Actualizado el 24 de febrero de 2015

Apuntes sobre La sal de las islas

Por: . 20|2|2015

Kryster Álvarez y José Miguel Gómez, duranta el actro de presentación del poemario en el Salón de Mayo, Pabellón Cuba, sede de la AHS.El vapor de agua y el olor del salitre descienden cautelosos,

estrechan la visión.

[...]

El mar constante, la arena y el silencio

también mienten.

 La sal de las Islas es un libro extremadamente coherente, pero también es un libro bifronte. Posee esa levedad que Calvino definió en sus propuestas para nuestro milenio, como: “un aligeramiento del lenguaje mediante el cual los significados son canalizados por un tejido verbal sin peso, hasta adquirir la misma consistencia enrarecida”, pero lo hace en equilibrio con la densidad de la sal —esa costumbre amarga sin la cual todo insular perturba— arrinconada en los espacios cerrados, en la “pregunta imposible de responder”, en las tórridas igualdades de la mente, en la “Isla como cuerpo de ahogado”:

 

ser de sal,

breve aleteo sintonizando una pausa,

una fracción ordenada.

1.- se fija la mirada

2.- se enfría la piel

3.- el rojo escapa

 

La difuminación, la dispersión, el fundido de los objetos y sus circunstancias, va conformando una opacidad sensorial que no deja de ser diáfana, pero que, como las paredes de cristales grabados o algunas gemas, organiza los planos visuales relacionándolos por vías insólitas.

Tras la singularidad de este prisma, apreciamos, con gran plasticidad —“túneles quebradizos / los nervios de una flor viva”—, esos movimientos leves que logran graves transformaciones en la percepción, o en la emoción de los personajes:

 

Una leve contracción,

el estremecimiento de un párpado

y las circunstancias se desvanecen.

 

Así va contando sus historias Kryster Álvarez, porque ese lirismo no anula la intención de contar. Es palpable que estamos ante flashazos de determinadas experiencias, y que es su deseo de contar cómo fueron disfrutadas, o padecidas —o cómo incidieron en la secuencia de respuestas que su autora logró dar a sus diferentes realidades—, lo que las convirtió en literatura, porque “El mar afila las piedras como el recuerdo las palabras”.

Como toda buena poesía (y bueno, aquí debería decir que muy pocas veces he estado tan orgulloso del libro de un amigo, de un contemporáneo, sobre los que solemos peregrinar una mirada miope, sin todos los argumentos que irá revelando el paso de la Historia), como toda buena poesía, posee una banda sonora sumamente afín. Para decirlo en sus palabras más justas: “El sonido sordo de las olas / rompiendo la impresión del silencio.”

El ambiente audible provocado en sus versos, más que ruidos o sonidos, lo que trae son rumores, lampos o texturas de resonancias, ecos y fadings, imbricados con una admirable contención, contención persuadida de que “El mar constante, la arena y el silencio / también mienten”.

Pero todo este comedimiento se anula en el proceso de describir la luz, o la luz como símbolo, como fondo y telón donde se define la imagen sobrecogedora: “Tanta piedra de sal reventando los ojos», «Tú no existes / porque los poetas / están todos muertos”. También aquí la luz obedece a su tradición salvadora:

 

Nos hemos mantenido ilesos

por el brillo de algún color,

la luminosidad de algunas noches

guardadas en la espesura de la memoria.

Imagen que regresa siempre en la blancura del sueño.

 

A su tradición de fuerza tropical, de continente de otra verdad alejada de lo evidente, a su tradición indagadora, necesaria donde los sentidos humanos son golpeados por sus límites:

 

Latidos acelerados de lo que no se comprende

avanzando por dentro

borran los detalles habituales

de lo que se entendía

como brillo en el cielo del verano

o el olor de la hierba húmeda.

La profundidad del color

sin límites exactos

hace suponer

que esta fuerza vital desbordada

absorbe los sentidos

quebrando en un instante

la seguridad de lo acostumbrado.

 

Estamos ante un libro sagazmente hermoso. Con una propiedad contemplativa que, por lo menos para mí, redimensiona y llena de gozo nuestra naturaleza insular, sin dejar de recoger esa oscuridad que la lacera, esa noche estructurada que pretende una y otra vez decirnos todo, sin tener en cuenta:

 

…el tiempo

en que sin ver nada,

cegados de esa desbordada claridad

soñábamos que los amigos

eran un espejo

capaz de devolver eternamente la mirada,

o la intención de una pregunta

imposible de responder.

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