Actualizado el 5 de junio de 2014

La violencia de las horas y los signos hostiles de la nación

Por: . 4|6|2014

La violencia de las horas, portadaLa condición humana ha sido a lo largo de la historia uno de los tópicos más socorridos en la literatura de cualquier país. Nuestra tradición literaria no puede sustraerse, ostenta uno de sus mejores momentos en el tratamiento que del tema hicieran (y no ha de extrañar que asumiendo posiciones antípodas) los dos más grandes exponentes de nuestro modernismo: José Martí y Julián del Casal.

El poeta y ensayista Víctor Fowler, en su libro Paseos corporales y de escritura, publicado por Letras Cubanas en 2013 a propósito de su premio Alejo Carpentier en Ensayo, llama la atención sobre una idea que significa como muy poco reproducida de Martí, la cual evidencia su temprana preocupación y la profundidad discursiva al abordar tan esencial asunto:

La vida humana es una ciencia, a cuyo conocimiento exacto no se llegará jamás. Nadie confesará jamás completamente sus desfallecimientos y miserias, los móviles ocultos de sus actos, la parte que en sus obras ejercen los sentidos, su encorvamiento bajo la pasión dominadora, -sus horas de tigre, de zorra y de cerdo.

Una de las voces más atendibles, a mi juicio, de la nueva hornada de poetas cubanos (me refiero, por supuesto, a algunos nacidos a partir de la segunda mitad de los 70 y una más amplia representación de los nacidos propiamente en los 80) parece no compartir la idea martiana de esta obstrucción, de esta negativa del individuo a la hora de develar esa interioridad del ser en donde lo animal reinaría y nos entrega una propuesta singularmente desgarradora en la que propongo detenernos, para ir develando algunos rasgos que ya van definiendo, de manera insoslayable, los nuevos derroteros, los nuevos rumbos de nuestro quehacer poético donde, a mi modo de ver, el desfallecimiento y lo miserable, asumen connotaciones éticas con una exacerbación que nunca antes habíamos alcanzado y esto hace que sus propuestas se diferencien tangencialmente de las búsquedas propias que encausaban las promociones anteriores.

No me sorprende en modo alguno la cita escogida para abrir: “¡qué tristes son las horas!” de Julián del Casal. Se me antoja sintomático. A mi modo de entenderlo Sergio García Zamora (Esperanza, Villa Clara, 1986), ya sea intencionada o subconscientemente, asume una acentuada postura generacional con respecto al canon literario y a la historia: Los jóvenes poetas cubanos demuestran más simpatía por mostrarse ya no como cronistas, sino como desembarazados diseccionistas de su tiempo, tomando distancia visceral con respecto a la vocación de servicio y al sacrificio del que fuera, sin lugar a dudas, el más digno exponente, nuestro Apóstol.

Para los altibajos, que ya va mostrando esta polifonía de voces que integran la más reciente promoción de poetas, no creo tengamos ahora mismo a nuestro alcance el más certero de los sismógrafos, aquel que nos permita delimitar el grado de actividad y la variedad de sus registros para definitivamente entender por qué insisten en revelar de manera tan descarnada cuán molesta y fea se hace la vida cotidiana, cuánto dolor nos deparan las situaciones amargas que hoy subsisten en nuestra realidad social.

Intuyo que, a diferencia de mi promoción (muy apegada aún a las estrategias discursivas de insinuación metafórica y a las voluntades cívicas de quienes nos antecedían), ellos prefieren y tienden a detenerse, cual extenuados y meticulosos orfebres del cinismo y la ironía, en el desmoronamiento de los ídolos, en las adversidades del amor, en el desmembramiento de la familia, en lo sórdido, en lo repugnante y feroz que puede ser el espectáculo de vivir en un mundo donde es mucho más frecuente la frustración de los sueños que la realización personal, o el errar por caminos distorsionados procurando conseguirlo a toda costa, sin valorar el precio, dando más valor al hedonismo y con un pragmatismo donde importa, sobre todas las cosas, el presente, porque el pasado solo sirve para ser ignorado y el futuro resulta demasiado incierto.

Cuando leo cada una de sus propuestas* tengo la sensación de que se está imponiendo una tendencia, una marcada preocupación por revelar las sutilezas semiocultas de nuestra realidad con una acentuada fascinación decadentista por el dolor, lo mórbido, y la deformidad. Postura más propia del modernista  Julián del Casal y sobre la que en el libro de Fowler antes mencionado se llama también a prestar nuestra atención con un riguroso y exquisito ejercicio de interpretación por parte del crítico.**

Signado por un nuevo civismo, cuestionador siempre de los grandes metarrelatos como la política, la religión y la patria, desde una visión que necesariamente no tenemos que compartir, el joven poeta villaclareño (con una ausencia realmente muy lamentable dentro del imprescindible florilegio La isla en versos de Ediciones La Luz, en sus dos entregas, la de 2011 y en la del 2013, no así en La calle de Rimbaud de Ediciones Aldabón, 2013), esgrime en su cuaderno La violencia de las horas (Ediciones Matanzas, 2013) un discurso de indiscutibles ganancias expresivas que lo distinguen dentro de su promoción, cargado de sutiles indagaciones en lo humano y en lo ético que los cubanos de hoy, los que vivimos en la Isla, no podemos continuar ignorando mientras nos empeñamos, nos desvivimos, no pocas veces dominados por un inconcebible e irracional entusiasmo, enfrascados en llegar a construir el mejor de los mundos posibles.

Sobresalen, por su contundencia, los tres primeros textos del conjunto: “La violencia de las horas”, “Artesanías” y “Los reclutas” y el que cierra: “Hallazgo de la vida”. Cuatro poemas que mostrarán al lector con la firmeza de una verdad absoluta la idea expuesta al iniciar este comentario sobre los derroteros que ha ido definiendo a la más emergente promoción de poetas y que la distingue singularmente de la mía, los nacidos a principios de los 70, que todavía nos empecinamos en confiar que sobrevendrán hallazgos esperanzadores como única forma de sutura, como la más sana manera, para decirlo martianamente, de “enfrenar esta bestia, y sentar sobre ella un ángel…”

Creo oportuno resaltar de esta nueva entrega de Sergio la destreza compositiva que exhibe el conjunto a la hora de caracterizar al Sujeto Lírico. Si bien predomina en la mayoría de los poemas que lo integran, que no son tantos, apenas 21, el discurso apostrófico:

Vienen sobre ti las horas,

la violencia unánime de las horas;

ponen bajo tu cuello la navaja, bajo tu sexo

la bayoneta calada para sacarte en vilo

hacia los cuarteles del día, los cuarteles del alba.

(La violencia de las horas, pág. 11)

 

Bajo la violencia de las horas

vendes collares y pulseras:

objetos menores supuestamente bendecidos.

(Artesanías, pág. 12)

 

Como los reclutas anhelas un pase,

un gesto dispensador de tu perenne servicio;

un pase, una tregua, un salvoconducto

para tu vida siempre.

(Los reclutas, pág. 13)

 

Intentas discernir entre lo oscuro

con la inmovilidad del ciervo

cuyo oído es encantado por la muerte.

Vives prometiéndote el éxtasis,

la plenitud sin orillas,

en esta ciudad donde has amado

y es un erial, un sinuoso erial

donde el cuervo cobra ventaja.

(Vida del amigo, pág. 14)

 

No te harán caer en la nostalgia fácil:

patio de escuela donde jugabas al trompo,

palmas vistas desde un tren a toda marcha.

No sientes lo que llaman patria.

Ya no sientes.

(El otro, pág. 15)

 

Sales a las cinco

hacia la entraña del día mambí.

Avanzas entre la gente que marcha a sus trabajos,

entre la gente que vive

medio aturdida, medio degollada.

(Viviendo en Matanzas, pág. 35)

El poeta atina a hacerlo combinando pintorescas descripciones con la confesión egocéntrica (casi siempre prefiriendo ésta última de manera colectiva, antes que la individual) para ambientar y reforzar de manera muy efectiva su principal propósito: exponer el panorama de la vida tensa y describir, a fin de cuentas, cómo la gente vive esperando “un cambio sustancial, un cambio definitivo” (La violencia de las horas, pág. 11)

Mientras:

Las horas gustan de comer tus ojos como el cuervo

y del café a media tarde en algunas embajadas.

(La violencia de las horas, pág. 11)

Mientras:

Otras mercaderías no precisan de fe

para engañar la fe de los turistas.

(Artesanías, pág. 12)

Cada texto que integra este libro nos deja una sola lección, si es que esa fuera una de las funciones de la poesía, no creo que corresponda educar a toda la poesía, pero los poemas que aquí nos ha entregado el poeta lo consiguen, al menos a mí me invitan a meditar sobre cuál podría ser el sentido de la vida, sobre qué clase de personas somos y dónde está el prometido espacio de plenitud.

Claro, no ignoro que pienso así porque hay más de un verso, hay más de una estrofa donde me reconozco, como debe suceder con todo buen poema motivando resonancias insospechadas en su receptor; lo cual, tengo que confesarlo, me acontece con la totalidad de los poemas que integran la sección “Ejercicios de consolación”, aunque no de manera exclusiva, hay otros momentos del cuaderno donde ello también ocurre, momentos además donde el imaginario discursivo, los logros expresivos, me parecen intelectivamente superiores:

Ahora lo sabes y lo sé.

Escribes desde la turbación,

escribes con una espada sobre ti.

(Vida del amigo, pág. 14)

 

Ahora que comienzas a desesperarte

ante la violencia de las horas,

desenfunda la palabra y sobrevive

aunque luego te pregunten cómo ha sido

y no logres con tu vida explicarlo.

(La sobrevida, pág. 18)

 

Entre los dones que una fuerza superior concede

no poseo la gracia del comercio

ni el arte de ordenar algo distinto a las palabras.

(Honestly, pág. 26)

 

En la casa prestada por amigos, casa en venta

con tres gatos suntuosos que dejaron,

me preguntas y me pregunto si algún día

tendremos una casa.

(Ejercicios de consolación, pág. 29)

Si algo he de objetar al libro de Sergio, no son precisamente los versos desesperanzados que, indistintamente, asoman con desesperado desconsuelo, pues reconozco que son versos hijos de una época y de un espíritu; y creo de ellos todo lo contrario de lo que una mente ortodoxa pudiera erigir como objeción, condenándoles por su aire desestimulante, más cercano al escepticismo que al pesimismo. Creo que tienen la fuerza de la honestidad y la valentía de quien logra reconocer cuánto formalmente eludimos para alzarse de manera indagadora como voz de la conciencia nacional:

Junto a la Ermita de Monserrate

habrás hecho tal vez tu confesión:

no pensaba escribir la palabra loma,

miedo provincial a decir altísima loma

y quedar en soledad como ha quedado

el sueño de Cuba en la manigua.

(Viviendo en Matanzas, pág. 35)

Si he de objetarle algo, ello sería desde el punto de vista escritural y nunca por los temas escogidos ni el aliento predominante. Conozco todos sus libros y considero que donde mejor Sergio ha conseguido perfilar la autenticidad discursiva es en El afilador de tijeras (Ediciones Sed de Belleza, 2010). Ello no demerita de modo alguno los valores de sus otras entregas y resultaría demasiado festinado decirle esto al lector cuando sé muy bien que el joven poeta tiene en vía editorial y entre manos propuestas muy superiores. Pero es aconsejable que Sergio no confíe demasiado en fórmulas que, lejos de prestigiarle, y dotarlo a fin de cuentas “con el dinero último, con el único dinero” hacen que su discurso total desluzca, como ocurre en el título que ahora comentamos al ser tan recurrente, al reiterar esta misma estrategia de construcción metafórica, produciéndonos un detestable agotamiento, pues aprecio que en algunos poemas se agencia del recurso de manera abusiva.***

Conozco de la abundancia de lectores menos permisivos entre nosotros que no le perdonarían jamás por tal exceso. Conozco también de lectores que no merecen ser timados de un modo tan mercenario, aunque tal actitud esté en boga entre nuestros contemporáneos y haga que ello prolifere en nuestro propio y tan hostil entorno. Y si soy permisivo con Sergio y le perdono tan fatal desliz, deteniéndome a resaltar los valores de su más reciente entrega La violencia de las horas (Premio José Jacinto Milanés, 2012) ello se debe sobre todo porque ha tenido la osadía de confesarnos “su encorvamiento bajo la pasión dominadora”, sus horas de ciervo y sus horas de cuervo, y por el poema con que cierra, del que prefiero concluir mi comentario transcribiendo, para motivar a la lectura e incitar a la adquisición del libro, la última estrofa:

Esta es la vida y su ilusorio anhelo, me dijiste,

como si recién lo hubieses descubierto.

Supuse entonces que hablabas de nosotros.

(Hallazgo de la vida, pág. 41)

 

Cienfuegos, 30 de marzo – Ciego de Ávila, 13 de abril de 2014.

 NOTAS:

* Frank Castell, Marcelo Morales, Kiuder Yero, Maykel Virgilio Espinosa, Maylan Álvarez, Leonid J. Ávila, Alián Cárdenas, Eilyn Lombard, Oscar Cruz, Ariel López Home, Idiel García, Irela Casañas, Liuvan Herrera Carpio, Yansi Sánchez, Yanier H. Palao, Anisley Negrín, Jamila Medina, Iván Grizzle, Fabián Suarez, Yunier Riquenes, Yanelys Encinosa, Hugo Fabel Zamora, Moisés Mayán, Legna Rodríguez, Karel Bofill, Yanarys Valdivia y Mariene Lufriú, son hasta este momento las voces que, sin el menor ánimo de encasillarlos (y menos aún de erigirlos como grupo, pues no creo que pase por ninguna de sus mentes una pretensión de ese tipo) me resultan más interesantes por la actitud que considero asumen al registrar esos “móviles ocultos” que, según Martí, nadie se atrevería a confesar.

** El lector interesado podrá corroborar cómo la contraposición Martí-Casal trasciende al siglo XIX marcando una impronta insoslayable hasta nuestros días, instaurándose así dos modelos o programas bifurcados dentro de nuestra tradición lírica al abordar otro de los temas más recurrentes de nuestra poesía: el erotismo. (Leer páginas 32-35).

*** Sin embargo, no ignoro que la poesía puede apropiarse de otras estratagemas discursivas para reforzar sus pretensiones, y tal vez lo que el poeta se propone es conjurar o denunciar irónicamente la extenuada monotonía de un ritmo tan en boga como el reguetón.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | |

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