Actualizado el 23 de febrero de 2015

Confesiones de Daína Chaviano:

El oro luminoso del regreso

Por: . 20|2|2015

Daína Chaviano, el hada la hechicera, desnuda el cuerpo en las palabras, en los versos que describen la íntima circunstancia del deseo. Pero este aserto quizás no alcance, presa yo del evocar al adolescente que fui, para describir, acaso relatar, la transmutación de lo que fue sueño en entrañable certeza.

Porque Daína Chaviano es memorable testimonio de lo que fue una edad del país en la que habitamos adolescentes-niños o jóvenes, y encantamos el espíritu con su palabra evocadora, trazamos visibles estrategias de pintura blanca sobre los techos de nuestras casas, para acercarnos al silencio obstinado de los astros —y aquí la memoria salta en el recuerdo todavía estremecido del que fui, en medio de la noche, en la azotea de mi cuarto, alzando la mirada hacia la fría bóveda nocturna y repitiendo en el temblor: “círculo, acércame la verdad, círculo acércame la verdad”. Aún a tantos años de distancia, en esta habitación fría, si cerrara los ojos podría detener el viento y el olor de la noche estival que para mí traían un aroma proveniente no de la tierra transpirando el verano, sino de más allá de mí, traspasándome desde lo alto como una emanación estelar.

Y es que los mundos y seres posibles descritos por la palabra de Daína parecían tan ciertos y cercanos, incluso en una dimensión no fabular, sino ética. Una ética y estética (pues la poesía siempre estuvo alentando cada historia desde lo profundo) que caló hondo: bautismo de la belleza. El aluvión de los noventa desdibujó los contornos de todo lo que alguna vez se tuvo por bueno e inmutable, y Daína Chaviano partió con esa marea que ha llevado a tantos cuerpos y palabras necesarios lejos, a los arenales de la diáspora.

Arenal de los veinticinco años: lejos los hermosos seres copulando desnudos bajo la lluvia mística, lejos lo mítico que contornea y trasciende lo ordinario de la sobrevida. El azar entonces, o acaso una voluntad mayor que presiento a veces, ha querido que la arena sea menos densa para rescatar estas Confesiones eróticas y otros hechizos (Ediciones La Luz, 2015), íntegras en su honestidad de la muchacha que fue en otros tiempos.

Versos donde retornan esos seres tangenciales que armaron aquellos sueños plurales de una edad, labrados con delicadeza oriental, o en la redoma de una hechicera blanca.  Pero limpios, sin la mancha ácida del rencor: “Nunca haré recetas ni filtros para el odio. Mi boca llevará una libertad distinta.”

Y solo en libertad la benevolencia (su benevolencia) ha permitido que este poemario sea hoy para nosotros testigo  mayor de su generosa entrega. Sea este nuestro más que agradecido gesto, para el niño-adolescente que la memoria estremecida devuelve, por los sueños plurales que tantos habitamos, y para que la arena sea cada vez menos densa y los cuerpos y palabras necesarios, vuelvan a nuestros predios con el oro luminoso del regreso.

 

Hijas de Mab

 

Aquella espectral baronesa que soñó historias de

          duendes

Aquella que bañó de miel su rostro y su caballo

Aquella que trazó en sus senos un ojo cabalístico

Aquella que urdía las hebras en su rueca de arcano

          dorado

Aquella vestida de absurdo con poses de surrealista

Aquella que tuvo hambre de amores octogenarios

Aquella que al fin estalló y no pudo más de silencio

Aquella que donó sus cantos a las grávidas noches

         de un muerto

Aquella que ungió su nuca para alabar a un dios

Aquella que ahogó sus cenizas en las márgenes del Sena

Aquella sonrisa perpetua en los bosques de alabastro

         bebió amor en los huesos de un bosque

              que hace años estuvo encantado.

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