Actualizado el 8 de julio de 2011

Aquel criollo gordo y ufano

Por: . 22|4|2010

José Lezama LimaEste texto pertenece al libro de testimonio Cercanía de Lezama Lima, que la Editorial Letras Cubanas publicará a fines de este año para celebrar el 75 aniversario del autor de Paradiso. Se trata de un collage hecho a partir de fragmentos de una de las entrevistas incluidas en el volumen, y que corresponden, en este orden, a José Antonio Portuondo, Roberto Fernández Retamar, Fina García Marruz, Julio Cortázar, Ciro Bianchi Ross y Reinaldo González.

Conocí a Lezama en 1939, cuando ingresé en la Universidad de La Habana, como estudiante de Derecho. Existía entonces lo que se llamaba el curso prejurídico, y allí coincidimos los dos.

Todavía él no era un intelectual conocido, pero poseía ya su condición de escritor. Recuerdo que en la clase de Introducción al Estudio del Derecho que impartía el Doctor Rolando Freyre de Andrade, éste nos orientó redactar una serie de trabajos sobre temas que nosotros mismos escogimos y que debíamos leer y discutir en el aula. Yo fui el autor de un trabajo que, en realidad, cerró extemporáneamente la serie, porque estaba tan cargado de alusiones políticas que Freyre de Andrade decidió cortar por lo sano para evitar que las clases se convirtieran en debates ideológicos. Lezama fue precisamente uno de los estudiantes que preparó su artículo y se quedó sin poder leerlo en el aula. En cambio, nos lo leyó a un grupo de compañeros del curso en el Patio de los Laureles. La lectura significó para todos nosotros un deslumbramiento. Aquel texto podía calificarse con el título de un comentario sobre Muerte de Narciso escrito por el padre Gaztelu: “rauda cetrería de metáforas”. Creo que esa frase definía extraordinariamente bien el estilo lezamiano, que ya era así en aquel texto, el primero de él que yo conocía. Pienso que aunque algunos fueron sus compañero de estudio en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, también para casi todos los que allí estuvieron era la primera oportunidad de enfrentarse a un trabajo de Lezama y, además, a un típico gesto suyo: cuando terminó de leer, rompió las hojas y lanzó los pedazos al viento. Por supuesto, a nosotros nos pareció un error, pues se trataba de un artículo que de verás valía la pena se publicara.

Lezama era ya cuando aquello la figura dominante de un pequeño grupo de jóvenes con inquietudes literarias, entre los cuales él siempre se impuso por su mayor cultura y su maravillosa charla. Era notable asimismo su habilidad para caracterizar a la gente. En el curso nuestro no contábamos con demasiadas muchachas, pero casi todas las que había eran muy hermosas. Sólo una no tenía un físico muy agraciado. Lezama decía de ella que era “el águila bicéfala rusa colgada de un perchero”. Otro condiscípulo que después se convirtió en un fiel servidor de Batista, y que fue siempre muy elegante y de aire distinguido, mereció del gordo una caracterización estupenda: “tiene tipo de cochero londinense”.

Orígenes, hechura mayoritaria suya

En Orígenes vieron la luz no sólo colaboraciones de los integrantes de lo que acabó llamándose el Grupo Orígenes, sino además de otros autores mayores y más jóvenes. Como editor, Lezama, fue, sin embargo, exigente implacable, y no todos los que se acercaron a él con ese propósito tuvieron suerte. De ahí que varios de los que no pudieron publicar en Orígenes se volvieron sus enemigos, y en más de una ocasión lo hicieron blanco de torvos ataques.

Debo decir que le debo mucho, cuánto no sé, a aquella colaboración de Orígenes. Según recordó el propio Lezama en una entrevista, teniendo poco más de veinte años estuve vinculado a quienes preparaban Orígenes, y viví por dentro “aquel taller renacentista”, como él decía. Con entusiasmo dirijo la revista Casa de las Américas, y si bien se trata de una publicación de mucho mayor énfasis político, no dejo de aprovechar algunas de las enseñanzas de Orígenes. De modo que esas declaraciones, por otra parte tan chispeantes de autor de La fijeza me regocijaron. Orígenes constituyó hechura mayoritaria de Lezama, de su trabajo intelectual y también de su esfuerzo físico. Recuerdo haberlo acompañado a la imprenta Ucar y García a recoger los ejemplares. “Nunca se sabe con certeza por qué pasará uno a la historia”, me comentó en una ocasión. Puso como ejemplo el del novelista Huyamans, quien recibió una distinción por su labor durante años… como funcionario. Y añadió: “Así que quien sabe si yo seré recordado como el gordo que, erguido, llevaba los paquetes de Orígenes a la oficina de correos”.

Un escritor alejado del escándalo

Alrededor de la salida de Paradiso se produjo un pequeño incidente que se rectificó enseguida. Hubo cierta incomprensión, en unos casos por torpeza, en otros por envidia literaria, y algunos calificaron el libro de pornográfico y de ser manifiesto a favor del homosexualismo: bastaba con señalar interesadamente algunos pasajes, sin destacar su contrapartida o el papel que jugaban en la obra. Recuerdo que en aquellos días Lezama me dijo: “Estoy asombrado con el ‘escándalo’ de Paradiso. Yo soy un escritor alejado del escándalo. Ahí están toda mi obra poética, mi obra ensayística, para testimoniarlo. Jamás he tratado temas escandalosos, como sí lo han hecho muchos autores europeos o norteamericanos”. No recuerdo si mencionó a Henry Miller (creo que sí), a Proust, a otros. Y añadió: “Mi novela se asienta en tres personajes: Frónesis (la eticidad), Foción (que representa las pasiones tumultuosas) y Oppiano Licario (que es el conocimiento). Sin Foción no hay novela, pero no es el personaje principal, sino Oppiano Licario, al que pienso dedicar la segunda parte del libro”. Es curioso que no mencionó al propio Cemí (la imagen). Asimismo quienes hallan en su libro una exaltación del ejemplo erótico olvidan que en la narrativa moderna ese tema se trata incluso mucho más libremente de lo que hizo Lezama. Hay escenas de necesaria crudeza que no podía obviar, pero el mismo largo debate sobre el tema implica más bien un desplazamiento del interés hacia lo especulativo o conceptual del que no está exento un último rechazo, de raíz tomista.

Afuera se ha utilizado y dado un cariz político a esta supuesta “censura” que duró exactamente tres semanas, ya que después el libro no sólo circuló sino que la Casa de las Américas le dedicó una Valoración múltiple en la cual su obra se veía ampliamente comentada y elogiada por la crítica nacional e internacional. Por otra parte, estas incomprensiones no son de ninguna manera algo excepcional y específico de nuestro medio o sistema; basta recordar el repudio de la Inglaterra victoriana a Wilde, la incomprensión y befa de los críticos de Edimburgo al Endymion de Kyats, el poco aprecio que la crítica alemana tuvo de los últimos cuartetos de Beethoven, el rechazo de la Francia de finales de siglo a los pintoresca impresionistas, o lo que sucedió con Madame Bovary, Las flores de mal o el Ulysses de Joyce. Cuando Martí escribió sobre las Hojas de Yerba de Walt Whitman, el libro estaba prohibido por “inmoral” en Estados Unidos, donde tampoco entendieron al principio a su gran poeta. Y si ha sucedido en los más variados sistemas y en países de cultura altamente desarrollada, ¿a qué nos juzgan y magnifican interesadamente todo esto los mismos que contribuyeron a que nuestros países permanecieran en la ignorancia. De manera que el hecho no tiene nada de raro, sino que es algo que ha acompañado siempre la aparición de obras originales o audaces para su tiempo.

Un apetito jamás desmentido

Vino la Revolución y viajé a Cuba a fines del año 61, temeroso como siempre en vísperas de enfrentarme a alguien tan esperado, tan querido. El pintor Mariano nos reunió en una cena, particularmente exquisita en un momento en que todo faltaba en Cuba, y Lezama llegó con un apetito jamás desmentido desde la sopa hasta el postre. Cuando lo vi saborear el pescado y beber su vino como un alquimista que observa un precioso licor en su redoma, sentí lo que luego Paradiso habría de darme tan plenamente: el descubrimiento de una poesía capaz de abarcar no sólo el esplendor del verbo sino la totalidad de la vida desde la más ínfima brizna hasta la inmensidad cósmica. Recuerdo que pensé en la frase de Descartes, cuando un pedante que lo veía comer con apetito, se maravilló de que un filósofo pudiera ceder hasta ese punto a la sensualidad, y Descartes le respondió: “¿Pero es qué creéis, señor, que Dios ha creado estas maravillas para el solo placer de los imbéciles?”.

Y entonces Lezama empezó a hablar, con su inimitable jadeo asmático alternado con las cucharadas de sopa, que de ninguna manera abandonaba, su discurso empezó a crecer como si asistiéramos al nacimiento visible de una planta, el tallo marcando el eje central del que una tras otra se iban lanzando las ramas, las hojas y los frutos. Y ahora que lo digo, Lezama hablaba de plantas, en el momento más hermoso de ese monólogo con el que le agradecía a Mariano su hospitalidad y nuestra presencia; recuerdo que una referencia a la Revolución lo llevó a mostrarnos, a la manera de un Plutarco tropical, las vidas paralelas de José Martí y de Fidel Castro, y alzar en una maravillosa analogía simbólica las imágenes de la Palma y de la Ceiba, esos dos árboles donde parece resumirse la esencialidad de lo cubano. Y también recuerdo que en un momento dado el camarero se acercó para retirar los platos, y que Lezama interrumpió su soliloquio para mirarlo con una cara de bebé afligido y enojado al mismo tiempo, mientras le decía: “Yo he venido aquí para hablar con mis amigos, pero eso no es razón para que usted se lleve la sopa”.

Su generosidad e ironía

Yo diría que los rasgos que distinguieron a Lezama fueron la generosidad y la ironía. Nadie más generoso, nadie como él para compartir su tiempo con cualquiera que acudiese a su casa, fuese un escritor de nombre, un autor joven o un “ser errante con un destino subdividido”. De su ironía no se libraban siquiera sus más cercanos amigos, y, muchas veces su dardo afilado se clavaba… en su propia carne.

En sus últimos años rehuía opinar sobre las obras inéditas de jóvenes escritores. “El perro, manifestaba, me ha mordido muchas veces. Vienen por aquí, me entregan sus manuscritos, y me piden una valoración sincera; repiten: sincera. Si el juicio que les doy es favorable, se alegran de mi sinceridad, pero la sinceridad deja de alegrarles si el juicio resulta negativo”.

El contaba a menudo un incidente ocurrido en La Habana de las primeras décadas del siglo. Un grupo de dirigentes visitó al general Menocal, entonces presidente de la república, a fin de plantearle una lista de demandas. Menocal se mostró de acuerdo con todas las peticiones y los líderes gremiales se despidieron satisfechos. Pero ocurrió algo terrible. Una vez en la calle, en la misma puerta del Palacio Presidencial, fueron apaleados por los esbirros del presidente. Antes del encuentro, Menocal se puso de acuerdo con sus sicarios: debían golpearlos si escuchaban el sonido de un timbre cuando los visitantes abandonaron la oficina ejecutiva.

Una poetisa joven cubana leyó un día a Lezama, uno tras otro, los poemas de un abultado cuaderno inédito. Lezama “sillón pa’ lante y sillón pa’ tras, la escuchaba con infinita paciencia y al final dio su opinión. Más tarde, cuando comentaba la visita con un grupo de amigos expresó: “Me la mandaron los jodedores… Digan ustedes que mi estilo no es el del general Menocal, porque si no hubieran tocado un timbre para que los esbirros la apalearan a la salida”.
Siempre llamó la atención la cantidad de anécdotas que tenían a Lezama como protagonista. Cuando tuve con él una estrecha amistad, le pregunté hasta qué punto ese anecdotario resultaba cierto y hasta dónde apócrifo. Me respondió: “Mire, como dijo Rilke, la fama es la suma de todos los equívocos. Muchas de esas anécdotas son ciertas, otras no lo son. Pero sucede que cuando una anécdota comienza a circular siempre viene alguien a contármela. Yo me la atribuyo si creo que me favorece, y si no me conviene, la desautorizo de inmediato”.

Grandes alegrías: regalos humildes

¿El último recuerdo de Lezama? Es difícil. Si me atengo a un orden cronológico, el último recuerdo es el que tiene muchos: el de un hombre preocupado, angustiado por males físicos y espirituales, necesitado de comunicación. En cambio, prefiero recordarlo como cuando lo vi, a mi regreso de la zafra gigante de 1970. Al central azucarero me llegaban sus cartas estimulantes. Al entrar a su casa, en gesto un tanto teatral, desplegué cañas medialuna que le traía de regalo. “¿Eso es para recordarme que este año tenemos que hacer mucho guarapo? Pues que empiece la molienda”. Aludía en lenguaje metafórico a lo acumulado que teníamos para conversar, como quien dice “tenemos mucha tela que cortar”. Yo le traía suculentos tabacos, para verlo humear a sus anchas, y una botella de ron añejo que me disponía a vaciar en medio de las otras humaderas, las de su charla llenas de sorpresas. “Hombre parece usted uno de los reyes magos que visitaron al niño Jesús. Pues yo también estoy preparado para la fiesta”.

Entonces pidió a su esposa María Luisa que nos sirviera algo que mandó a preparar desde temprano: una extraordinaria champola de guanábana. “A fin de cuentas, comentó, cuando los guerreros, luego de encarnizadas campañas, se sientan a recapitular, deben hacerlo tomando el vino de su tierra”. En algún momento de aquella charla sacó otro conejo encantado del sombrero. Era agosto, yo cumplía treinta años y él no lo había olvidado. Me refiero a la décima que me dedicó y que aparece recogida en Fragmentos a su imán, su poemario póstumo. ¿Que cómo prefiero recordarlo? Como aquella noche, cuando bebimos una champola de guanábana y me leyó la décima tan pulposa como la champola.

Tomado de El Caimán Barbudo No. 213, agosto de 1985

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