Actualizado el 8 de septiembre de 2017

La escritura despierta o los pasos sobre Itinerario

Por: . 5|9|2017

Itinerario: Se desencadena a partir de entonces una imbricación entre las artes y los procesos revolucionarios, donde, inevitablemente, se ve envuelto todo ser humano; pero sucede que los poetas lo viven de maneras mucho más intensas y dolorosas, esa es una verdad no escrita.Por razones que nada tienen que ver con la literatura, en Cuba no existen publicaciones de ninguna obra de Octavio Paz. Quienes han querido leer, aprender o disfrutar la vasta producción literaria del Nobel mexicano, debieron y deben sortear numerosas barreras que van desde las desgastantes lecturas digitales a los peligrosos préstamos de aquellos que han tenido la suerte de obtener una edición extranjera.

El Fondo Editorial Casa de las Américas, en 2013, publicó el libro Valoración Múltiple Octavio Paz, que reúne una serie de textos valorativos acerca del autor de El laberinto de la soledad compilados por Enrique Saínz. En la introducción al mismo, Saínz escribe: “era necesario, pues, hacer más accesible entre los estudiosos y escritores cubanos el legado intelectual de este ilustre latinoamericano (…). Los poemas y ensayos de Paz han ido de mano en mano de los lectores cubanos a lo largo de varias décadas, no obstante su ausencia en los catálogos de nuestras editoriales”. Este esfuerzo es indudable aunque lo que haría el camino más fácil a los lectores cubanos  no es solo esto.

En un sitio web, llamado megaepubb, uno puede descargar gratis libros valiosos. Así encontré varios ensayos de Octavio Paz a los cuales no había tenido acceso; uno de ellos fue Itinerario, uno de los últimos libros escritos por Paz, solo 4 años de su muerte. Las valoraciones principales de este se han ceñido bajo claves políticas, pero el libro es muchísimo más rico que eso.

Octavio Paz es la noria que mueve el agua hacia sí con alta técnica. Solo un gran poeta, como lo es Paz, comprende rápida y fácilmente que toda preocupación humana le concierne a la literatura, que es pobreza estética deambular en el vacío intelectual, en el silencio de los que nada dicen porque nada saben o todo temen. Qué hubiese escrito sobre él Platón, que aborrecía, sin mucha verdad intrínseca, y llamó mentirosos a los poetas; que hubiese dicho de Itinerario si él mismo afirmó que con frecuencia políticamente comprometida, la literatura es también sabotaje de todo proyecto político. Y más que sabotaje yo diría interpretación y desenmascaramiento, diálogo desnudo, traducción potable para la gente más común que ha olvidado, o no puede, cultivar, con algún sentido, a su conocimiento y desandan la realidad totalmente ensimismados.

Durante el discurso de aceptación al Premio Nobel, Brodsky dijo que «mientras más rica es la experiencia estética de un individuo, mientras más firme es su gusto, más precisa es su opción ética, más libre es él, aunque, posiblemente, no sea más feliz». Y es en ese tránsito inevitable, en esa espiral que posiblemente nació a los pies de su cama, que Paz escribió un libro como Itinerario (contiene el ensayo homónimo además de «Cómo y por qué escribí El laberinto de la soledad»). Allí demuestra cómo la infelicidad, provocada muchas veces por enormes decepciones, lo corroen como lo haría una plaga animal; y eso es inevitable. Sus lecturas, sus viajes, sus descubrimientos, es cierto, lo hicieron un hombre estética y éticamente casi incorregible, le provocaron alumbramientos y una lucidez que no hubiese alcanzado de otra manera; ¿pero acaso lo hicieron feliz? Puede ser, pero muy en el fondo, cuando quizá aceptó que el proceso de maduración es necesario y acaso era el único camino posible para un hombre como él. Cuando Paz narra que, mientras leía un periódico, descubrió la existencia de campos de concentración en la Unión Soviética, es un momento dramático. Cuestiono la felicidad provocada por el desencanto, por el derrumbe de una creencia, aunque siempre será mejor creer. Lo cierto es que un libro como Itinerario llegó a él con la madurez necesaria, poseía una claridad de pensamiento, de estilo, y una postura crítica sobre la sociedad global bastante equilibrada.

El por qué un poeta se lanza a escribir un libro como este no es un enigma, la historia literaria, y mexicana específicamente, tiene ejemplos abundantes (Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis, Homero Aridjis, Fernando del Paso, José Emilio Pacheco…), el hecho está en que, como escribió T. S. Eliot en El bosque sagrado (refiriéndose a Arnold Mathew, pero en este caso es aplicable), lo que en realidad hace que Paz se muestre como alguien tenaz es el hecho de sentir que si hubiera sido contemporáneo nuestro, de este tiempo más moderno, su obra fascinaría de la misma manera. Itinerario tiene una vigencia sorprendente, se introduce, sin permisos, sin licencias, dentro del mismo ciclo histórico que el propio escritor describe; Paz no es un profeta, afirmarlo sería una aberración o un fanatismo, pero la capacidad de raciocinio, el discurso centrado, sorprendente, permite afirmar que su literatura es mucho más dinámica e infinita; casi indetenible.

Lo inteligente, además, en Octavio Paz, es la forma narrativa de la que bebe para escribir. Él mismo ha dicho que «Itinerario» no es un libro de memorias, sino un trazado de los puntos principales de un itinerario político; pero esa intención se sale de sus manos, o mejor, de sus letras; el libro no es solo eso. En realidad hay un hibridismo muy fuerte: combina, tal vez sin proponérselo o tal vez a propósito: a las memorias (pues existe un elemento autobiográfico que aquí es indudable), con una crítica social fuerte (como la denuncia al acoso sufrido por los Contemporáneos), y con la crítica literaria (los ejemplos de este tipo son muy abundantes a lo largo del transcurso del libro, a veces aparecen largas reflexiones de un autor y otras una simple adjetivación: «panteísmo romántico de Emerson y la efusión cósmica de Whitman). Coloca en juego también a la crónica que se alimenta de la ciudad de México y que por tantos años han defendido los autores de este país contra todos los entornos pero dentro de esta última, utiliza, de manera asidua, referencias y datos informativos («No en balde los suspicaces atenienses inventaron el delito de ostracismo para los sospechosos»). Pero lo que no se puede negar, luego de todo lo anterior, es el nacimiento de un ensayo, académicamente hablando, y luego el remate en puntos estratégicos con elementos poéticos, pues como él mismo dijo en El arco y la lira, todo texto, aunque esté escrito en prosa, tiende a ser poesía. Lo representativo además aquí es que Paz utiliza las técnicas literarias de la ficción, específicamente las del cuento, para dinamizar la lectura, para atrapar, hecho que abre el espectro pues coloca a su libro en un espacio mucho más familiar y humano. Aunque en la narración se mantiene la primera persona desde el inicio hasta el final, usa Octavio Paz, en los momentos que debe, al diálogo, a las descripciones casi cinematográficas de una escena determinada (como cuando en el colegio se faja debido a las burlas de sus compañeros de clase porque él no sabía decir spoon), a las mudas temporales para explicar un dato de trascendencia en la historia y que ha dejado atrás. Utiliza su vida como argumento, pero es un argumento que bien pudo ser ficción, uno que funciona perfectamente en el ascenso dramatúrgico que logra a través del desarrollo del libro. Él mismo escribe que sus experiencias infantiles «eran íntimas y colectivas, mías y de todos».

Cuando Paz narra, casi al inicio de «Cómo y por qué escribí El laberinto de la soledad»): «es muy vivida la memoria del lugar: una pequeña sala cuadrangular en una vieja casona de Mixcoac. Mi padre se “había ido a la Revolución”, como se decía entonces, y mi madre y yo nos refugiamos con mi abuelo, Ireneo Paz, patriarca de la familia», no está siguiendo sino la secuencia narrativa de un cuento, utilizándola de manera sabia para luego adentrarse en el tema que desea. Y cuando unas oraciones más adelante escribe: «con cierta inflexibilidad, cae la luz de un alto ventanal», no está haciendo sino poesía, catapultando a este texto que apenas comienza con un discurso lírico, certero, que va a mantenerse, sin declives, a todo lo largo del cuaderno; pero unos párrafos después sentencia: «con frecuencia somos cómplices de nuestros persecutores» o «La experiencia nos enfrenta a la indiferencia universal, la del cosmos y la de nuestros semejantes», a partir de lo cual nadie podrá dudar de que este gran texto también es un portentoso ensayo. Paz tiene la gran ventaja de ser un brujo del lenguaje, un maestro, un alquimista de las palabras; entonces las ubica sin prejuicios, con una libertad que las hace salirse de los textos; pero se trata de un lenguaje entendible, profundo y sencillo a la vez, cualidades difíciles de advertir juntas en un autor, en un texto.

Como analítico y buen hijo Paz inicia su tránsito, que no tiene atajos ni vueltas atrás, con una valoración de la historia y Revolución mexicanas, que indistintamente regresa en determinados puntos de la historia. Permite que aparezcan en escena sus sentimientos más profundos, ofrece conclusiones, sentencias alucinantes sobre el proceso, va descubriendo mediante palabras sucesivas un velo de raciocinios y valoraciones. Sustenta el discurso en los conceptos revolución y revuelta y a partir de allí construye un muro de explicaciones donde cada ladrillo es portador de una verdad sólida. Luego asiente: «la Revolución mexicana logró reconciliar al México moderno y al antiguo, afectiva y espiritualmente», y fue buena para el florecimiento de las artes y las letras, fue popular e instintiva, poseída por una pasión igualitaria. Hacia el final de este inicial ensayo Octavio Paz sienta los puntos de contacto que serán desarrollados en «Itinerario». Como si fuese una caja china coloca los pensamientos principales que le preocupan, como a cualquier otro intelectual o persona más común, y no olvida la maestría para narrar. Como si fuese el desenlace de un cuento y en ráfaga prolongada ofrece lo que podríamos llamar una moraleja. No viola Paz los entresijos que persigue, critica tanto a la sociedad capitalista como a la totalitaria, de ellas habla tanto lo bueno como lo malo y entra en una alerta final luego de confesar que su lucha no ha sido fácil: «una gangrena moral correo a las democracias modernas».

El ensayo homónimo del libro es un gran caldero de conceptos y catarsis; es la valentía de la denuncia, una sola palabra que se hace gigantesca en la medida que Paz le adhiere nuevos pensamientos. Y lo sorprendente es la limpieza del discurso, la fácil manera en que la narración puede ser comprendida por una gama amplísima de lectores. Cuidadosamente Octavio Paz vuelve a combinar con las formas narrativas todo tipo de recursos literarios, que no hacen sino construir un refugio sólido donde la palabra es el material principal. El inicio se nos presenta con una sentencia definitiva: «Nuestro tiempo es el de la conciencia escindida y el de la conciencia de la escisión. Somos almas divididas en una sociedad dividida». Se preocupa por ensayar un tanto sobre la Edad Moderna y la aberrante prominencia de las revoluciones, critica el objetivo de estas últimas. Luego aparece el gancho dentro del texto, otra vez; esto determina, sin dudas, que el texto de Paz posee infinidades de formas para su análisis. O sea, Paz logra aquí una amalgama prodigiosa, que difumina todos los límites de la escritura, para demostrar que el lenguaje es uno solo, ya sea porque va a descender por un acantilado o a quedarse levitando en la reminiscencia de los siglos. El gancho narrativo al que me refería anteriormente llega cuando Paz introduce su trayectoria escolar: «La juventud es un período de soledad. (…) Nos reuníamos en un cuarto minúsculo del colegio, que no tardó en transformarse en centro de discusiones y debates. (…) La política no era nuestra única pasión. Tanto o más nos atraían la literatura, las artes y la filosofía»; y luego continúa: «Descubríamos a la ciudad, al sexo, al alcohol, a la amistad, (…) la mujer era una idea fija pero una idea que cambiaba continuamente de rostro y de identidad».

Se desencadena a partir de entonces una imbricación entre las artes y los procesos revolucionarios, donde, inevitablemente, se ve envuelto todo ser humano; pero sucede que los poetas lo viven de maneras mucho más intensas y dolorosas, esa es una verdad no escrita. Paz no encontraba oposición entre poesía y Revolución, por ello simpatizó, en primer lugar, con los surrealistas. El texto permite además, a través de una amplia presencia de los autores de los que Paz bebió, establecer la filosofía literaria que lo hizo convertirse en el hombre letrado que fue, por ello es inútil que el propio Paz insista en que en «Itinerario» se desechen las memorias. Y a medida que avanza la lectura, uno se da cuenta, la manera escalonada que Paz ha dispuesto sus cambios internos, y el lector es capaz de evolucionar junto a lo narrado, de crecer. Paz se da cuenta (como pudo sucederle a muchos de su generación), y se lo hace saber al lector, de la contraposición esencial entre sus ideas políticas y sus convicciones estéticas y poéticas. Aparece entonces, como un rompimiento, como un elemento de descanso en la lectura, una preciosista y minuciosa descripción de Mérida («…un mar verde, una planicie calcárea recorrida por corrientes subterráneas como las venas de una mano y el prestigio inmenso de los mayas y de su cultura») donde el elemento poético tampoco falta: «Soberanía del espacio: el tiempo sólo era un parpadeo». Sorprende también, más adelante, mediante el retrato lingüístico de un juego de pelota («Una mañana, mientras caminaba por el Juego de Pelota, en cuya perfecta simetría el universo parece reposar entre dos muros paralelos, bajo un cielo a un tiempo diáfano e impenetrable, espacio en el que el silencio dialoga con el viento…»). Luego remata a través del prisma del cuento, a través del suspenso, en lo que puede llamarse una vuelta de tuerca o un punto de giro, sucede cuando escribe: «entonces ocurrió algo que cambió mi vida». Introduce así otra ensarta de consecuencias y de conceptos, habla y critica a la LEAR y comienza otra relación literaria que bien puede utilizarse como fuente y como evidencia histórica de las cosas que sucedieron al México de esa época. Enjuicia a los cubanos Juan Marinello y Nicolás Guillén con los que hace un viaje en tren, y después en barco donde además se encuentran Carlos Pellicer, Pablo Neruda y Ehrenburg con quienes sostiene un diálogo sobre Trotski, a través del cual se presenta la evolución de las ideas políticas de Paz. Pero esto siempre sucede a través del lenguaje, a través de las trampas que bien sabe Octavio Paz lograr con este. A la vez coloca reflexiones en los sintagmas del texto, análisis que para siempre se inscriben por derecho propio entre los pensamientos de esa Era y las posteriores. Paz asevera que la crítica es la única brújula moral tanto en la vida privada como en la pública, limpia las mentes de telarañas para ser guía de la vida recta, «es el instrumento para desenmascarar a los falsos absolutos y denunciar sus atropellos», ensaya aquí y es capaz de criticar sin vendas.

Desde el punto de vista histórico «Itinerario» es también prueba, evidencia. Aunque el método de la memoria no está del todo validado por los estudiosos, y apenas se insiste en que es válido para comprender a un escritor y la atmósfera baja la cual escribió sus obras, lo cierto radica en que es un género literario, sobre todas las cosas, y que, de maneras casi incondicionadas, la historia del yo puede, perfectamente, ser colectiva. Paz, además, incrusta una belleza estética en medio de este mejunje de géneros, que es digna de alabanza y estudio. Pocas investigaciones se han aventurado a un análisis exhaustivo de Itinerario desde el más amplio de los espectros, la mayoría insisten en verlo, solamente, como la filosofía política del Nobel mexicano; pero es mucho más que eso. Internándonos más en el texto sabe Paz colocar la información para ofrecerle picos de tensión a su historia, y como él mismo es narrador-personaje, y es importante, en el cuento, que el personaje sea capaz tanto de causar acción y también de ser cambiado por ella; y en ese construir, en ese descubrimiento que detrás entraña una decisión, Paz narra cómo se perturbó su pequeño sistema ideológico al ver que la policía soviética llevó a cabo en España una cruel política de represión y de exterminio de los críticos y opositores de Stalin. Más adelante cuenta cómo querían obligarlo a escribir en contra de Trotski en el periódico Futuro, después vuelve a desencantarse y narra «la oposición entre lo que pensaba y lo que sentía era ya más ancha y más honda». Todo ello son antecedentes para justificar la aparición en el texto de un momento crucial: el asesinato de Trotski, el cual Paz narra poéticamente («el asesino lo hirió en la cabeza, allí donde residía su fuerza. La cabeza, el lugar del pensamiento, la luz que lo guió durante toda su vida (…) Murió en una cárcel de conceptos»). Literariamente, después solo puede sobrevenir su abandono de México durante diez años.

Las letras que continúan son sólidas en pensamiento desnudo. Ensaya Paz sobre sus desencantos, sobre sus justificados cambios políticos. Habla de la aberración intelectual al fin de la Segunda Guerra Mundial. Y otra vez, la poesía: «la presencia del mal entre los hombres. Una presencia ubicua, continua desde el principio del principio (…), el mal se toca, el mal duele».

Es en este punto, aproximadamente para la página 100 del libro, cuando más puede valorarse y estudiarse a «Itinerario» como un texto de memorias. Paz, envidiosamente es cronológico, escribe sobre sus años en París, sobre la consolidación de Stalin y sobre la torpeza de la política exterior de los Estados Unidos. Narra sobre cada intelectual efervescente de la época (Aragón, Éluard, Camus, René Char, y arremete sin límites contra toda concepción de pensamiento de Sartre), sobre la herencia filosófica, hasta detenerse ante otro giro de la espiral. Lee en la prensa los relatos sobre los campos nazis y lo adjetiva con un verso poético: «una caída en un pozo frío, insondable». Llega entonces a su pregunta fundamental: «¿Cuál era la verdadera naturaleza histórica de la URSS?», y viene otro punto de giro. La publicación en Sur de un informe contra la Unión Soviética, hay ahí una ruptura abierta, histórica y literaria. Es un poeta, no podemos esperar menos de él, se angustia por el estado de su alma y tiene que hacer algo para colocarse en equilibrio.

Un poeta, un gran poeta, atraviesa la corporeidad del lenguaje y percibe que vive en y desde él. Un gran poeta comprende que no puede detenerse en la belleza o en la deformidad de las cosas, su meta es más profunda, tiene sentido allí donde se imbrica todo elemento racional.Podríamos decir que Itinerario se vive a lo dramático, como un argumento a lo Poe. Se destaca, sobre todo, por el tono del discurso, por la sencillez de un lenguaje delineado con belleza, por las conclusiones teóricas de peso que, más que en los momentos anteriores, se suceden al final. Termina Paz con poesía, que siempre fue su comienzo, su sustento y la iluminación de su carrera en la vida y en la literatura: «en el centro de la sociedad relativista hay un hueco, un vacío que sin cesar se ensancha y que deshabita las almas (…).Cuando la virtud flaquea y nos dominan las pasiones —casi siempre las inferiores: la envidia, la vanidad, la avaricia, la lujuria, la pereza— las repúblicas perecen (…). Luchar contra el mal es luchar contra nosotros mismos. Y ése es el sentido de la historia».

Un poeta, un gran poeta, atraviesa la corporeidad del lenguaje y percibe que vive en y desde él. Un gran poeta comprende que no puede detenerse en la belleza o en la deformidad de las cosas, su meta es más profunda, tiene sentido allí donde se imbrica todo elemento racional. Un gran poeta, sabe, como escribió Brodsky que si tiene una obligación respecto a la sociedad es la de escribir bien y que si se mete en líos es como resultado de su superioridad lingüística, más que por su actitud política. No es necesario nada más.

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