para los inscritos sobre sus propias y únicas nomenclaturas.

Pareciera como si la pauta de la claridad conceptual, formal y estética se dispusiera a penetrar nuestro espacio lectivo con una alevosía que precisa involucrarnos. Hoy la poesía tiene esos rasgos en los más jóvenes cultores, escribidores de poemas. Una sensación irresoluta de cambios, de búsquedas, de hallazgos, de desplazar, de ironizar, de sustraer el espasmo. Poéticas que se distancian del eufemismo, pero que nos ponen delante de un verso alusivo, insospechado, un verso que se teje escapando también de lo anfibológico y del discurso del dissimulatio.

Las palabras se magnifican en su concurrencia mutua, enervando y extendiendo sus sentidos, mostrándose unas a otras, descarnadamente, sus objeciones, sus metamorfosis, sus inconsecuencias. Ahí está el per sé de la transgresión gramática y los ademanes semánticos que nos propone La gran arquitecta y que no son, no, falacias irreverentes desencadenadas por la nada, sino empalmes necesarios para el ensamblaje que descubre la consecuencia de un momento social determinado, yuxtapuesto al compromiso del Ser con su naturaleza.

La gran arquitecta es también corolario de esa mirada que demarca contornos ajenos a influencias mojigatas, conexión de intensidades y desafíos de una voz incómodamente inusitada por el despliegue de un yo lírico que habita anversos y reversos de una realidad con sempiternas posibilidades expresivas, donde la disciplina poética va en traza todavía, colectando los harapos del lenguaje y sometiéndolos a eso que la gran Lina de Feria define —con toda justicia y preocupación— como “el devenir de la palabra.”

Legna Rodíguez Iglesias, poetisa y narradoraSeñores, la poesía es también mutación sintáctica, aquello que se construye infringiendo la genética de lo permanente, conmociones en el lenguaje que son devueltas en el tiempo a la página poética. Solo les propongo un nombre para que no nos ruboricemos en lo adelante, Catulo, El veronensis. La gran arquitecta es un libro espejo y un libro retrato, un libro que sostiene y soporta nuestra vigilia. Legna lo sabe, la hace y lo dice con la osadía propia de las palabras.

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