Actualizado el 4 de mayo de 2018

Un ala y una cuerda entre las paredes de una habitación propia

Por: . 4|5|2018

 

Cubierta cortesía de Ediciones La Luz

Cubierta cortesía de Ediciones La Luz

Lisa Lyon posa para Robert Mapplethorpe (1946–1989) en una fotografía icónica dentro de la obra del polémico artista estadounidense. Hay mucho de masculinidad y de feminidad consciente en ella: palpamos una extraña androginia mistificada y erógena en esa hermosa imagen que terminó convirtiéndose en la portada de Lady Lisa Lyon, libro donde Mapplethorpe explora —terrenal, fetichista y sincero— el cuerpo y las múltiples asociaciones y miradas moldeables de la actriz, modelo y fisicoculturista Lisa Lyon. Mapplethorpe realizó fotos con “visiones históricas, contemporáneas, clichés, desconocidas, tribales, de alta costura, de diosas, con lencería, bondage, virginales, de novias, estatuas” que intentaron abarcar “el espectro de posibilidades de las maneras de ver a una mujer”, comentó la propia Lisa en el documental Mapplethorpe (Fenton Bailey y Randy Barbato, 2016).

Ese espectro de posibilidades transgresoras, fetichistas y asociativas que nos muestra Mapplethorpe —la fuerza y la contención: la osada feminidad que viene a ser desvirtuada y trascendida más allá de la imagen— se desarrolla y expande en Habitación propia, cuaderno de poemas de Yunier Serrano Valerio, publicado en 2018 por Ediciones La Luz, con edición de Luis Yuseff y diseño de Frank Alejandro Cuesta. La fotografía nos reafirma que Lisa Lyon es una mujer que no puede desnudarse ante la cámara sin trasmitir un sinfín de asociaciones y recontextualizaciones semánticas, como si pudiera ser ella y, para bien de nosotros, otras tantas mujeres al mismo tiempo: los versos de Valerio nos aseguran que él tampoco puede desnudarse sin morir, como una cebolla que, mientras va perdiendo capas, desprende innumerables fragmentos de vida.

¿Hasta qué punto adentrarnos en una habitación sería violentar/perpetrar/penetrar esa necesaria y de alguna manera añorada intimidad? ¿Quién no ha deseado una habitación propia donde puedan aflorar sin cortapisas las dudas y los miedos? ¿Quién no ha gritado “yo soy yo/ y tú eres tú/ y una pared nos divide”?

La puerta de esta habitación está abierta, Valerio se sostiene sobre su tiempo —el suyo, náufrago, equidistante en su cuerpo–— y olvida los cerrojos cuando escribe: “Yo vivo apuntalándome, apuntalando las ruinas en que amanecen cada día mis amigos. Una ciudad se agrupa alrededor de ciudades humanas. Alrededor de hogueras personales nos hemos encontrado”.

El poeta se arriesga y nos deja entrar sin miramientos entre esas paredes que protegen su territorio personal: “entren amigos, tomen asiento entre mis pertenencias, las que no me pertenecen más que a ustedes”, parece decirnos, como Delfín Prats, el joven Valerio, solícito, convencido de que nos muestra lo más natural del mundo: partes de su vida, sostener a Carlo, retazos corporales, ensayar sobre Carlo, obsesiones, anclarme a Carlo, lencería, lamer a Carlo, bondage, lamer las 4 paredes de Carlo, sexo, recolectar en pomos el aire donde Carlo respiró, melancolía, dolor, Carlo, soledad, Carlo, tiempo, Carlo, libélulas, a Carlo lo cierro, dibujos, bueyes, a Carlo lo abro, salcocho, carne, tengo que ver a Carlo libre para que no muera, frazadas, succionar, ollas arroceras, tragar, cebollas, una foto de Carlo que me gustó, los reconocimientos de la patria, hachas, cactus, cabeza, Carlo, palabras, tijeras, Carlo, nieve…

El poeta se pregunta por la nieve, pero esa no es la misma nieve por la que clamara entonces Casals: la nieve necesariamente es otra, el país es otro, su generación —que en buena parte es la nuestra— “está harta de caminar sobre la estera” y no hay tiempo: “No intentar nada nuevo porque dirán que ya no eres tú y no hay tiempo para ser otro, ni para renacer”, escribe y advierte: “Recuérdenlo, porque la literatura y el arte, esa mentira, se queda”.

Los poemas de Habitación propia —que puede ser muchas: habitación de ladrillo, cemento, adobe; cubierta de teja, cinc; habitaciones de tránsito, otras que enclaustran de por vida; cárceles prestadas, cuevas, ventanas, rejas, paredes, intemperie, libertad— poseen una belleza ríspida, como cortes de tijera, como tijerazos sobre el cuerpo, cicatrices, tijerazos sobre el alma desnuda pero entrenada en la sobrevida: una belleza onírica, por momentos desconcertante, pero “conmovedora y escuálida”, como los cuentos de J. D. Salinger.

Entonces calle herryman, rabia tropical, cabezas cortadas y habitación propia terminan siendo mucho más que sesiones/tribulaciones/sucesiones en este muestrario escrito por Valerio: muestrario donde el cuerpo sede, es violentado, penetrado, perforado, vivido… en una actitud que roza con el sadismo y ciertas parafilias, pero donde el sujeto lírico se queda “alelado, boqueando, amándolo”.

Valerio insiste con el tiempo, pero esta vez lo hace con cierto optimismo: “No hay tiempo para/ seguir intentando/ alcanzar el esplendor/ de quien deseaste ser/ Todo queda pospuesto/ Mañana será otro día/ Apenas alcanza hoy/ para reencontrar quién fuiste”.

Lisa Lyon posa para Robert Mapplethorpe. Feminidad y ambigüedad en un mismo cuerpo. Un cuerpo único y eternizado. El cuero del traje. El sombrero coronado en flores. El velo que oculta y al mismo tiempo muestra. El rostro hierático. Las venas alteradas. El brazo tenso, cerrado, contenido…

Lisa Lyon custodia la puerta de Habitación propia, sin remedos en la poesía cubana, donde un joven llamado Valerio, que bien hubiese posado para Robert Mapplethorpe, habita y nos deja entrar porque sabe que “la libertad no es la justicia/ en la libertad no hay nada nada nada/ ni dónde poner un pie/ ni dónde apoyar la mano/ solo un ala y una cuerda”.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | | | | |

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