Actualizado el 15 de diciembre de 2016

Al otro lado de la Ventana Tropical

Por: . 12|12|2016

Ventana tropical: Es disfrutable, visceral, y el lector lo recorre como lo hiciera un carretel de hilo que un niño ha soltado desde la cima de la montaña.Karel Bofill Bahamonde sabe manejar el verso tal y como un albañil es capaz de fundir con maestría pequeños peldaños de cemento que luego empotra en la pared. Karel camina sobre ellos con equilibrio, vigilando previamente el sitio donde colocará el próximo pie. Sus versos son piezas escuetas, despojadas de todo adjetivo inútil, de toda envoltura aparatosa; son el resultado de un minucioso trabajo con el lenguaje, de un estudio previo de hacia dónde él quiere llegar y cómo desea hacerlo. Los poemas de Karel son como un dardo imperceptible que se incrusta en el cuello.

Ventana tropical, Premio Calendario de 2014; es un cuaderno sencillo, pero con destellos apreciables a todo lo largo de las páginas. La primera sección, “(animales)”, hace recordar a Ted Hughes y esa destreza de poetizar utilizando el imaginario animal. Un ciempiés, un manatí, una gallina, un pez; y “la libélula”, que se ubica, estratégicamente, al final de esta sección y es, a mi juicio, el poema más acabado:

la libélula

observa hijo

cómo atrapada estática

semeja tu onirismo

obsérvate en alguna faceta de sus múltiples

ojos

(…)

liberémosla

hijo

has mutado hacia mí

ahí ves

cómo se aleja en su vuelo

instantáneo

te extravía

 

¡en mi recuerdo

la libélula era

una pesadilla tan hermosa!

 

si regresa

no imagino qué será

de nosotros

Otra característica casi permanente de la poética de Karel Bofill es la no puntuación, que bien manejada dimensiona el significado del poema y dinamiza la lectura, haciéndola más rápida. En otros, la partición del verso no la emplea adecuadamente y entonces confunde, dificulta.

El segundo acápite, “(hombres)”, entra en el tema social, puramente hablando, si es que acaso toda la poesía no tiende a recrear el resultado de vida en lo social. Los poemas de este apartado son, también, los más familiares: uno dedicado al padre, otro a los amigos… Es una sección, en mi parecer, demasiado corta; sin embargo, en el primer poema hay versos de una fuerza acertada:

el suelo en estas tardes

se enrojece sobre el gris

nace una ocre naturaleza

donde se marcan dos huellas

son los pies de mi padre

son las pisadas de una rara

bestia en el desierto primigenio

de la creación

La manera en que Karel distribuye los elementos dentro del sintagma, evoca a Eliseo Diego, quien usaba con maestría el verbo al final de la oración:

hay que tapiar las puertas y agujeros

del cuerpo

por donde el polvo

colorado se introduce

La tercera sección, “(paisajes)”, quizá igualmente resulta demasiado breve; pero logra desleír los elementos naturales con el hombre de una manera oportuna. En su conjunto, los poemas no poseen tanta energía dentro del libro; a pesar de eso, en el primero hay una imagen lírica poderosa (aunque antes de llegar a ella, estén colocado algunas palabras, a mi juicio, antipoéticas):

la imagen tan real

como un buen hombre cianótico

por un cáncer como un hombre

de cincuenta y seis

anillos

en el tronco

En el último apartado, “(mi cabeza ve a mi cuerpo —entre persianas— al otro lado de la ventana tropical)”, sorprenden otra vez las inserciones de palabras fuertes, que hacen detener la lectura y repensar la significación de los versos. En algunos casos, estas palabras (orina caliente, una perra, su mierda) ocasionan rupturas y llamados de atención, quizá deseados, pero también desgarran al sujeto lírico tan limpio que Karel logra en los versos sucesivos o anteriores. El poema “enflaquezco” (pág. 54) es, a mi parecer, el menos fuerte dentro del cuaderno; prescindible.

De manera general, el poemario está bien pensado como unidad temática y estilística, en cuanto al ritmo, a los tonos, al lenguaje. Trazado desde la perspectiva de un hombre que observa el mundo a través de las tablas de su ventana, y a eso responde la línea discursiva.

A Ventana tropical tal vez le sobran algunas imprecisiones —corregibles durante el proceso de edición—, palabras que deslucen el verso; y es un cuaderno sólo levemente lírico, huérfano de imágenes poéticas que logren mantener en alto la línea que corre a través de las páginas. Pero es un poemario centrado, cómodo en su lectura, con buenos versos de cierre en varios poemas. Es disfrutable, visceral, y el lector lo recorre como lo hiciera un carretel de hilo que un niño ha soltado desde la cima de la montaña.

“Karel Bofill se reafirma como una de las voces de más temprana concreción de la joven poesía cubana”, se lee en la nota de contraportada escrita por Boris Badia. Y no le falta razón.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | | |

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