Actualizado el 13 de octubre de 2017

El Che leído por Ricardo Piglia

Por: . 11|10|2017

El Che de Piglia constituye un retrato libre. No debe buscarse al personaje histórico en él, sino un personaje literario en cuya complejidad hay un poco del personaje histórico y un poco del mismo Piglia. Piglia pertenece a la extraña categoría de los escritores queribles. Una categoría de seres que sin polémicas, datos morbosos, autopromociones nauseabundas y sin subirse al barco de las llamadas generaciones literarias, han logrado asentarse en la imaginación de la gente. Ricardo Piglia no es autor de un libro famosoen particular, pero a Piglia lo conoce todo el mundo literario. Es muy difícil no citarlo, o no referirse tarde o temprano a cuestiones literarias a las que ya ha dado una respuesta atrevida y elegante. Porque sus ensayos son atrevidísimos, aunque nunca dejan de conservar la pausa y la elegancia borgiana. Da tristeza, por ejemplo, que en Cuba se conozca tan poco un texto suyo como «Ernesto Guevara, rastros de lectura», contenido en El último lector.

Lo primero que hay que decir es que se nota que Piglia se leyó más al Che para escribir esas pocas páginas de lo que algunos estudiosos se lo han leído para hacer de ello una carrera. Abundan en nuestro país, particularmente, los guevaristas papanatas, una especie que no difiere mucho, por cierto, de los martianos papanatas, burócratas con la capacidad de disuadir a cualquier curioso que algún día pudiera hacerle sombra a su silla. Piglia no escribió su ensayo para conseguir un puesto, lo escribió porque quiso y punto. Porque (tal y como lo demuestran sus diarios) la vida y escritura del Che le interesaron desde joven, más allá de cualquier militancia política a la que se hubiera adscrito.

El Che de Piglia es un lector, primero que todo. Un niño rebelde afectado por el asma y la timidez (elementos que para siempre irían de la mano con la literatura), vuelto luego un hombre de acción, igual de asmático y tímido, aunque este último rasgo se manifestara en otras formas. Piglia nos muestra a un Che cautivado por la extroversión de Fidel Castro, que en términos de carácter es todo lo contrario a sí mismo, un antiguo lector de novelas de aventuras que, en medio de un conflicto terrible con la humanidad, que le genera sentimientos encontrados, trata de aprender sobre la marcha y correr hacia un destino incierto.

El Che antes de conocer a Fidel Castro piensa andar Europa, está buscando algo y no sabe bien qué es. Se trata de una persona un tanto impredecible, cuya única seguridad constituye el rechazo del mundo al que otros aspiran entrar. Piglia dedica varias páginas a la vestimenta del Che. Apenas tiene ropa, y por si fuera poco, la que tiene trata de usarla de la manera más desaliñada posible, un dandy a la inversa. Odia las convenciones, prefiere la soledad de la lectura o de la guerrilla, sitios donde puede desprenderse de todo. El Che es una sucesión de desprendimientos, luego de los cuales solo queda una figura un tanto misteriosa, que para unos ojos perezosos tendría más que ver con un artista que con un político o un militar.

El Che le escribe a Ernesto Sábato que alguna vez creyó que ser escritor era la máxima aspiración a la que podía llegar un hombre. Tal vez el Che nunca se recuperó de cierta esterilidad que ya se venía manifestando antes de conocer a Fidel Castro e irse a combatir a la Sierra. No puede ya escribir literatura, y en ese vacío, insinúa Piglia, nace el hombre de acción, el que se impone a sí mismo sacrificios y metas heroicas, siempre luchando contra sus limitaciones físicas y su carácter introvertido, demonios exorcizados a través de la lectura y de una escritura tardía, directa, despreocupada de literatura. Su lectura y su escritura son residuales, quedan cuando las demás cosas desaparecen.

Luego de varios combates en Bolivia el Che lo va perdiendo todo, hasta los zapatos, pero conserva algunos libros y su cuaderno de apuntes. En medio de la calamidad, hay cosas que siente que deben ser preservadas. Piglia menciona a Ossip Mandelstam, que antes de morir en un campo de concentración estalinista hablaba de Virgilio a los otros prisioneros. La cultura en esas situaciones, dice Piglia, no es una exhibición sino un resto, una ruina, algo que trata de subsistir.

En medio de lo terrible el Che tenía la capacidad de distanciarse. Piglia recuerda una foto de cuando era estudiante de medicina, junto a un cadáver. Los otros compañeros están atemorizados, pero él sonríe despreocupadamente. Sus narraciones de combates demuestran esa familiarización con las cosas a las que los otros temen, esa consciencia que le permitía ser irónico, unas veces, y otras veces, simplemente poético, tal vez de manera involuntaria. Su curiosidad lo llevó no solo a convivir junto a los leprosos, sino a maravillarse por los casos más extravagantes (decir simpáticos es un exceso), y a describir las luces de la comunidad leprosa duplicadas en el agua, como el que asiste por voluntad a la extrañeza de una pesadilla. En lo extremo, en el borde, es donde el Che se sentía más a gusto.

Piglia pertenece a la extraña categoría de los escritores queribles. Una categoría de seres que sin polémicas, datos morbosos, autopromociones nauseabundas y sin subirse al barco de las llamadas generaciones literarias, han logrado asentarse en la imaginación de la gente.Su muerte, la que relata Piglia, está vinculada a la lectura y a la escritura (la muerte del Che está tan llena de detalles fabulosos,que parece posible, a través de la selección de los mismos, narrar muertes distintas sin caer en falsificaciones). Una maestra de diecinueve años le lleva un plato de sopa, y conversa un poco con él. El Che, escrupuloso hasta sus últimos minutos, corrige un error ortográfico que hay en la pizarra. Luego se lo llevan y lo matan. Piglia nos convence así de la relación mística del Che con la escritura. Solo le faltó agregar el epílogo casi kafkiano de que la escuela volvió a funcionar en dos semanas.

El Che de Piglia constituye un retrato libre. No debe buscarse al personaje histórico en él, sino un personaje literario en cuya complejidad hay un poco del personaje histórico y un poco del mismo Piglia. La crítica se dedica a convertir a los escritores, personas reales, en personajes literarios. Selecciona lo que le interesa de la realidad y la reacomoda hasta darle un nuevo sentido, su sentido. Y mientras lo hace, la está enriqueciendo.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | | |

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