Actualizado el 8 de febrero de 2017

De todo hay en la viña de Ciro Bianchi

Por: . 3|2|2017

Ciro Bianchi se arriesga y muestra a estos trece narradores latinoamericanos como una suerte de manual para futuros escritores y analistas críticos. Eso sí, manual abierto e incitante, jamás rígido y dogmático.Ciro Bianchi le pesa su nombre. Y le pesa porque tiene una obra de periodista cultural muy abarcadora y atractiva, que sobrepasa su columna de domingo en Juventud Rebelde. Tener un (re)nombre implica el reto de continuar escribiendo y de no repetirse en temas y autores. Precisa de una fidelidad en su manera de reinterpretar lo pasado y recordarlo por medio de la crónica y la entrevista escritas, los géneros periodísticos preferidos por este autor.

Desde hace tiempo ha logrado ser ameno por cuenta del lenguaje preciso, elegante e irónico y por los temas que recrea y enriquece. ¿Fueron los hechos realmente como los detalla Bianchi? En esencia, eso no lo dude. Ahora, en la atmósfera…

En la atmósfera y el tono, Bianchi cuenta y hasta recrea libremente; aunque, con la entrevista, primero tenga que presentar y preparar el ambiente a fuerza de interesantes preguntas que él aspirará a correlacionar con significativas respuestas. Porque, digámoslo ya, en la buena entrevista quien pregunta debiera sorprenderse también con cuanto no espera del interlocutor; así el entrevistador se haya informado previamente sobre el otro: hombre y creador, aunque no los conozca en persona.

En Asedio a Lezama Lima y otras entrevistas (Editorial Letras Cubanas, 2009), Ciro se había atrevido, antes que muchos periodistas y críticos de literatura, a visitar a personalidades conocidas y otros nombres casi olvidados, a fin de transitar con ellos sus poéticas en relación con otras, y dentro de un panorama nacional no siempre halagüeño y comprensivo para la diferencia creativa y extraestética.

Por reconocer a autores como Loló de la Torriente, Tomás Álvarez de los Ríos, Carballido Rey… valdría acercarse a Asedio a Lezama y otras entrevistas. Ahora, que Ciro pudiera preguntarles y más de una vez a Lezama Lima, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén y Cintio Vitier —por mencionar cuatro pesos pesados de nuestras letras—, el libro adquiere entonces la categoría de material de estudio, donde se revisita el pasado y la historia cultural de Cuba sale enriquecida.

Con Asedio a Lezama y otras entrevistas, Ciro Bianchi provoca a figuras representativas de la literatura cubana que no sé si en algún momento se arrepintieron de revelar cuanto ahí queda testimoniado, o si dudaron de que fuera Bianchi quien los entrevistara. Imagino que pudo haber algún temor al principio. Pero una vez que Ciro entra literalmente a un recinto: dígase morada, iglesia, oficina…  le sigue la conquista inmediata al entrevistado.

Una de las mañas que aprendemos con Ciro, en primer lugar, es que al interrogado no se le intenta achicar, por muy importante o sagaz que sea el entrevistador; tampoco se le asfixia ni se le hostiga con preguntas tontas y fuera de tono. Lo que no quiere decir que sea Ciro un preguntón directo, que aspire a respuestas rectas y sin sugerencias. No son pocas las interrogaciones traviesas de Bianchi para que un autor se suelte a hablar. Y como sabe trabajar la curva de interés de la entrevista, luego de averiguar casi todo lo que quiere, es capaz de buscar el cierre suave, armónico y hábil.

Así, cuando ha penetrado durante varios momentos a Lezama como hombre y creador, Ciro ultima sus aspiradas averiguaciones con algo como esto: “La última pregunta. ¿Cómo es un día de José Lezama Lima?”. Y al autor de Paradiso no le queda otra que seguir dándose para quien ya lo conoce e incluso para el aprendiz.

Ganarse a escritores tan distintos como Eliseo Diego, Luis Marré, César López, Nancy Morejón, Reynaldo González, Miguel Barnet, es una bendición. ¿Cómo lo ha hecho Ciro Bianchi? Conociendo a estos autores desde sus obras.

Puede dársele complicado por la mucha información, o poca por lo difícil del entrevistado; léase, respectivamente, “Retrato de Sarusky” en Asedio a Lezama y otras entrevistas, y “No releo mis libros por temor a que no me gusten” en Secreto de confesión. Trece narradores se cuentan a sí mismos, fruto de una cita muy corta, mucho tiempo aplazada y vuelta a aplazar, con Gabriel García Márquez; y aun así se aventura. ¿Habrá mayor familiarización para con el entrevistado que cuando el interrogador es al mismo tiempo un lector atento y crítico?

Secreto de confesión. Trece narradores se cuentan a sí mismos (Editorial Arte y Literatura, 2016), rescata algunas de las entrevistas más importantes realizadas a personalidades de las letras en Latinoamérica. Estos encuentros y “persecuciones” de Ciro Bianchi datan de la década de los años ochenta. Empleo persecuciones con total voluntad por cuánto el buen periodista debería ser no solo un conocedor del objeto y sujeto de análisis, sino un fiel cazador de aquello que una vez obtenido se comparte. Que se vanaglorie o no del chance ante la figura, la personalidad (que no una víctima)…, no importa. Quién saldrá ganando siempre es el lector, capaz incluso de escoger algo de la persona y todo del creador.

La entrevista es un puente para la comunicación. Es un confiar y dejarse llevar por un promotor del diálogo, quien no debiera pretender dominio sobre el entrevistado. Se trata de que preguntas y respuestas emanen cual “mayéutica”, o como si uno se descubriera y aceptara primero para él mismo. Y, sin embargo, se vuelve a visualizar la presencia momentánea y motivadora de quien interroga.

Esa es la magia de la entrevista en vivo —mediante preguntas preparadas o no—: una garantía de espontaneidad y de sorpresas. Acudamos a la frialdad de los cuestionarios enviados por correos electrónicos, o dados de antemano, cuando ya no quede más remedio y las necesidades superen la imposibilidad del encuentro físico y cuanto ello supone: la confidencia cara a cara.

Bien recuerda Judyta Wachowska: “En la confesión el tema es causado y está concentrado en un acontecimiento particular de la vida del autor”.1 Y necesita de la confianza porque representa mucho más que un sujeto confesante y un espectador presto a escuchar. En la confesión tradicional uno expone y compromete su intimidad; se descubre para el otro al compartir un saber, un sentimiento… en la creencia o probabilidad de una calma deseada. Pero en este libro, la confesión busca revelar al hombre ante su semejante, procurando el acercamiento entre escritor y lector.

En Secreto de confesión no hace falta declarar cuál es la mejor entrevista. Cada narrador es un mundo diferente. Presto a revelar y a callar sus habilidades y discrepancias con otros autores y aún con su propia obra, el lector accederá al ser humano en sus circunstancias, hechos escriturales y hasta sus utopías creativas. Pues, aunque los entrevistados eran ya célebres en los ochenta, Bianchi los induce a recorrer algo de la vida y la creación, ganando para la posteridad diversos consejos sobre el arte de narrar y hallarse singularmente en el mundo.

Aunque la entrevista se puede bastar a sí misma a fuerza de las preguntas del autor y las revelaciones de los narradores interpelados, en Secreto de confesión se entra demasiado rápido al género que, si bien no amerita una explicación en torno a su razón de ser, pudo haberse apoyado de una nota introductoria de Bianchi. y hasta de un prólogo de cercanías y desavenencias porque la autoridad preliminar es para presentar, analizar y desde un inicio criticar. Pero como cada entrevista está precedida por un pórtico o antesala, que informa y describe, se prepara al lector para cuanto se testificará después.

Y claro, de haber pensado la editorial o el propio Bianchi en un prefacio, hubiera convenido otro autor, amigo o no del periodista. Dejémonos ya de alabanzas sin fundamentos, que no todo lo publicado es meritorio. Pero como él es un escritor, con todo lo que engloba y le posibilita el término, amén de un excelente productor y recreador de información, Secreto de confesión. Trece narradores se cuentan a sí mismos se disfrutará más de una vez.

Se dice que el trece es un número asociado a la mala suerte. Tal vez por ello, el folclore cubano lo vincula, además, al infierno y al miedo en la charada. Pero Ciro Bianchi se arriesga y muestra a estos trece narradores latinoamericanos como una suerte de manual para futuros escritores y analistas críticos. Eso sí, manual abierto e incitante, jamás rígido y dogmático.

¿Y a quiénes entrevista el autor aquí? ¿Qué declaran estos narradores? Conviene buscar el libro y enterarse por cuenta de uno. Por lo pronto, les digo: Secreto de confesión. Trece narradores se cuentan a sí mismos revela no solo más de una manera de enfrentar la hoja en blanco sino los demonios que cohabitan con el escritor; en una dramaturgia que recuerda la vida pero que pertenece a lo agradecidamente ficcional. La vida es una sola y se vive una vez; la creación es vivir dos veces, como recuerda Albert Camus.

¿Cuántas veces ha vivido Ciro Bianchi después de revisitar la historia cultural de Cuba desde la misa de personajes difuntos y simuladamente callados y de otros colaboradores vigentes como él mismo de la nacionalidad? Tal vez no quiera, por modestia, responder. Entonces dejemos que sus libros salgan y aseguren ingresos editoriales. ¿Otra verdad de Perogrullo? No lo lamentemos: honor a quien honor merece en otras facetas extraliterarias. A estas alturas de la jornada, no es secreto y tampoco confesión: Ciro Bianchi es un nombre muy vendible pero no es un autor vendido.

Reconozcámoslo en la ética y la generosidad para con el interrogado de cada una de las entrevistas de Secreto de confesión. Trece narradores se cuentan a sí mismos.

 

NOTAS

1. Wachowska, Judyta: En torno al género literario de la confesión [On confession as a literary genre]. Studia Romanica Posnaniensia, Adam Mickiewicz University Press, Poznan, vol. XXVIII: 2001, pp. 177-187.

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