Actualizado el 17 de marzo de 2017

Leer a Margaret Atwood con una sola mano

Por: . 16|3|2017

Ese dulce y momentáneo descenso al infierno que nos proporciona la buena poesía lo percibí de pie, sujetando el libro con una sola mano. Ojalá pudiéramos encontrar todos los días un libro que se pueda leer de un tirónNo solo el lugar de la lectura contamina el libro cuando lo estamos leyendo: también el libro eficaz, precavido transgresor de memorias, contamina para siempre el sitio de lectura. La bilingüe Antología poética de Margaret Atwood, ensamblada dentro de la Colección Sur, inundará para siempre mi memoria de esta Feria del Libro, como un regalo feliz, prácticamente azaroso.

Una muchacha lo está leyendo y se lo pido con cierta inercia, propia del tosco lector en que se convierte todo el mundo en una Feria del Libro, tras demasiados títulos y autores que se entremezclan y anulan sus significados, como un millar de antorchas ávidas de un único oxígeno.

Leo por ejemplo un poema dedicado al sueño de los animales. Un topo se ve a sí mismo en un mundo de tinieblas, que no son las tinieblas normales de sus túneles. Los peces sueñan sin cerrar los ojos con rayas rojas y negras que no son más que las rayas rojas y negras de otros peces, y en su sueño atacan y se defienden. La zorra, inquieta, sueña con las mordidas en el cuello de sus crías.

Leo un poema al pan cotidiano, al que «se hace con madera, / con el estiércol de las vacas, con el compacto musgo sepia, / con los cuerpos de animales muertos, con dientes, / con dientes y vértebras, con todo lo que dejan / los cuervos. Todo lo sucio / va fluyendo a través de los tallos hasta la semilla (…)», el entierro en el horno de las masas formadas, esos «vientres blancos y hambrientos» que se petrifican ante el calor de un «sol antiguo». Atwood escribe que «el buen pan tiene el sabor salado / de tus manos», y que todo pan «debe ser partido / para así compartirlo. Juntos / comemos esta tierra».

Leo el poema que habla del oscuro corazón de una mujer, «este amasijo de músculos / que se contrae como un bíceps desollándose, / púrpura y violáceo, con su piel de sebo, / su piel hecha de cartílagos, / este ermitaño aislado en su cueva (…), este pulmón de sangre batiente, / infeliz ánfora». Me conmuevo al leer que cada corazón flota en un océano oscuro con sus cuatro bocas de pez palpitantes, que cada corazón flota «para no ahogarse», y que por la noche es un «tercer ojo / infra-rojo que permanece abierto / mientras los otros dos duermen / aunque se niegue a decir lo que haya visto».

Ese dulce y momentáneo descenso al infierno que nos proporciona la buena poesía lo percibí de pie, sujetando el libro con una sola mano. Ojalá pudiéramos encontrar todos los días un libro que se pueda leer de un tirón, pensé, de pie y con una sola mano. Ahora los terrenos gélidos, las noches de hogares encendidos de la poesía de Margaret Atwood, se superponen a las multitudes de la Feria del Libro, y me apresuro a escribir esta reseña como alguien que regresa ciego del paraíso, y que no sabe comunicar su emoción.

Alguien me dice que Margaret Atwood vino a la Feria y que firmó algunos autógrafos. Hubiera podido verla de estar más atento. Ahora la noticia me llega tarde, «como una carta, enviada por un marino, / que llega después de haberse ahogado».

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | |

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