Actualizado el 5 de marzo de 2015

El verdadero sustento es la esperanza

Por: . 2|3|2015

No es tarea fácil pero tampoco ilusoria. La Editorial Arte y Literatura lo sabe. Una segunda edición en Cuba de Miel en un tamiz representa una oportunidad para conocer más de la historia del gran país asiático. ¡Amparémonos en ella todos, amparándola primero en el generoso acto de leerla sin temor!Tras una apurada y hasta detenida lectura de las palabras de contracubierta de casi todas las ediciones de la novela Miel en un tamiz (1954), de Kamala Markandaya (1924-2004), algunos —unos cuantos— directores del cine más comercial bollywoodense no dudarían en inspirarse en la historia de este libro, por cuanto pareciera limitarse a la supervivencia de una mujer rural (Rukmani), quien lucha por alimentar a su familia y por suerte, goza de un amor correspondido. Imaginémoslo: matrimonio a fuerza de tradición y por cuenta, además, de una lamentable dote femenina, ansioso de hijos y golpeado a la vez por circunstancias alarmantes; pero dulcificado con frecuencia por coloridas coreografías y mucha música folclórica de fondo. A decir verdad, el cine de la India no es solo un par de fórmulas reiteradas y la presencia de Aishwarya Rai y Hrithik Roshan. Un Lagaan: Érase una vez en la India (2001), esa película hermosa e intensa, no se concibe todos los meses. Y ya sabemos que las producciones cinematográficas hindis se dan a raudales.

En un nivel epidérmico, Miel en un tamiz, repito, pareciera ser solo eso. Mas cuando uno se adentra en su argumento, y cuanto fundamenta la historia de esta novela, va reconociendo un plano contextual crudo y muy desolador que, anclado en lo local sin nombre o geografía —puede ser cualquier ambiente de la India, y es intencional— aspira, no obstante, a universalizarse. Ello, admitámoslo, no le incumbe a la cinematografía india más facilista, tampoco al lector débil de espíritu, y desolado emocionalmente. Pero a ese valiente que vive curioseando desde hace ya algún tiempo en la propia experiencia de lo vivido, a ese que incluso no teme des(vivirse) en los asuntos ajenos y en apariencia, distantes, Miel en un tamiz, representa una oportuna ocasión de cuestionarse un par de asuntos, no solo sobrela India, sino sobre la persona en sí, en definitiva, el meollo de la cultura.

¿Por qué venir al mundo en irregulares circunstancias que equiparan lo humano a lo menos primario? ¿Es así que se comprende el verdadero sustento de la esperanza? De hecho, ¿habrá oportunidad de ejercer el acto de comprensión cuando determinado contexto dilata el camino para la felicidad? No respondo aún, con toda intención, nada de lo anterior. Acaso porque mucho de lo preguntado se responde solo. Ahora, en virtud de lo anterior se me antoja una pregunta más: ¿otro libro dela Indiapara purgar las emociones? ¡Qué terror más picante, pero sin temprana compasión! Kamala Markandaya no pide eso, sino atención ante el papel ancestral de las mujeres en su país, en el medio campestre. Mucho ojo en las costumbres, los tabúes, en fin, en el malestar de la cultura que se hereda y la que otros aspiran a imponer.

 “Mientras que el sol brille sobre ti, los campos sean verdes y lindos a la vista, y tu marido vea una belleza en ti que nadie había visto antes, y tengas un buen abastecimiento de granos para los tiempos duros, un techo sobre ti y una dulce excitación en tu cuerpo, ¿qué más puede pedir una mujer?.”

 Palabras de Rukmani, expresadas con singular ironía por Markandaya en boca de su inmensa protagonista, pobre pero dichosa de haber aprendido a leer y a escribir. Aunque vale reconocer inteligencia en Rukmani, su indiscutible ternura hacia las personas y las cosas no le motiva ser irónica. La ironía, se sabe, es de personas perspicaces que rayan casi en la intimidación verbal. Mas requiere, sobre todo, conciencia. Porque la ironía es más directa de lo que muchos suponen. De ahí que Rukmani no pueda ser apreciada como una mujer cáustica, aunque sí cautelosa. La ironía de la obra funciona por contraste entre autora y personaje principal, y por conocimiento mutuo, que ella dispara a quemarropa al lector. Miel en un tamiz es sencilla tras una simple lectura. Simula ser un mero extracto de la India dificultosa y nada complaciente; y claro que hay más, pues como diría la española María Zambrano: “La existencia del libro es, ya por sí misma, una revelación, contenga lo que contenga.”

¿Qué otra intención pudo tener Kamala Markandaya, seudónimo de la literata y periodista Kamala Purnaiya Taylor, al darse a conocer en 1954 y en la propia Gran Bretaña, con una novela como Miel en un tamiz? ¿Pintar solo a su país, lo más miserable de su país, a través de una escritura fluida y harto descriptiva? ¿Reflejar la riña cultural entre las sociedades urbanas y agrarias? El ajustado título de la novela, tomado a partir de un retazo de un poema de Samuel Taylor Coleridge: “Trabajar sin esperanzas es echar miel en un tamiz pero la esperanza sin objetivo no puede vivir”, convoca a más de una interpretación para un lector que, mientras va pasando las páginas, pondrá en duda la toma de cualquier propósito cuando no la esperanza, esa virtud teologal a la cual la protagonista Rukmani se aferra casi sin pensar. ¿Qué apuntar del aguante de ella y su esposo Nathan frente a una naturaleza ambivalente? Pues deja sembrar y luego ahoga la cosecha. ¿Qué decir asimismo de esa curtiduría levantada poco a poco en el maidan, aunque pujante como la modernidad que a veces aplasta y niega? A propósito de ese edificio notorio y al mismo tiempo simbólico, es de destacar más de un diálogo en esta obra protagonizada también por personajes bien definidos en sus actos, si bien muy complicados en sus pareceres. Reparemos en cuanto conversan Nathan y Rukmani una vez que la tenería ha sido edificada y los constructores que habían invadido la villa, se han marchado.

 “—No obstante, regresarán –dijo Nathan-, porque puedes estar segura de que no se tomaron tanto trabajo para dejar solamente un cascarón en el medio. Por lo tanto es bueno aceptar estas cosas.

“—Nunca, nunca –grité-. Podrán vivir en medio de nosotros, pero nunca podré aceptarlos, porque nos ponen las manos encima y a todos nos hacen cambios, y atesoran nuestra plata porque no podemos gastarla y vemos que nuestros hijos no tienen la comida con la que se atragantan los suyos, y sólo con la esperanza de que algún día las cosas vuelvan a ser como fueron antes. Ahora que ya no están olvidémoslo y regresemos a nuestras costumbres.

“—Mujer tonta –dijo Nathan-. No hay vuelta atrás. Dóblate como las yerbas, no sea que te vayas a partir.”

 Nathan es moderno y pragmático, mientras Rukmani, espiritual e inteligente, se apega no obstante al pasado. Este comentario bien pudo llamarse “mientras Rukmani rememora”, porque eso hace ella constantemente, no solo al narrar en retrospectiva su vida desde los doce años, sino en muchos momentos donde se muestra aferrada a lo ido. Sin embargo, todo hay que decirlo, sus recuerdos tienen un coqueteo más con la utopía que con la nostalgia, ese “sentimiento de ausencia”: Rukmani desea para el presente lo que ya conoció y hasta disfrutó (bueno, con lo que le cabe disfrutar a una mujer como ella). De ahí su deseo vehemente de que vuelva algo, al menos llevadero y diferente, pero en su actualidad, extraño y extrañado para ella y los suyos. En cuanto al porvenir, donde se espera que lo utópico se dé y por tanto muera, permitámosle que se exprese elocuente y tímida, atrevida y moderada con el doctor Kenny, su amigo y confidente.

“—¿Ustedes nunca piensan en el futuro? –dijo-. ¿Mientras tengan fuerzas y puedan hacer planes?

“—Naturalmente que pensamos. ¡Pero planes! ¿Cómo podríamos? No está a nuestro alcance.

“—¿No hay nada que ustedes puedan hacer? –preguntó-. ¿Absolutamente nada?

“—¿Qué podemos hacer? Hay muchos como nosotros que no pueden asegurar su futuro. Tú también lo sabes.

“—Sí; lo sé… no sé por qué te pregunté; no era necesario. No hay seguridad alguna –dijo, hablando en parte para sí mismo-, ni para los viejos, ni para los jóvenes, ni para los enfermos. Ellos lo aceptan así, porque no tienen otra opción.

“Se veía tan severo que me alarmé.

“—No te preocupes –dije con timidez-. Estamos en manos de Dios.”

 Enmarcada Miel en un tamiz durante la colonización británica enla India, impactó y lo ha seguido haciendo desde su publicación, primero en Gran Bretaña y luego en los Estados Unidos, sobre todo, para el lector occidental. Libro fundado en el dolor de su protagonista, quien recapitula fracaso tras fracaso con una hiperrealidad que pone los pelos de punta. Uno de los grandes méritos de esta novela de Markandaya es su armonía entre historia y personajes, si bien existe un claro interés de parte de la autora por engrandecerlos, por encima de la trama, al resaltar sus enormes caracteres, máxime en la figura central de Rukmani.

Tras la fatalidad, el hambre, la muerte y todas las calamidades esperadas o no, la esperanza es capital en la existencia humana. ¿Qué la respalda antes de ser ella misma sustento? No cabría mencionar la pobreza a secas, ni siquiera tampoco la resignación y ya. ¡Qué va! no basta. El pudiente y el afortunado también tienen el sano derecho de abrazar tamaña virtud. La esperanza es intrínseca desde el propio nacimiento, lo que después se enfila conscientemente para tenerla en la partida, durante la marcha y en la meta. Rukmani no se aferra a la vida a troche y moche. Vive ella con lo que tiene y claro que quiere más, pero no puede. El ¡qué remedio! de ella supera el desnudo hecho de resignarse. Por todos los costados se me figura como un acto de serenidad en esa su resistencia espiritual, y la prueba de que se puede ser persona buena y virtuosa a pesar de los pesares. No es tarea fácil pero tampoco ilusoria. La Editorial Arte y Literatura lo sabe. Una segunda edición en Cuba de Miel en un tamiz representa una oportunidad para conocer más de la historia del gran país asiático. ¡Amparémonos en ella todos, amparándola primero en el generoso acto de leerla sin temor!

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