Actualizado el 11 de junio de 2018

Un bolero que estaba deseando ocurrir

Por: . 8|6|2018

Leonardo Padura

Leonardo Padura

“Aquello estaba deseando ocurrir”, pensó el grupo de estudiantes universitarios, en plena Feria Internacional del Libro, segundos antes de abalanzarse hacia la carpa donde les dijeron que se encontraría el texto de Leonardo Padura. Se despertaron a las 7 a.m., solo para formar parte del selecto club de los que se llevarían a la casa uno de los 3 mil ejemplares de esa compilación de cuentos publicada por la Editorial Capiro, una de las novedades más esperada, sin lugar a dudas, de la presente cita.

Cuatro jóvenes en busca de la misma obra. El sol santaclareño. Un parque Leoncio Vidal rebosante del público lector.Personas que entran y salen por las arterias de una ciudad de trovadores, poetas, actores, mejunjeros. Y por último pero no menos importante, un señor grueso de barba blanca que vende libros de uso en un puesto que lleva el nombre de La Piedra Lunar, en clara alusión a una novela de Wilkie Collins y a su propio apellido. A la izquierda de la entrada a la emisora CMHW, este señor, Lorenzo Lunar, interactúa con sus posibles compradores como si no fuera uno de los escritores representativos del Nuevo Policial Cubano.

Aquello estaba deseando ocurrir, dice la portada. Página a página, cuento a cuento, los jóvenes interactúan con un Padura que representa a gran parte de la generación de Padura. Se establece una especie de dialogo paterno-filial y un trozo de la historia reciente de nuestro país, bajo la lupa del creador de Mario Conde y sus tan releídas penas, se descubre para los universitarios del parque, esos que ahora regresan a la casa de altos estudios con la satisfacción del deber cumplido.

Sin embargo, de a poco entienden que en sus manos no llevan al Padura de Mario Conde. Aquí Padura se torna más descaradamente autobiográfico. ¡¿Más?! Alterna la madurez intelectual —aquella preocupada por exponer la realidad de la Cuba post-1993—, con el impulso pueril de una etapa creativa cargada de romanticismo, de amores inocentes, de anécdotas de “tarros”, misiones internacionalistas en Angola y viajes por el túnel de La Habana. Aquello… resulta una especie de monólogo interior y diálogo generacional entre dos Paduras, cual dos Fridas, puesto a disposición de quienes rastrean sus palabras por las estanterías y las pagan al precio que sea necesario.

Lorenzo Lunar

Lorenzo Lunar

De 1985 es el cuento “Según pasan los años”: una reflexión acerca de las diferentes percepciones sobre la muerte en tiempos de guerra y paz. Padura emplea saltos temporales que denotan a un artista incipiente. Experimenta con las técnicas narrativas como el pelotero novel que aparece en el cuadro con un nuevo estilo de bateo en cada aparición, hasta que por fin se hace de un sello propio, de un ritmo, una voz lo suficientemente auténtica como para ser capaz de sacar la bola del terreno de juego. Por otro lado, en “La puerta de Alcalá” (1991) el también autor de Herejes parece estar haciendo crónica de un pasaje de su propia vida y sin el más mínimo intento por ficcionar. En este cuento ya se vislumbra el tono pesimista, las alusiones al fenómeno migratorio, la desilusión que caracterizará a las novelas policiales del ocho veces Premio de la Crítica en Cuba.

Entre el periodismo y la literatura se pasea. Algunas veces demasiado periodista en la ficción y, otras, demasiado literato en la no ficción, siempre con las ansias de superarse a sí mismo, de perfeccionarse. El orden cronológico de estos cuentos es la evolución de la escritura de Leonardo. Así lo evidencia en “Nueve noches con Violeta del Río”, redactado en 2001, donde no sobra una subordinada ni un adjetivo, ni hay por donde quitar o poner con el propósito de mejorar un producto casi inmejorable: “Subía y bajaba La Rampa en un éxtasis permanente, empeñado en llenar mis pulmones y mis ojos con aquel mundo magnético de neones coloridos y autos americanos todavía potentes, de las primeras minifaldas y los primeros hippies tropicales que brotaban en la isla” (p. 43).

Reinaldo, el poeta, figura como uno de los personajes mejor elaborados en cuanto a su complejidad psicológica y a la descripción de su entorno: las contradicciones entre la excelsa sensibilidad de un intelectual y las dificultades a las que se enfrentan los creadores —intermitentes aterrizajes forzosos del devenir de la conciencia a causa de las problemáticas del día a día—, discurren a través de un joven que bien pudiera ser la personificación de ese conflicto interno que ha venido persiguiendo a Padura a lo largo de sus años de narrador.

“En Adelaida y el poeta”, el autor se vale de la clásica historia de Talleres Literarios para tantear con el empleo de “la Caja China”, y convencer al lector de una idea que se mueve de manera solapada durante todos y cada uno de los cuentos: la realidad puede fácilmente superar a la ficción, parafraseando un poco a Pascual Serrano en su perfil sobre Rodolfo Walsh.

Padura regresa una y otra vez a Angola, de manera tan repetitiva que casi resulta de una comicidad semejante a la de Mark Twain cuando, según Tom Wolfe, repetía en sus conferencias el mismo chiste hasta que el público se riera solo por el absurdo de la reiteración. Así mismo, destruye cualquier imagen de fidelidad a la pareja al lanzarla contra los muros de la lejanía, producto en la mayoría de los casos de los dos años de misión que, gradualmente, se irán convirtiendo en “medalla, la noticia recortada del semanario de los colaboradores y una larga historia, con varias versiones y verdades, para contarlas a tu mujer y a tus amigos, a los hijos que alguna vez vendrán, ¿no?”.

El tema necrológico retorna en “La muerte feliz de Alborada Almanza” (2009), donde se emplea un juego con el nivel de realidad, solo para criticar las circunstancias en que vive la protagonista. Con un arranque kafkiano, dicho cuento resulta uno de los mejores concebidos en cuanto al ritmo y al mensaje muy bien resumido en la frase: “Así es la vida: unos van al cielo por valientes, otros por cobardes” (p. 136).

Es el bolero objeto de culto a lo largo de todo el libro. Es el libro un gran bolero, sencillo pero desgarrador. Es Padura un bolerista que se espera a sí mismo en aquel bar de mala muerte para contarse las penas del pasado, revivirlas, contrastarlas con el presente y volverlas a conjurar porque la virtud de dicho género radica en “su capacidad de seducir y en su poder de evocación, que siempre están ligadas a una voz y un modo de cantar, más que a unos versos y a una melodía” (p. 49). Tal vez esta sea la clave de Aquello que estaba deseando ocurrir: la evocación, el resurgir de una época tan compleja y a la vez interesante mediante los recuerdos de este periodista-escritor.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | | |

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