Actualizado el 12 de febrero de 2017

Plantas invasoras:

Para una poética de la atracción

Por: . 11|2|2017

Antonio Herrada Hidalgo: Más allá de este bosque uniforme sembrado en nuestras mentes hay también un árbol. Donde los críticos literarios hablan de organicidad para referirse a la entramada solidez de un cuaderno de poemas, he preferido resaltar la cuidadosa coherencia entre los planos temático, estético y simbólico, que crece en la medida que leemos, folio tras folio, la poesía que habita en el poemario Plantas invasoras. Este cuaderno escrito por Antonio Herrada Hidalgo fue ganador del Premio Calendario de Poesía 2016 y bajo el sello de la Casa Editora Abril será presentado al público lector en la venidera Feria Internacional del Libro de la Habana.

Nacido en Holguín, en el riguroso año de 1992, Antonio Herrada se licenció en Geografía por la Universidad de la Habana en 2016, resultando el graduado más integral de su promoción. En 2012 consigue el Premio Nuevas Voces de Poesía y en 2014 el Premio Rafaela Chacón Nardi in memoriam. Para cuando le fuera otorgado en 2016 el mentado Premio Calendario por Plantas invasoras, contaba con volumen publicado: Asimetrías (Editorial La Luz, Holguín, 2015) y su obra ha venido siendo divulgada en varias revistas y antologías nacionales y extranjeras. Actualmente coordina una sección nombrada “Asimetría” en la revista Alma Mater.

Algo extra para celebrar de este galardón, es la dimensión ético-estética del jurado que lo distinguió en el Premio Calendario. Digamos que su “ancho de banda”, permitió a los miembros una conectividad efectiva con el poemario presentado por Herrada; tres generaciones de poetas y —en consecuencia—tres referentes literarios diferentes (Virgilio López Lemus, Yanira Marimón, y Julio Mitjans) le dieron el aval y justipreciaron a Plantas Invasoras entre lo más granado del repertorio de premios nacionales convocados para jóvenes creadores por la Asociación Hermanos Saiz (AHS). Tres miradas que despejan cualquier posible niebla sobre el alcance expresivo de este libro, que se mueve con soltura de lenguaje y una voz lírica fiable.

Merece destacarse el cuidado editorial de Sonia Pérez Tobella, que alcanza una limpieza feliz y lúcida; así como el diseño del perfil de la colección, que permite, desde hace algunos años, distinguir los volúmenes del Premio Calendario dentro de la producción editorial cubana, con la solidez profesional, visualidad rotunda y el sello creativo de Ranfis Suárez. Todo eso sin desdorar el favor de las imágenes interiores del cuaderno, en las que se manifiesta certero el fotógrafo Israel Moya; y la mismísima portada del poemario que, dicho sea de paso, involucra la mirada inquieta, acaso la intencionalidad, del propio poeta y su vocación de geógrafo, haciendo un guiño de identidad con su topografía natal, al traer a la fachada del cuaderno un árbol (pino australiano o pino de París/ (o pino sin nacionalidad definida)/ árbol de la tristeza o cola de caballo/ semiperenne/ pino que no es pino/ sino un árbol disfrazado de otro), más allá del símbolo mismo “sembrado” dentro de sus textos. Una fotografía de portada que no delata gratuidad sino que hace un llamado a la sugerencia, a lo alegórico que encontrará el lector pasadas las diez primeras páginas del volumen.

Los versos de este libro denotan el anhelo del hombre por develar su destino definitivo, y por eso el poeta se pega al muro en su “Poética de la atracción”:

Estoy buscando un verso que me fusile

pero mis versos no atraviesan nada.

No atraen balas.

no son balas

todavía.

En lugar de hacer mutis ante su desvelo creativo, Antonio lanza la palabra contra el muro, entiéndase la página lapidaria y alevosa, y es, entonces, cuando el autor apunta al silencio para hacernos saber desde la primera persona un rasgo de su naturaleza: Yo soy el aprendiz hasta que me sentencien y disparen.

Puesto que con su poesía ocurre lo que con las semillas y su itinerario, ese anti momento único que se desgaja hacia la idea de la trashumancia —lapsos privilegiados, decisivos, instantes excepcionales—; más bien una dispersión que apela a lo simbólico, y de donde el poeta toma disímiles referencias literarias y vivenciales, como un substrato para hincar con su lírica en ese bosque “invasor” que es la poesía cubana escrita por los jóvenes de estos tiempos.

¿Mero gesto de consonancia, sentido de pertenencia, que hace pensar en la soledad del poeta contra la página en blanco y su mar de conjeturas?, ¿Razones para un diálogo que tiene sus referencias en la geografía como profesión  y en la poesía como vocación?, ¿Tensiones entre paradigmas y realidades?

En todo caso, cuenten estas interrogantes para el goce artístico que habita en toda lectura, cuando el simbolismo al que apela el autor posee la lógica equivalencia con su contenido. Dentro de Plantas invasoras el recurso literario empleado por Antonio Herrada no es una simple hoja mecida al viento por el artificio retórico. Sin renunciar al caudal de imágenes y símbolos que en sí demanda todo libro de poemas que se precie; Herrada escribe desde el relámpago del dolor, y esa primera persona transfigurada en sujeto lírico con el que se presenta —y/o se ausenta el poeta— nos permite el lujo de la complicidad con la duda edificante del creador y con lo que nos advierte a manera de “Poema para despedirse en el cierre de su cuaderno:

Más allá de este bosque uniforme

sembrado en nuestras mentes

hay también

un árbol.

Siendo así, un atisbo interesante a la poesía de Herrada es notar, a simple lectura, que en Plantas invasoras hay una vehemente perspectiva temática que arbola el conjunto de poemas propuestos por su autor; y que hay un criterio ideo-estético que escapa magistralmente de los lugares comunes, muy comunes por cierto, en una porción de la poesía publicada en estos tiempos por los más jóvenes autores en Cuba.

Para finalizar esta hojeada merece destacar que temas universales como el hombre y sus angustias; la Historia y sus conexiones; la vida y su contrafigura, los poetas y la tradición literaria que estos inscriben, no escapan de estas páginas y sus fronteras. Dice Antonio Herrada en “Los poetas mueren a los 21 años”:

Habiendo cruzado la frontera

puedo declararme muerto.

Escribir como un muerto y acomodarme a la idea.

Temerle a la idea.

Pero apenas entiendo las dimensiones del muerto.

Mis verdades sujetan el mundo como otra gravedad.

La frontera es dejar un cuerpo y seguir con otro menos vivo.

La frontera es una flor que alguien siembra a mis espaldas.

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