Actualizado el 14 de septiembre de 2016

Escudo de todas las cabezas:

Una transgresión de los umbrales

Por: . 12|9|2016

En Escudo de todas las cabezas no vislumbro limitaciones semánticas, ni metafóricas. El lenguaje poético utilizado para expresar lo vivencial no nos hace ajenos sino parte. Recurro a una de mis evocaciones predilectas de Dulce María Loynaz, en donde esta expresa en una entrevista que un poeta —a pesar de que toda definición en torno a este asunto vendría a ser demasiado parva, inabarcable— “es alguien que ve más allá en el mundo circundante y más adentro en el mundo interior”, y que incluso esto no sería suficiente si aquél no logra “hacer ver lo que se ve”.

Partiendo de estas premisas es que procuro un acercamiento a la joven poetisa Elaine Vilar Madruga y las páginas de Escudo de todas las cabezas (Ediciones Loynaz, 2015), cuaderno suyo que se alzó con el Premio de Poesía Hermanos Loynaz 2014.

En este libro, la voz lírica establece un diálogo —acaso íntimo, testimonial— con el lector y se vale de intertextualidades, visibles guiños a obras y personajes universales, que le han servido para expresar sus propias desgarraduras; esas tribulaciones que son resultado y consecuencia de su conexión con el mundo adyacente, con todo aquello que ha conformado una historia de vida.

La poetisa recurre a un lenguaje por momentos tierno, siempre fresco, auténtico, con el que va creando una amalgama de imágenes que ofrecen pulso y vitalidad a cada texto. Versos que permiten ver lo que existe, aquello que cohabita más allá de los ámbitos circundantes, mucho más adentro en el universo interior.

Reparo, entonces, en esos poemas que desde mi percepción han dejado una huella emotiva, un halo conmovedor entre estas páginas, valores que a mi parecer —insisto— conceden al libro/poema/verso esa posibilidad de la trascendencia.

En mis primeros pasos tropiezo con el texto “A priori”, el cual logra estremecerme en ese coloquio que establece la autora con el Rey Midas, personaje sometido, maldito, a quien le expresa a modo de reclamo, tal vez de confesión: midas/ qué sabes del luto ni de ver morir a los otros en el flanco de un esqueleto solitario/ abrazar los huesos/ las joyas engarzadas en silencio/ qué sabes de dejar ir a los otros hacia playas demasiado perdidas/ qué sabes de las agujas. La voz que acusa, que espeta la queja, se vislumbra en un estado de desesperanza, de condena, y marca la diferencia de su posición ante el otro cuando luego expresa: /con tus manos has quebrado aquello que yo nunca tuve.

Continúo hasta llegar a “Hýbris”, texto que cautiva por la osadía con que la autora se examina a sí misma y acepta esa condición de ser mujer (que no anatema), la dualidad de la que se arma para urdir la subsistencia: el eje del mundo nace entre mis senos./ el eje del mundo muere entre mis piernas./ el eje del mundo/ —las columnas que sostienen veintiocho realidades—/ es mi palabra./ soy la reina y la mendiga:/ aquellas que murieron ahorcadas como un árbol estéril./ soy la reina:/ espíritu de Sodoma/ que lanzó la tinta sobre el aguijón del asombro./ soy la mendiga:/ la mano arponeada por la apariencia que se esconde tras los muros. Palabras de esencia contundente, revelaciones de la mujer-poetisa, la mujer-reina/mendiga/Hýbris que se sabe y se alza para mirar de frente la vida.

Otro argumento que logra agitar sensaciones es “Atrida”. Acá pueden sentirse el hedor y el vaho de verdades como llagas, que podrían empeorar si permanecen dentro; es por esto que la autora expulsa como un vómito ese sentir y reniega el ofrecimiento: hoy me han servido al mundo en un plato hondo/ probé al mundo y su sabor era agrio y muerte/ su sabor era polvo y vidrio. / hoy me han servido al mundo en un plato hondo/ tan profundo que apenas podía ver hasta dónde y cuándo y por qué existía/ quiero comerlo pero no me atrevo

Pero no es éste un poema desalentador, de abdicación, es más bien un intento de crecerse, de hallar un cauce en medio de tanta guerra interior, de ese incesante bregar con lo que acontece afuera. Llega otro momento en que la propia voz lírica se habla a sí misma —como frente a un espejo— y encuentra palabras de aliento: piensa mujer en las costumbres bárbaras de la estepa/ las bárbaras manías del otoño./ hoy la primavera ha abierto una zanja.

Prosigo y quedo —casi por necesidad— atrapado en el poema “Que no olvides”. En estos versos se forja un inventario de todo lo elemental, aquello que ha de servir para proteger contra la desmemoria, cuando existe un afecto digno de ser rescatado: que no olvides/ estoy gritándote palabras/ eso que no quiero dejar del otro lado. Se advierte desesperación, un afán de salvaguardar lo imprescindible: que no olvides el grito/ digo siempre:/ lo que arde. Discurso donde la poeta desborda la tentativa de sujetar/preservar lo vital.

En “Cómo dirigir animados japoneses” se pueden hallar algunos de los tópicos más frecuentes en la lírica de esta joven autora, y que nutren sus ardides escriturales. Podría decirse que son más bien obcecaciones, ideas persistentes de las cuales se sirve para tramar la exteriorización de su cosmos subjetivo y/o objetivo. Entre estas constantes hallamos el tiempo, su flagelo: esas cosas que amaba sin dudas han envejecido./ hasta mi amor envejece/ cubierto por el moho de los sueños. También son recurrentes temáticas como la pérdida, la familia: mi casa rueda por el mundo y yo ruedo tras ella/ y los míos ruedan tras mis pasos/ y detrás/ —casi invisible—/ rueda mi clan/ sus despojos/ lo que queda/ y detrás todavía rueda mi casa/ y yo extiendo las manos pero no la agarro.

Muchos otros son los textos que otorgan elegancia, lirismo, estética a este cuaderno: “A veces pensaba desnudarme”, “Ariádnicas II”, “Quedaste sola”, “La explicación de por qué en mi familia no nos tiramos fotos juntos en el fin del mundo”, “Frida Kahlo se me parecía…”, “Heroica del tiempo”, “Eleusis”.

Sin embargo, encuentro brevísimos resquicios que, según mi observación, la autora pudo haber manejado de otra manera. Me refiero a la partición de algunos versos (unos muy extensos, otros demasiado cortos), donde pierden intencionalidad los mismos; y al uso predominante de la voz lírica en primera persona. Pero tales conjeturas están muy influenciadas por el gusto personal y no son más que el resultado de un lector apasionado que intenta, desde su mirada, ofrecer el máximo de belleza a una obra que en su totalidad ya lo es.

En Escudo de todas las cabezas no vislumbro limitaciones semánticas, ni metafóricas. El lenguaje poético utilizado para expresar lo vivencial no nos hace ajenos sino parte. Elaine Vilar no sólo hace valer las premisas de Loynaz cuando definía esta lo que es ser poeta, incluso llega más allá, hay una transgresión de los umbrales, pues no se conforma en este poemario con ofrecernos una mirada, un recorrido por su universo interior, por los contornos que la circundan y la sitúan como sujeto hacedor de realidades, más bien nos obliga a permanecer allí, reconociéndola/nos, haciéndonos comprender el por qué la poesía es para ella plataforma y resguardo, broquel de todas las cabezas.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | |

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