Actualizado el 2 de junio de 2018

“Desnuda hierves, oleaje. Robinson redimido por un poeta cubano”

Por: . 1|6|2018

Tomen este libro, empiecen ¿se puede saber qué esperan? Y después no habrá manera que al librero lo regresen.

Tomen este libro, empiecen ¿se puede saber qué esperan? Y después no habrá manera que al librero lo regresen.

Galeotto fu il libro e chi lo scrisse:

quel giorno più non vi leggemmo avante.

Dante Alighieri, Inferno, canto IV.

¿Qué otra cosa puedo ser?

¡Claro que soy mujer pública!

Más que pública ¡república!

¡Voten por esta mujer!

Alexis Díaz Pimienta, Diario erótico de Robinson Crusoe.

Leí el Robinson Crusoe de Daniel Defoe por primera vez de adolescente. Recuerdo perfectamente, no obstante la fascinación que siempre me causaban, y me causan, los relatos de viajes y aventuras, la sensación de creciente irritación conforme la trama se desarrollaba. Me empezó a molestar más y más el cándido colonialismo del personaje, ese discurso peor que apologético, normalizador. Me causó creciente fastidio el tedioso y pedante perfeccionismo del náufrago, su casa perfecta y maniáticamente organizada en cada estante, el hecho de que tuviera hasta una casa de campo (¡en una isla desierta!), su celebración encarnada del espíritu del capitalismo, las metódicas lecturas de la Biblia que le garantizaban superioridad moral sobre el entorno, su rutina auto-impuesta cuando hubiera podido concederse la más despreocupada anarquía de horarios, o bueno, casi. Cuando finalmente Robinson termina logrando salir de la isla con Viernes y acaba por ¡vender! al mismo Viernes, el desprecio que me venía mereciendo se volvió abismal. (Por suerte, dicho sea de paso, luego llegó Moll Flanders a reconciliarme con Defoe… pero esa es otra historia.)

Más allá de todo esto, quizás lo que más me molesta hasta la fecha del Robinson de Defoe sea su total asexualidad. Ni el menor atisbo de deseo, ni hétero, ni homo, ni onanista vaya, ni la más remota mención a las dificultades o aprietos que sería tan solo sensato imaginar que treinta años como ermitaño provoquen en ese sentido. Me es detestable esa autosuficiencia total del resto del género humano, como si fuéramos prescindibles todos, y todas sobre todo: variación del delirio del individuo omnipotente que está en la base de todos los fascismos. Asexualidad que finalmente es también falta de afecto, inhumanidad por ende, como demuestra el episodio de la venta de Viernes.

Sin embargo, en la mayor molestia encontré también la rehabilitación del personaje, gracias al ángulo irreverente desde el que Alexis Díaz Pimienta, polígrafo genial e increíblemente versátil, se acerca al personaje en su delicioso Diario erótico de Robinson Crusoe. Por lo mismo, esta reseña está escrita con el peculiar gusto de encontrar la redención de una figura que en el fondo me incomodaba detestar, por un lado, en parte, por ser un clásico; por el otro y principalmente, porque las historias de navegaciones, naufragios, aventuras e ingeniosa sobrevivencia me encantan (eso fue, en su momento, lo que me hizo llegar al final de la novela en lugar de hacerle la grosería de abandonarla inacabada). A ese gusto se suma la satisfacción, en el momento histórico que vivimos (un momento de repunte y reacción del machismo más chabacano, según el cual las feministas seríamos unas puritanas sexofóbicas), de poder reivindicar que más bien nosotras no tenemos vergüenza, esa vergüenza con la que durante siglos y milenios de judeocristianismo se ha pretendido encorsetarnos y sofocarnos en el arquetipo de la virgen o la madre abnegada, tan asexual como el mismo Robinson. Suscribo las palabras de un tal Chili, quien en la novela The Black Album de Hanif Kureishi, se sale con la siguiente memorable puntada, de esas que solo a un personaje de ficción se le ocurren: “Es mentira lo que se anda diciendo de las feministas. Si deciden que les parece bien coger contigo, son de lo más sucias, porque no tienen vergüenza”. Exacto. En este sentido, el Diario erótico de Robinson Crusoe es una gozada.

Al poeta no le queda sino la admiración jadeante, aderezada por la ligereza y el humor que también son elementos fundamentales en la alquimia del Diario:

Al poeta no le queda sino la admiración jadeante, aderezada por la ligereza y el humor que también son elementos fundamentales en la alquimia del Diario:

La literatura erótica, la poesía erótica en este caso, es un género sumamente difícil. Es difícil lograr que se mantenga en la cuerda floja de lo provocativo, sin decaer en algún punto entre soez y aburrida. En el caso de este Diario erótico, el peligro es conjurado por una sutil mezcla de elementos que, al contrario, hacen del libro nada menos que una joya. La maestría en el uso del lenguaje que siempre distingue al autor es el primero, más no el único.

El móvil del Diario se deriva de la más obvia de las premisas: Robinson Crusoe, en su soledad, sí se masturbaba, por mucho que en la novela de Defoe no se encuentre el más mínimo rastro de ello (como, por otro lado, es también difícil encontrar, siempre, mención de cualquier función corporal en la narrativa más convencional). Un guiño al principio del libro juega entre el retroceso de Robinson a la condición salvaje, pre-civilización, de homo erectus, y su solitaria erección:

Yo soy Robinson Crusoe,

naufragué hace tantos años

que no se lleven a engaños:

ya no sé si existo o no.

El salitre me comió

la ropa, el tiempo, el lenguaje.

Soy esto: un cuerpo salvaje,

inadaptado y erecto.

Soy el náufrago perfecto.

Soy mi propio personaje.

De inmediato se hace evidente el tinte onírico, más, alucinatorio que permeará el poemario. Además de los delirios propios de la soledad forzada, el sol, la deshidratación y esa clase de menudencias, ese tinte nace de la peculiar encarnación, si así se le puede llamar, de las fantasías onanistas del náufrago: la mujer que se inventa es nadie menos que el mar. Esta figura femenina líquida, a veces desdibujada, a veces tremendamente concreta, siempre poderosa, palpita entre los versos con fuerza de marea, como en esta décima:

Desde que llegué, la arena

me pareció acogedora.

Y tú, líquida señora,

buena, demasiado buena.

El mito de la sirena

y tu voluptuosidad

te daban cierta entidad.

Pero lo que más me agrada

es tu calidez mojada,

tu permanente humedad.

O esta otra:

Te prefiero a ti, mujer

disfrazada de marea.

Prefiero al mar, que procrea

nuevas olas de placer.

Da gusto nadar-leer.

Gusto escribir-fornicar.

Da gusto en el paladar,

en los ojos, en las manos.

Somos dos “malditos” sanos.

¿Volvemos a hacerlo, mar?

En esta última décima sobresale otro de los elementos que contribuyen a hacer del Diario un libro delicioso: la presencia entrañable de la literatura. Es un libro que les guiña el ojo a los lectores apasionados, de mil maneras: en la reedición del amado artificio de Cide Hamete Benengeli en el prólogo, donde sonrientes fingimos creernos la historia de un manuscrito fragmentario hallado en una botella, llegado a manos del editor-autor a través de un estudiante griego que luce el ginecológico apellido de Papanicolau; en la conciencia metaliteraria de Robinson como “su propio personaje”; en las referencias intertextuales que a la menor provocación se asoman, evocando desde Orfeo hasta Abelardo, desde Eloísa a Ícaro. Lo fragmentario del manuscrito abona a lo alucinatorio del tono, haciéndonos creer sin parpadear tanto que Robinson escribía espinelas en castellano, como que la mujer-mar pudiera de repente tomar visos de yogui que, como Jassiba en Los jardines secretos de Mogador de Alberto Ruy Sánchez, hace el amor con el sol. Al poeta no le queda sino la admiración jadeante, aderezada por la ligereza y el humor que también son elementos fundamentales en la alquimia del Diario:

Yo no era muy yogui, pero

qué hacer si ella, así, desnuda,

sale el sol y lo saluda

con todo el cuerpo. Yo quiero

controlarme, mas me muero

mirando cómo se agranda.

¡Sol, atraviésala, anda!

Yo también espiro, inspiro

y me estiro mientras miro

cada gesto, cada tanda.

Sin embargo, y sobre todo, los lectores apasionados nos identificamos con las menciones constantes de la lectura como actividad de sobrecama (también sobrehamaca o sobreplaya, sobresofá, etcétera). Ustedes que me hacen el honor de leerme, damas y caballeros, seguro conocen ese peculiar placer del descanso después del amor, con las piernas entrelazadas o la cabeza en el regazo de quien nos acompaña, un perezoso domingo en la mañana, entre almohadas estrujadas y sábanas revueltas, leyendo cada quien su libro, o bien, uno leyendo, el otro oyendo leer. Y díganme si las décimas que siguen no son de esas que les hacen mover una rodilla, rozar un cuello o lo que haga falta para llamar la atención de su acompañante, “oye mi amor qué bonito es esto, somos nosotros”:

Nos sentamos a leer,

desnudos, tú recostada

en mi pecho, descuidada,

fundidos texto y mujer.

Yo feliz. Doble placer:

como autor y como amante.

El mar detrás y delante.

Yo, disfrutando el pretexto.

Tú, concentrada en el texto.

Yo, en tu reflejo flotante.

Siéntate a leer encima

de mí, desnudos los dos.

Vamos a decir adiós

al silencio, rima a rima.

Ven de la sima a la cima,

lectora hambrienta, censora,

febril, luz agotadora.

Lee en voz baja, en voz alta.

Léeme, que me hace falta

tu voracidad lectora.

Tomen este libro, empiecen ¿se puede saber qué esperan? Y después no habrá manera que al librero lo regresen. Veré que pronto confiesen que en el buró lo tenemos, lugar de los libros buenos.

Cómprenlo, sé lo que digo. Y sí, el poeta es mi amigo, pero eso es lo de menos.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | | | | |

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