Actualizado el 30 de noviembre de 2015

Trilogía sucia de Manhattan

Por: . 29|11|2015

Irritación, Euforia y Melancolía. Circunstancias emotivas a través de las cuales quizás nos advierten: Ey, qué hacen aquí, vayan a buscar la cosa a otra parte. Todo lo que el hombre tiene de anterior, de pérdida, navega a su arbitrio en la galaxia emocional. Sus búsquedas se alejarán más de la impostura en la medida en que se ajusten a ese desvarío que le es propio.

La sociedad no llega a corregir la tendencia a la convulsión de la naturaleza. Porque todo es naturaleza; antes bien, sus delimitaciones distribuyen la vida en una liturgia que es a la vez terror y voluptuosidad oscura.

Una ciudad será entonces todas las ciudades y a la vez la imposibilidad de otra. La imposibilidad de una salida que es a un tiempo interior y exterior; y en el límite de lo manejable una combinación demoníaca que sólo deja lugar al instinto más remoto.

Es en ese contexto de asechanzas, en ese espacio que es un “no espacio” preciso, es donde sitúo la historia de Trilogía sucia de Manhattan (Ediciones Abril, 2015), título de Abel Fernández-Larrea Berriz,1 respaldado por el Calendario 2014.

Y dije historia, porque a pesar de su concepción a partir de piezas narrativas autónomas, estas conciertan un relato mayor, se comunican sin perder de vista una dosificación premeditada. De modo que sus horizontes se resuelven apenas en una vaga permanencia.

No parece haber gratuidades en este texto. El mínimo contrabando supone una garantía. Huele a cine en todo el trayecto. El cine incluso como recurso. Como escenario real. La narcolepsia de River Phoenix en una pantalla x ampara el deliberado interés en mostrar una atmósfera de rupturas, sospechas de este lado. De aquel, el de las lunetas, y calles mayormente en penumbras:

“¿Hey, chicos, ¿ya leyeron sobre el último crimen de la Medusa?

En esta dirección nos moveremos con la misma incertidumbre que Sundance. Y caeremos igual de rotundos porque no hay nada que buscar. O sí. Y el peligro puede venir lo mismo de cierta mujercita candorosa llegada de una remota provincia argentina, que de una espía perversa al servicio de algún régimen totalitario.

Es la Urbe (o Ubre), es el desdibujo vertiginoso de una megalópolis. Entre márgenes que se buscan en medio de una ciudad donde los edificios tapan el sol y hay tanta, tanta gente que no se puede salir sin ponerse uno las manos en la cabeza. Pero en cuyas calles, a esas horas en que las ratas asechan detrás de los botes de basura, parecieran no existir más que nuestros propios fantasmas.

Este es un relato emparentado con la “ficción de explotación, que recela de firmamentos teleológicos instalándose cómodamente en el fragmento. Y para ello el autor se vale de artilugios formales que van desde la conversación vía SMS al guión cinematográfico, porque de otro modo algunas de sus piezas hubieran padecido la más reprochable insustancialidad.

Pero, aclaro, no hablo en modo alguno de regodeos sino de estadios que apuntan a un dinamismo diegético. La tesitura en función de un empeño mayor, de una sinfonía oscura. La perversidad en estado puro, porque entramos en contacto con una candorosa maldición. Y para ello Larrea sabe mantener a raya al voyeur más impaciente con el efectivo manejo de la expectativa.

Su estilo es a ratos el regresivo, con tendencia a la repetición, a tono con el sesgo emocional propio de los trastornos obsesivo-compulsivos que aquejan a sus personales centrales. La lengua es aquí consciente de su modestia, como si reclamara la atención pura para la trama, despojada de ornamentos o elucubraciones; y por supuesto. Todo ello inscrito en una zona donde lo sórdido y repulsivo se naturaliza: es ley, pero cuidándose de lo sucio por la sucio, de la saturación que hubiera convertido a esta obra en un mero folletín al estilo pulp.

Son, en definitiva, parcelas que se buscan, se encuentran, y van desmadejándose en la sucesión. Momentos que se atraviesan como una avenida interminable, en la que va creciendo algo así como una renuncia sin forcejeos, una apesadumbrada asimilación de las brumas.

Irritación, Euforia y Melancolía. Circunstancias emotivas a través de las cuales quizás nos advierten: Ey, qué hacen aquí, vayan a buscar la cosa a otra parte. Claro, quizás se llegue a una verdad de otra índole, o a una no verdad, y mire entonces usted su camino recorrido desde otra educación de sintonías.

Nada resta que le convenga en este sentido sino sugerirle que se aventure en el sortilegio de la Trilogía…, pensada hasta la última letra, en la que el autor no esconde sus préstamos, sus tenues asimilaciones, su afán de movimiento y contorsión.

Tal vez usted sea de los que asuman que la Medusa es sin dudas la Muñequita Azul, porque de lo contrario se hubiera llegado a fondo con la puta coreana o con Silvia. Pero son Butch y Sundance en su diálogo final los que advierten en definitiva sobre la futilidad de esa suposición:

‘¿Y si no hubiera tal Medusa? ¿Si solo fue una invención de los diarios?’

‘¡Estás loco! ¿Cómo van a inventarse eso? ¿Y los muertos? La Medusa existe y anda suelta por ahí’.

‘Quizás. En fin, todo es culpa de Paul Auster. ¡Qué se le va a hacer!.

‘Pero fue una buena noche, ¿eh Sundance, chico?’

Si Butch, fue una muy buena noche. Como en los viejos tiempos’.

 

1. Abel Fernández-Larrea (La Habana, 1978). Narrador, ensayista, traductor, editor y profesor universitario. Ha publicado además los libros: Absolut Roentgen (Caja China, 2009), Berlinesses (Ediciones Matanzas, 2013) y Los Héroes de la clase obrera (greatest hits) (Unión, 2013).

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