Actualizado el 10 de marzo de 2018

Cuatro tragos de Piña Colada

Por: . 8|3|2018

En medio de la fiesta y pasado el tercer trago de Piña Colada, se me acerca Roberto Bolaños, coloca sus manos sobre mis hombros y dice:

“Un poeta es capaz de soportar cualquier cosa, o casi cualquier cosa”.

Luego me entrega un pequeño libro de poemas, un libro de caratula negra titulado Striptease de la memoria, y se marcha al balcón. Yo sostengo la idea de que Bolaños quiso darme a entender algo, con lo de la resistencia de los poetas, o con ese libro de una tal Elizabeth Reinosa; o quizás, simplemente, estaba borracho.

La fiesta, de modo general, resultaba aburrida, en el living, un tal Allen Ginsberg le dedicaba poemas a la chica más linda, una tal Alejandra Pizarnik, que no dejaba de sonreír, mientras Ginsberg, leía con voz aguda de perro en celo, de lobo que le aúlla a la luna.

Fui hasta la cocina por otro vaso de piña colada, y decidí recorrer las habitaciones con la curiosidad de quien se adentra en un poemario.

La puerta del primer cuarto estaba rotulada con la palabra RAÍZ. Dentro, Lewis Carroll veía una película pornográfica junto a dos adolescentes. Me preguntó qué estaba leyendo (generalmente, cuando un escritor ve a otro con un libro en las manos, calibra su nivel de acuerdo al tipo de lectura, no es igual que alguien te sorprenda leyendo un libro de Dostoyevski, que uno de Isabel Allende o de Luis Sepúlveda), le dije que un cuaderno de poemas, le mostré la portada.

—¿Es erótico? —preguntó Carroll.

—Creo que no —respondí— Striptease debe ser una palabra de enganche, debe ser algo relacionado con los recuerdos.

Una de las adolescentes, digamos que la del sósten azul, me arrebató el libro de las manos y con un claro tono de burla, comenzó a leer la nota de contracubierta: compendio de amores, de pérdidas, de anhelos, de cicatrices, la otra muchacha, digamos que la de las bragas negras, continuó la lectura saltándose un par de líneas: va de lo efímero a la raíz, de lo circunstancial a lo perdurable, de la realidad a la invención.

—Pues entonces no me interesa- dijo el hombre- ya estoy cansado de libros nostálgicos. —Y regresó su atención a la película, donde las actrices estaban completamente desnudas.

En la puerta de la segunda habitación se anunciaba DIVERSIONES. Dentro, Ken Kesey atizaba el fuego en una pequeña estufa y dos rubias despampanantes, como suelen ser las acólitas de Ken Kesey, bailaban una danza india, o algo parecido a una danza india.

El hombre miró el cuaderno y me preguntó dónde diablos lo había encontrado:

—Hace tiempo que lo estoy buscando —dijo Kesey—, la editorial Montecallado me había prometido un ejemplar, pero las editoriales, tú sabes, casi nunca cumplen lo que prometen.

—¿Cónoces a la autora? —le pregunté.

—Es bellísima —respondió Kesey—. Es mi amiga en Facebook, la he invitado a cruzar los Estados Unidos, de una punta hasta la otra, en mi ómnibus pintado de amarillo, pero ella siempre me dice que es una mujer casada, que no está para esos trasiegos.

Una de las acólitas de Ken Kesey, digamos que la de la camiseta con el rostro de Jim Morrinson, recitó en voz alta, quizás demasiado alta:

Una mujer con sombrero se desbloba en striptease/ en la memoria un desliz/ sobre la cama/ velero de la carne un mes de enero/ de otro año que no existe en almanaques….

La otra muchacha, digamos que la del pantalón vaquero leyó:

Rosa de esperma y papel/ la espina que ya no toco. Es la rutina de un loco/ que descarta las fronteras/ un laberinto/ quimeras…Soñar es morir un poco.

—¡Entrégamelo! —ordenó el hombre interrumpiendo a la rubia— Entrégame el libro.

Le cerré la puerta en la cara. El cuaderno era un regalo de Roberto Bolaños, y un regalo de Bolaños no se le puede entregar a cualquiera.

Continué mi recorrido hasta llegar al baño. La puerta apuntaba MEMORIA, y dentro, Jack Keouac, sentado en el piso, admiraba a un ave de fuego, que traía encerrada en una jaula. Me acerqué al pájaro.

—Ten cuidado —dijo Jack—, está dormida, pero puede despertar en cualquier momento. Veo que lo has conseguido —advierte el hombre.

—¿Qué cosa? —le pregunté.

—El primer libro de Elizabeth. Todos lo andan buscando, la editorial Montecallado ha tardado mucho, mucho… .—Jack hablaba con parsimonia y en voz baja, como si estuviera dentro de una caverna— es un libro de décimas que intenta romper determinados cánones estéticos, en la búsqueda de un sello personal, Elizabeth posee una voz propia, un universo de símbolos que apuntan a varios puntos cardinales. Striptease de la memoria es un cuaderno de crecimiento (de ruptura), cuídalo —dijo por último Keroac y comenzó a desvanecerse en el aire.

En el baño nos quedamos el pájaro de fuego, profundamente dormido y yo. Tomé el libro. Comencé a leerlo. Con la última página salí afuera. Durante el trayecto por el pasillo de losetas blancas y negras, una voz dentro de mi cabeza, o quizás fuera de mi cabeza, decía: DESEQUILIBRIO, DESEQUILIBRIO, DESEQUILIBRIO.

Todos me esperaban en el living, Ginsberg blandía un cuchillo, Pizarnik estaba muerta de miedo, Carroll se recriminaba:

—¿Cómo no me di cuenta antes?, esa tal Elizabeth es cubana, su libro debe ser profundamente pornográfico.

Ken Kesey sostenía una tabla de madera, querían disputarse el cuaderno. Lo escondí bajo la chaqueta y me abrí paso a fuerza de golpes.

Una vez en la calle, oi la voz de Bolaños.

—Se veía venir —dijo el hombre— a quien se le ocurre tomarse, en una fiesta solemne, como esta, cuatro vasos de Piña Colada.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | | | | |

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