Actualizado el 11 de julio de 2016

Horacio Quiroga, escritor aún para leer

Por: . 6|7|2016

Las treinta y cuatro narraciones que integran este libro merecen leerse por fecha de aparición. De esta manera el lector puede acceder a la variedad de temáticas, contextos y personajes que movieron la imaginación del atrevido escritor. Cuando Horacio Quiroga publica Anaconda, en 1921, recién entraba en la edad madura de un escritor moderno por contexto espacio temporal y estética creativa. Había nacido el último día de 1878 en Salto, en una época donde Uruguay intentaba (y le tocaba) ser moderno a fuerza de los adelantos tecnológicos que llegaban de Europa. Recordemos la introducción del ferrocarril por los ingleses; tengamos en cuenta el crecimiento demográfico producto de la inmigración europea; amén de la legislación aduanera proteccionista y en sentido general la paz interna del país con gobierno central en Montevideo, que provocaron transformaciones en casi todos los estratos socioculturales.

Influenciado por Leopoldo Lugones, quien lo acercó al modernismo, comienza a escribir. Ya había fundado una tertulia llamada “Los tres mosqueteros” y era colaborador de varias publicaciones de su país. Pero no fue hasta los primeros años del siglo veinte, establecido en Buenos Aires, Argentina, cuando Quiroga comenzó a llamar la atención por sus cuentos y hasta por las críticas de cine, de las que fue un pionero en Suramérica. Y si bien escribía poesía, fueron sus narraciones cortas por las que sería muy leído. Su relato “Los perseguidos” y luego “Los puritanos”, “El vampiro”… evidencian no solo un interés sicológico en las construcción de los personajes y las atmósferas, sino la influencia de lo cinematográfico en la narraciones.

El asomo de modernidad literaria no escondería la renovación del cuento: Quiroga se apartó del relato costumbrista o histórico para interesarse por ambientes fantásticos en los que prima el factor sorpresa. Y fue la selva de Misiones, la que visitó como fotógrafo junto a Lugones, el espacio misterioso y exuberante originario que prolongaría en la literatura.

Y ¡ojo!, para 1921, el autor de Anaconda había tenido que acostumbrarse a las malas noticias, algunas ya antiguas y sabidas por referencias familiares como que su padre había fallecido por un disparo accidental; en tanto su padrastro se suicidaba luego con una escopeta cuando Quiroga tenía solo doce años. De otra más cercana a su juventud no se olvidaría nunca: mató sin querer con una pistola a un amigo querido, en 1902.

Estas muertes continuas no pararían en la vida del literato y, bien se sabe, devendrían uno de los temas repetidos, junto al amor y la locura, en la mayoría de sus relatos. Recordemos algunos de estos títulos: El crimen de otro, Historia de un amor turbio, Cuentos de amor, de locura y de muerte, Cuentos de la selva… Los nombres hablan por sí solos.

A propósito, cuando Quiroga da a conocer su famoso libro Cuentos de la selva, una buena parte de la crítica arremetió contra su estilo, al que tacharon de imperfecto, antigramatical y antiacadémico. El propio Jorge Luis Borges diría después que el uruguayo copiaba mal a Kipling, obviando la repercusión del séptimo arte en la narrativa de su colega. De ahí que en su “Decálogo del perfecto cuentista”, Horacio Quiroga llegara a admitir, entre otras pautas, una que aplicaría a lo largo de los escritos venideros:

“Toma los personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les interesa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta aunque no lo sea.”

Con Anaconda y otras narraciones, la nueva edición de la Editorial Arte y Literatura, asistiremos a un escritor que influenciado por Poe, Kipling, Chejov y Maupassant, no se empeñó en ser un estilista del idioma sino un explorador de temas atrayentes, que imponían más de una manera de narrar y hasta la mutación del narrador. Lo que luego haría a su modo —y mejor— el maestro norteamericano William Faulkner.

Las treinta y cuatro narraciones que integran este libro merecen leerse por fecha de aparición. De esta manera el lector puede acceder a la variedad de temáticas, contextos y personajes que movieron la imaginación del atrevido escritor. Pero como la selección aquí ha sido libre y liberal, los momentos de aparición de estos textos no se consignan porque cuanto importa es acceder a más de un Quiroga; eso sí, sin desunirlo o menospreciarlo. Gastón Baquero escribió con razón: “Su vida entera tuvo sentido interior que no terminaba en lo íntimo de él, en los límites del individuo, sino que era proyección sobre el soterrado campo de lo oculto, sobre ese hondo silencio que tan alto grita”.

Leámoslo así, pero discerniendo no solo lo mejor sino lo que rebasa aquella época. Admitamos, sin temor, que algunas de las historias del uruguayo pecan de pasadas de tiempo en cuanto a escritura, cuando no de ingenuidad temática. Pensemos en “El canto del cisne”, por solo citar un ejemplo. Sin embargo, cuando nos acercamos a textos menos conocidos como “Los inmigrantes” y “La voluntad”, o célebres como su releída “Anaconda”, a uno no le queda sospecha de que está ante un autor actual y todavía sorprendente.

El autor de Anaconda y otras narraciones vivió abrumado por la escasez económica, las relaciones matrimoniales tormentosas, los suicidios frecuentes de conocidos a su alrededor: su primera esposa, Ana María Cirés, buscó la muerte en 1915. No se dude entonces que el hachís, una de las drogas de moda del siglo XIX, fuera consumido por el escritor. En 1937, al enterarse de su cáncer gástrico, Quiroga se quita la vida al ingerir cianuro. Y para seguir tributando a esta manera de irse del mundo, sus hijos se suicidarían no mucho después.

Hay quienes pretenden limitar la obra literaria de Horacio Quiroga a su época, alegando incluso que no pasó de los hallazgos rurales y suburbanos donde encontraron vida sus personajes. Han querido pasar por alto la profunda psicología de aquellos, lo grandiosamente fantástico que alude a la poderosa imaginación del escritor. No por gusto, las reediciones de sus libros y el ansia de conocerlos o revisitarlos por los lectores, quienes aseguran la prolongación espiritual de un cuentista bien clásico en los dominios de la lengua española.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | | | |

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