Actualizado el 6 de mayo de 2011

Arturo Alape:

Colombia es una interrogante política

Por: . 6|4|2010

“Yo llegué a la literatura a través de la experiencia política”, me dice este caleño de 44 años que en realidad se llama Carlos Ruiz —“lo de Alape es mi modesto tributo a la memoria de un revolucionario nuestro”—, una mañana nítida de enero. Y el golpe bajo de voz me hizo comprender, entre otras cosas, que esta entrevista sería un fracaso: una mera indagación en la trayectoria humana del autor de Un día de septiembre (1980) hubiera sido más interesante. Ciertas obsesiones del entrevistador, la entrega del Premio Nobel de Literatura 1982 a Gabriel García Márquez, y una vaga referencia sobre la más reciente obra del entrevistado, lo echaron a perder todo. No quedó, entonces, otra alternativa que escuchar impávido: “mis primeros libros —Diario de un guerrillero (1968), Las muertes de Tirofijo (1972) y El cadáver de los hombres invisibles (1979)— están ligados a las luchas campesinas, que conocí desde siempre y en las que participé luego como militante comunista”. O aquello de que busco esa mezcla altamente explosiva de literatura e historia…” No obstante, he aquí la memoria del diálogo que sostuvimos en una habitación del Hotel Riviera, transformada en dinámica redacción.

EL PAÍS DE LA VIOLENCIA

—La violencia es una constante de la historia de mi país. Durante el siglo XIX se produjeron, por ejemplo, más de una decena de guerra civiles —entre ellas una que concluyó en los albores de la actual centuria, la llamada Guerra de los Mil Días, que “aportó” unos 150 mil muertos. La causa aparente de la violencia radica en el modelo bipartidista, tradicional en el panorama político colombiano, y vigente aún en nuestros días. Los partidos Conservador y Liberal no sólo se han disputado el acceso al poder, sino que alcanzado éste, han tratado además de montar una hegemonía absoluta, valiéndose para ello de todos los medios a su alcance en detrimento de la oposición. Durante el presente siglo, que se considera de “paz”, han tenido lugar un principio de guerra en los años 30, y toda una etapa de agudísima violencia— que para algunos historiadores arranca en 1948 con el asesinato del líder liberal-populista Jorge Eliécer Gaitán, y concluye hacia 1957 con la creación del Frente Nacional—, que costó al país más de 200 mil vidas. Para no referirme a las acciones sangrientas protagonizadas por ejército durante las décadas del 60 y del 70, en su afán de aplastar el movimiento guerrillero, o la ola de asesinatos realizados por el grupo Muerte a los secuestradores, brazo armado de la mafia de reciente creación.

UNA PUGNA ENTRE BURGUESES

—La violencia, en esencia, tiene un carácter clasista. Lo que ha sucedido en mi país es la pugna desaforada por el poder de diferentes sectores de las propias clases dominantes —entiéndase el bloqueo burgués-terrateniente—, que ha arrastrado a esta lucha a las masas populares carentes de una ideología propia. No se puede afirmar, aclaro, que el Partido Conservador represente los intereses de los terratenientes, ni que el Liberal de los de la burguesía, no. Ambos, eso sí, defienden los intereses de los explotadores —en este caso divididos. Las raíces clasistas de la violencia son inobjetables, pero no pueden enunciarse esquemáticamente. Incluso, vale sostener que ésta no es sólo de orden político: ha existido y sigue existiendo la violencia social, económica, religiosa… Hechura de la primera fue, por ejemplo, la matanza de las habaneras, ocurrida en 1928, donde perecieron centenares de huelguistas de la Unión Sindical de Trabajadores del Magdalena— magistralmente denunciada en las páginas de Cien años de soledad. De la segunda, los despojos de sus tierras a más de un millón de campesinos durante el nombrado “ciclo de violencia” al que ya me referí. De la tercera, las persecución encarnizada, también por esos años, de liberales, protestantes y militantes comunistas.

LA RESPUESTA DE LOS OPRIMIDOS

—Por supuesto, y se manifiesta fundamentalmente por medio de la lucha guerrillera. Junto a las guerrillas liberales, que fueron también revolucionarias en muchos casos, surgió la autodefensa campesina y su fase superior de desarrollo: la guerrilla comunista. Si bien es cierto que esta última existía desde el año 1949, alcanza un auge notable en la década del 60 —bajo la influencia ejemplar de la Revolución cubana— y aún se manifiesta viva. Me permito recordar unos datos: hasta 1962 había en Colombia 153 guerrillas conocidas, de las cuales 77 eran liberales, 34 conservadoras, 13 comunistas y 29 conceptuadas como “apolíticas”, sólo 29 habían podido ser aniquiladas o dispersadas, de las 124 restantes. 24 se encontraban en situación de receso, 79 semiactivas y 21 abiertamente actuantes. Y abrumo al lector con tantos datos.

“Yo llegué a la literatura a través de la experiencia política”, me dice este caleño de 44 años que en realidad se llama Carlos Ruiz —“lo de Alape es mi modesto tributo a la memoria de un revolucionario nuestro”—, una mañana nítida de enero. Y el golpe bajo de voz me hizo comprender, entre otras cosas, que esta entrevista sería un fracaso: una mera indagación en la trayectoria humana del autor de Un día de septiembre (1980) hubiera sido más interesante. Ciertas obsesiones del entrevistador, la entrega del Premio Nobel de Literatura 1982 a Gabriel García Márquez, y una vaga referencia sobre la más reciente obra del entrevistado, lo echaron a perder todo. No quedó, entonces, otra alternativa que escuchar impávido: “mis primeros libros —Diario de un guerrillero (1968), Las muertes de Tirofijo (1972) y El cadáver de los hombres invisibles (1979)— están ligados a las luchas campesinas, que conocí desde siempre y en las que participé luego como militante comunista”. O aquello de que busco esa mezcla altamente explosiva de literatura e historia…” No obstante, he aquí la memoria del diálogo que sostuvimos en una habitación del Hotel Riviera, transformada en dinámica redacción.

EL PAÍS DE LA VIOLENCIA

—La violencia es una constante de la historia de mi país. Durante el siglo XIX se produjeron, por ejemplo, más de una decena de guerra civiles —entre ellas una que concluyó en los albores de la actual centuria, la llamada Guerra de los Mil Días, que “aportó” unos 150 mil muertos. La causa aparente de la violencia radica en el modelo bipartidista, tradicional en el panorama político colombiano, y vigente aún en nuestros días. Los partidos Conservador y Liberal no sólo se han disputado el acceso al poder, sino que alcanzado éste, han tratado además de montar una hegemonía absoluta, valiéndose para ello de todos los medios a su alcance en detrimento de la oposición. Durante el presente siglo, que se considera de “paz”, han tenido lugar un principio de guerra en los años 30, y toda una etapa de agudísima violencia— que para algunos historiadores arranca en 1948 con el asesinato del líder liberal-populista Jorge Eliécer Gaitán, y concluye hacia 1957 con la creación del Frente Nacional—, que costó al país más de 200 mil vidas. Para no referirme a las acciones sangrientas protagonizadas por ejército durante las décadas del 60 y del 70, en su afán de aplastar el movimiento guerrillero, o la ola de asesinatos realizados por el grupo Muerte a los secuestradores, brazo armado de la mafia de reciente creación.

UNA PUGNA ENTRE BURGUESES

—La violencia, en esencia, tiene un carácter clasista. Lo que ha sucedido en mi país es la pugna desaforada por el poder de diferentes sectores de las propias clases dominantes —entiéndase el bloqueo burgués-terrateniente—, que ha arrastrado a esta lucha a las masas populares carentes de una ideología propia. No se puede afirmar, aclaro, que el Partido Conservador represente los intereses de los terratenientes, ni que el Liberal de los de la burguesía, no. Ambos, eso sí, defienden los intereses de los explotadores —en este caso divididos. Las raíces clasistas de la violencia son inobjetables, pero no pueden enunciarse esquemáticamente. Incluso, vale sostener que ésta no es sólo de orden político: ha existido y sigue existiendo la violencia social, económica, religiosa… Hechura de la primera fue, por ejemplo, la matanza de las habaneras, ocurrida en 1928, donde perecieron centenares de huelguistas de la Unión Sindical de Trabajadores del Magdalena— magistralmente denunciada en las páginas de Cien años de soledad. De la segunda, los despojos de sus tierras a más de un millón de campesinos durante el nombrado “ciclo de violencia” al que ya me referí. De la tercera, las persecución encarnizada, también por esos años, de liberales, protestantes y militantes comunistas.

LA RESPUESTA DE LOS OPRIMIDOS

—Por supuesto, y se manifiesta fundamentalmente por medio de la lucha guerrillera. Junto a las guerrillas liberales, que fueron también revolucionarias en muchos casos, surgió la autodefensa campesina y su fase superior de desarrollo: la guerrilla comunista. Si bien es cierto que esta última existía desde el año 1949, alcanza un auge notable en la década del 60 —bajo la influencia ejemplar de la Revolución cubana— y aún se manifiesta viva. Me permito recordar unos datos: hasta 1962 había en Colombia 153 guerrillas conocidas, de las cuales 77 eran liberales, 34 conservadoras, 13 comunistas y 29 conceptuadas como “apolíticas”, sólo 29 habían podido ser aniquiladas o dispersadas, de las 124 restantes. 24 se encontraban en situación de receso, 79 semiactivas y 21 abiertamente actuantes. Y abrumo al lector con tantos datos.

Categoría: Memorias del Caimán | Tags: | |

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