Actualizado el 12 de mayo de 2017

Apolo, Dionisos y los sonetos de Amaury Pérez

Por: . 9|5|2017

Tengo la impresión de que una considerable parte del público, incluso del público amante de la “canción de texto”, sólo ve al Amaury-Dionisos, ese ser instintivo, divertido, desbordado y ambiguo. Pero existe también, y con personalidad muy notable, el Amaury-Apolo, el racional, el disciplinado en el oficio de orfebre de la letra, el arquitecto verbal, el artífice (siempre con la presencia poderosa de su “hermano olímpico”) de calculadas y simétricas estructuras poéticasUna de las disímiles dicotomías que enriquecen el quehacer artístico de Amaury Pérez Vidal resulta la dualidad apolíneo-dionisíaco, la cual su excepcional talento funde de manera muy personal en una misma moneda, dorada, por cierto… como las letras de la portada de Destinatarios, libro de sonetos que Alfredo Zaldívar y Ediciones Matanzas han tenido a bien publicarle al juglar de la Nueva Trova.

Quien no haya podido observar ambos lados de la moneda amauriana no es capaz de tasar justamente la obra toda del artista, ni de entender la presencia del soneto en ella.

Tengo la impresión de que una considerable parte del público, incluso del público amante de la “canción de texto”, sólo ve al Amaury-Dionisos, ese ser instintivo, divertido, desbordado y ambiguo. Pero existe también, y con personalidad muy notable, el Amaury-Apolo, el racional, el disciplinado en el oficio de orfebre de la letra, el arquitecto verbal, el artífice (siempre con la presencia poderosa de su “hermano olímpico”) de calculadas y simétricas estructuras poéticas1, dignas de rigurosos estudios de estilística de la lengua española aún pendientes, como las canciones: Para cuando me vaya y Encuentros (por solo citar dos de los ejemplos cimeros) o los sonetos de Destinatarios.

Este libro constituye la primera oportunidad para leer los poemas de nuestro autor, pero no resulta la evidencia inicial de su trabajo con la compleja forma estrófica. Antes no habíamos leído, pero sí escuchado sonetos escritos por Amaury Pérez. Ello me obliga a dirigirme brevemente a la discografía antes de concentrarme en el poemario2.

Los escuchamos en el CD Algo en común (2001), donde aparecen varios sonetos modernistas fechados en diferentes décadas, lo que manifiesta la recurrencia del espíritu apolíneo a este tipo de texto; ellos son: Cliché (1987), Palabras vanas (1995) y Ya no la quiero igual (2001). Pero una vez que Apolo ya había terminado de cincelar dichas esculturas verbales, o quizás mientras lo hacía, Dionisos hubo de realizar en la música lo suyo, que, obviamente, es lo embriagado, lo inusitado. De tal forma, los sonetos modernistas terminan siendo boleros y sones, incluso con una suerte de “estrambotes” ubicados en los coros de la salsa. Podrá gustarnos o no el resultado final, pero ahí están los “sonetos bailables” de Amaury Pérez, artista al que el riesgo y el divertimento le son consustanciales.

Adentrándome ya en Destinatarios observo que la fecunda tensión poética entre lo apolíneo y lo dionisíaco recorre todo el libro, que deviene en un texto de armazones y emociones “que segadas relucen atrapadas”. Por ello otorgo razón a Marilyn Bobes cuando apunta en el prólogo: “Amaury ha escrito un libro que se compone solo de sonetos y al hacerlo nos demuestra – con estremecimientos que nos pueden llevar hasta las lágrimas – que el entorno que lo rodea puede ser apresado en esas catorce líneas donde lo bello, lo triste, lo cotidiano y lo imperecedero hallan la voz que le faltaba”.3

Pero considero que, en el poemario, Apolo luce más fuerte que su alter ego. Si en el disco antes comentado escuchábamos sonetos modernistas (mucho menos estrictos per se) aquí leemos dos sonetillos y dieciocho sonetos clásicos; clásico, palabra en la que el espíritu apolíneo se muestra completamente a gusto, demostrándonos cómo es capaz de lograr una belleza mayor de un mayor rigor.

Ahora bien, ¿por qué el libro no quedó completamente integrado por endecasílabos y se incluyen dos poemas de arte menor? Es probable que Dionisos, heterodoxo siempre, haya sentido, con razón, que la obra necesitaba de semejantes variaciones tonales para su mejor esplendor.

En el sonetario el estado apolíneo es una especie de concentración del sentimiento mismo. Por eso los poemas no nos resultan ni falsos ni vacíos, todo lo contrario. Sirva de ejemplo “Los amigos”:

Los amigos son costas sin espinas,

brocal, abrigo, noria y mariposas,

el límite infinito en que reposas

o aquel lento doblar de las esquinas.

Los amigos son como las divinas

bondades, tan precisas y olorosas,

conocen el origen de las cosas

y el riesgo de maldades inquilinas.

Te generan un aire que germinas,

el intenso vibrar con que retozas

en el leve tañer de las rutinas.

Siempre atentos al borde de las fosas

nos protegen de coces y de inquinas,

de las torpes promesas de las rosas. 4

Nos encontramos ante textos genuinos que abordan temas recurrentes, obsesivos en toda la obra de Amaury, como por ejemplo: la soledad (“La soledad de Ulises”), el erotismo ambiguo (“Bea”) y, sobre todo, la amistad, pues son amigos varios de los “Destinatarios” a los que se dedican los versos (“Ese amigo que teme” o el ya referido “Los amigos”, entre varios más)

Otro sello de la autenticidad de los sonetos lo constituye la tropología que, aunque a veces incursiona en palabras y giros vanguardistas o barrocos, se sustenta mayormente en esa estética neorromántica y modernista que ya Amaury había personalizado y redimensionado poéticamente en su cancionística, abundante en ángeles, cornisas, rosas, tejidos y toda una imaginería que el autor reinventa originalmente para la contemporaneidad con su raro talento.

Casi al inicio del libro el escritor nos dice:

Si tengo que ceñirme riguroso

al guion de mi terca fantasía

debo asir el camino vigoroso. 5

Si a lo que él podría estar refiriéndose aquí (así me interesa interpretar los versos) es a aceptar el destino o el propio desafío de crear sonetos valiosos, a mi juicio, habiendo culminado el camino del poemario, lo hizo y salió airoso. Lo consiguió porque ya venía con el alma dispuesta y entrenado en la estrofa de su labor cancionística, y porque Apolo y Dionisos alcanzaron una armonía que se basa en ese no ser ni más mecánico, ni menos natural o sensible.

Como decía al inicio del trabajo, la tensión resuelta armónicamente entre los dos espíritus, entre ambas caras de la moneda, engrandece y peculiariza la obra de un compositor que se desdobla en formidable escritor de sonetos para advertirnos en el verso final de Destinatarios: Lo que pude cantar dejaré escrito.6

 

NOTAS

1. Ese afán de Amaury por llegar a todas las posibilidades presupuestadas por una matemática de los sonidos y las ideas lo conduce, a veces, por los caminos del divertimento ingenioso, artificioso, cuerda en la que se alinean canciones como: Abecedario, Diez y Opiniones.

2. En su discografía resalta la brillante musicalización que Amaury hiciera de Soneto, texto de Nicolás Guillén, incluida en el disco Aguas, de 1979. Ya desde tan temprana fecha el trovador coqueteaba con la estrofa de catorce versos; aún no se atrevía con las palabras, pero le escribía una música paralela y ajustada al poema de otro autor.

3. Bobes, Marilyn: Prólogo de Destinatarios, de Amaury Pérez Vidal. Ediciones Matanzas, Matanzas, 2016, p. 8.

4. Pérez Vidal, Amaury: Destinatarios. Ediciones Matanzas, Matanzas, 2016, p. 26.

5. Ibídem, p. 14.

6. Ibídem, p. 32.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | |

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