Actualizado el 20 de julio de 2018

El verano del diablo, más complicado de lo que parece

Por: . 17|7|2018

Aquella mujer que de casualidad conocí en tierras avileñas, que no paraba de irradiar una luz estremecedora, que fumaba unos criollos exquisitos. Tan escéptica yo, nunca creí que era escritora. Luego me la presentaron. Ahora entendía cuáles eran esas luces que enviaba hacia mi persona, sin querer otra cosa que brindar paz. Rodeada de otros escritores, analizo cada uno de sus movimientos: pelo detrás de la oreja, manos inquietas y reorganizando el peinado (aunque el pelo suelto le asentaba), dedos un tanto amarillos por el tabaquillo que siempre encendía con la mano derecha, nariz con alergias y a veces roja por el estirón, una mirada tierna.

Normalmente la gente suele contar el argumento de los libros que lee, anotando algunos elementos editoriales, o la rebuscada palabra para definir un libro. Resulta que definir un libro es más complicado de lo que parece. Prefiero describir, a duras penas, al escritor.

El verano del diablo fue mi primer libro después de mucho tiempo, anota ella. Pura percepción a priori, trae en sus manos el ejemplar. Pienso que lo va a vender luego de unas lecturas programadas, o de algunas visitas repetidas a la Fontana (cafetería central en Ciego de Ávila). Pero nada, sigue su libro en el bolso, y nadie sabe para quién es. Advierto a distancia que escribe en una de sus páginas, ahora la intriga crece.

Puede que ustedes, queridos lectores, estén ansiosos por saber su nombre, lugar de nacimiento, qué hace, o cualquier otra pregunta medular. Por ahora prefiero que entiendan el por qué digo que un libro es más complicado de lo que parece.

Me acerco un poco más, pregunto algunos detalles, en ese ejercicio de interpelación. Me explica que le gusta la ciudad, pero ha dejado a alguien muy especial esperándola, “el Perro debe extrañarme mucho”. Distraída, respondo sobre esa bonita práctica de tener mascotas aunque a mí no me guste. Ella, risueña y con ojos profundos, me dice que el “Perro” es su esposo. Se hacen llamar ambos cariñosamente así: el Perro y la Perra.

Llega la noche y se abre una invitación a lecturas en el lobby del motel donde nos hospedamos, las intensas lluvias nos atrincheran. Ella, lee un cuento, el de la Serova…, yo atenta, observo su manera de leer. ¿Puede una mujer como esta escribir así? ¿Por qué tanto cinismo, sadismo, oscuridad, intromisión? Y este es el punto a dónde quería llegar.

Este libro es una precipitación de lo desconocido, un verano demasiado asfixiante, pero de una lectura obligada. Hay tanto de perfección en estas palabras, en esta manera de narrar, que difícilmente pueda alguien cerrar sus páginas y marcharse. Suponiendo que lo haga, tendrá que pensar en ello todo el tiempo, y regresar a ver el fin.

Sí, este libro es una descripción del fin, una forma muy particular de anunciar el estallido de la precariedad, de las maldades humanas o, más bien, de las líneas que dividen al ser, del mal y el bien, y de lo que uno es.

Y puede que me pregunten de quién hablo, el porqué de tantas palabras antes del nombre. Creo haber logrado mi objetivo, es que me interesa más el ser que la producción, más la polémica que el discurso. Es esto lo que la autora provoca, es la aproximación a lo que está por ser: Mariela Varona (Holguín, 1964).

Dicho esto, queda la invitación a la lectura, al disfrute, al regocijo permanente de ser lo que debe ser un buen libro, porque, como dije antes, es más complicado de lo que parece.

Categoría: Reseña de libros | Tags: | |

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