Actualizado el 7 de mayo de 2011

Una pistola para el cabello blanco

Por: , | Fotos: . 7|4|2010

San Alejandro no la soporté y me fui para
el carajo. Yo pasé del comunismo en
España, al surrealismo en Francia.

Dalí es un personaje y no un surrealista.

“Picasso fue para mí un gran amigo”, nos dice y bebe un sorbo de jugo de mamey, y lo disfruta como si fuera champán, o un ron bien añejo. El último hijo de Lam Yan a la edad de 84 años, el número ocho, el afamado pintor de Sagua La Grande, Wifredo Lam, durante la tranquila tarde de un sábado habanero, para satisfacer las inquietudes de dos periodistas y un fotógrafo.

Lam abandona Sagua La Grande en el año 1916. El pequeño poblado de la provincia central de la isla, no ofrece posibilidades para sus ambiciones artísticas. Se traslada a la capital en busca de mejor futuro. Entre el año1918 y 1923 asiste a la Academia de San Alejandro, e incluso, participa en los salones de la Asociación de Pintores y Escultores. En aquel momento era un mulato delgado de facciones achinadas, con muchas inquietudes y deseos de triunfar, pero con pocas posibilidades de lograrlo.

—Cuando llegué a San Alejandro, me encontré con Víctor Manuel que trabajaba como ayudante de Federico Sulroca. Vivíamos en un apartamento que teníamos alquilado entre 3 ó 4 estudiantes que eran de mi país (Sagua La Grande). Como teníamos tantas necesidades, siempre nos estábamos intercambiando las ropas. Me acuerdo que un día, al marcharme para la escuela, busco unos zapatos nuevos que tenía, pero ya alguno de mis compañeros se lo había puesto. Me calcé los primero que encontré a pesar de que quedaban grandes. Cuando salgo a la calle, corro para tratar de alcanzar el tranvía, pero al subir a éste, como los zapatos me quedaban grandes calculé mal y me caí sobre el pavimento. Recibí tremendo golpe en la cabeza; desperté en el Hospital Calixto García. Tuve hasta la pérdida de la memoria. Entonces, me marché a Sagua y allí hice grandes esfuerzos para ir recordándolo todo.

Después Lam decide abandonar el país, desea marcharse a España. Pero ¿por qué a España y no a Francia?

—Yo tengo un carácter muy extraño. Francia era otra sicología. En cambio en España era la misma sicología que en Guanabacoa o Regla.

Pero antes de marchar a Europa, como gesto de despedida, organiza una exposición en Sagua La Grande. Comenzaba el año 1923.

—La Escuela de San Alejandro no la soporté por mucho tiempo y me fui para el carajo. Allí había mucha retórica. Bueno, en aquella exposición mostré paisajes, retratos de amigos…No tenía conciencia misma sobre mí mismo. En España pasé mucho tiempo así. Pero como yo tengo pensamiento de chino, me dije: no te fatigues que a la larga tú consigues lo que buscas.

Adquirir esa conciencia le llevó 14 años. En España permanece desde 1924 a 1937. Durante todos esos años estudia a profundidad las reglas de la pintura antigua y las obras de determinados maestros. De ellos siente una marcada preferencia por los cuadros de Jerónimo Bosco, y la obra El Triunfo de la Muerte, de Brueghel el Viejo. A su vez estudia con el pintor académico Fernando Álvarez de Sotomayor. Su modo de pensar, Lam lo define al decir que:

—Sotomayor era muy impulsivo y decía que gracias a los Pirineos, España se había salvado de las locuras de Francia.

Para defender los ideales de la República Española, el cubano Wifredo Lam se incorpora al Quinto Regimiento. En el último año de la guerra ingresa en un hospital. Este hecho es definitorio para su futura carrera artística. A partir de entonces la vida de Lam toma el rumbo del éxito. Durante años había preparado el oficio de pintor sobre la experiencia de los mejores maestros del arte universal. Ya Lam estaba dispuesto a ser: Lam, el artista.

—En el hospital me fui haciendo una imagen de mí mismo. Allí, además de estudiar las reglas clásicas de la pintura, pintaba un cuadro casi por día. Tenía un lugar para pintar; comenzaba a las 7 de la mañana y terminaba a la 1 de la madrugada. En el hospital conocí a un catalán que me ayudó mucho (Manolo Hugué, escultor). Lo conocí porque en el hospital se iba a hacer una representación teatral por los mismos heridos y entonces yo hice una decoración de 10 metros para la obra. A Manolo le llamó la atención lo rápido que yo pinté aquello. Se me acercó y me dijo: “Si decides marcharte de España, te doy una carta para un amigo de Francia que te puede ayudar”. Ese amigo era Picasso. Además me dijo: “Tú puedes hacer una revolución, no con cañones, sino con pintura”.

—Salí del hospital. Los bombardeos sobre la ciudad eran horribles. La guerra estaba perdida. Fui a ver a Manolo y le pedí consejo como amigo. Me dijo que me marchara; si me cogían seguro que me fusilaban. Entonces salí para París. Al perderse la guerra de España me sentí muy mal; no había triunfado la verdad que defendía. Estaba desalentado. Si seguí pintando fue por Picasso. Y así fue que pasé del comunismo en España, al surrealismo en Francia.

Lam detiene la conversación, con un gesto invoca al silencio. Su mirada perdida en el vacío denuncia la búsqueda de algún recuerdo olvidado. Al poco rato comienza a hablar:

—Junto con la carta a Picasso, llevaba otra recomendándome a un banquero en París. Yo tenía esperanzas de que me prestase algún dinero y me ayudara en las primeras gestiones para encaminarme como pintor. Lo visité varias veces y sólo me daba promesas. Únicamente conseguí que me invitara a comer tres veces. Una vez me llamó para decirme que había encontrado un general que le gustaba mucho Napoleón y quería que le hiciera un cuadro. Yo me negué aunque me hacía falta dinero. Picasso me decía que lo hiciera y lo pintara a mi manera.

Cuando Wilfredo Lam conoce a Pablo Picasso ya tenía 36 años de edad. Según se cuenta en la biografía del pintor cubano, la amistad entre ambos fue inmediata y se dice que Picasso comentó entonces:”Aunque no hubieras venido con una carta de Manolo, me hubiera fijado en ti viéndote por la calle, y habría pensado: tengo que hacerme amigo de este muchacho”. Sin lugar a dudas, esta amistad permitió a Lam comenzar su carrera como un artista de talla universal. Sin embargo, cuando él aborda este tema, siempre señala que lo más importante en la amistad con Picasso fue el aspecto humano. El genial pintor español le brindó todo tipo de ayuda, incluso financiera, sin conocer aún la calidad artística del novel Lam.

—Para Picasso lo principal era la amistad y la pintura después. Me respetaba mucho como pintor sin haber visto aún mis cuadros. Un día me dijo que se los llevara. Había un invierno terrible. Me puse mi capa de miliciano español  —no tenía otra cosa que ponerme—, hablé con la dueña del hotel para ver si podía prestarme dinero, y tomar un taxi y poder transportar aquella cantidad de cuadros. Me dio el dinero para el taxi pero pensé que era mejor guardarlo para el regreso. Así eché a andar hasta la casa de Picasso. Llegué y le dije, ahí están los cuadros, inmediatamente fue a verlos. En Picasso la reflexión venía junto con la acción. Llamó a la galería de un amigo y le habló de mi obra.

—Por la noche asistí al café donde Picasso iba frecuentemente a reunirse con un grupo de colegas. Esa noche no fue por allí. Yo estaba ansioso por los resultados. Se me acercó Pierre Loeb y me dijo: “Entonces no hay problema —me dijo—. Picasso está de acuerdo. Vamos a programar una exposición para el próximo fin de semana”. La exposición fue un éxito. Asistieron Le Corbusier, Matisse, Chagall, Tristan Tazara y muchos otros.

A partir de entonces, Lam integra el movimiento surrealista. Es un apasionado defensor de esta tendencia. En este movimiento tuvo sus mejores amigos en los momentos en que todos luchaban por imponer los preceptos artísticos de esta importante corriente. “Los surrealistas tienen muy buena lengua, nos dice, no se quedan callados ante nada”. Y para convencerme opina sobre algunas figuras de su época:

—En aquellos tiempos a los pintores no les molestaba su pobreza. Después Chagall y Chirico vivían como burgueses, siempre rodeados de una corte de criados. Posteriormente Chirico cambió por completo todos sus principios. Eso, según el humor surrealista, nos lo explicábamos diciendo que estaba loco y desgraciadamente se puso cuerdo. La crítica surrealista es dinamita.

—El ojo crítico de André Bretón era formidable. Yo fui amigo de Bretón porque nunca fue viejo. El siempre decía: “La pistola para el caballo blanco”.

—Dalí es un personaje y no un surrealista. El fue aceptado en el movimiento a través de su mujer que había sido esposa de Max Ernest. En realidad su ingreso fue un experimento; era para ver cómo reaccionaba al surrealismo. Dalí aprovechó un viaje a Nueva York para darse a conocer como el inventor del surrealismo, lo cual es mentira. Dalí es un número, como se dice en Francia, pero un pintor. Matisse era un pintor valioso. Es importante porque el sonido lo hace con el color. Picasso es también un gran artista. Ha actuado como un torero con la historia y siempre ha salido triunfante. Guernica es el cuadro más occidental que se ha pintado porque es el triunfo de la lógica, lo cual es el éxito de la cultura europea. Es un cuadro hecho con las reglas más severas del Renacimiento. Picasso decía: “Yo hago los cuadros con la naturaleza”.

La permanencia de Lam en el extranjero por tantos años, no le ha restado fuerza a la presencia en el de la idiosincrasia de su tierra natal. Su manera de hablar, giros y frases son los propios del carácter cubano. Para Lam los elementos que componen nuestra manera de ser están dados en una razón histórica:

—De España hemos heredado el valor y el quijotismo, y esto ligado con la yoruba, hace una mezcla interesante.
Su salida de Cuba desde la década del 20, Lam la define con una certera objetividad.

—Yo sabía que en Cuba nadie me iba a comprar un cuadro. Estaba seguro de que aquí no podía vivir como pintor. En aquella época te decían: “regálame un cuadro que voy a ponerle una moldura bonita”.

—Cuando yo venía a Cuba desde Europa, tenía muchos amigos estudiantes universitarios; ellos eran los más interesados por la información. Con ellos se hablaba más de política que de pintura.

En el país había una tremenda amargura y yo pensaba que eso nunca se podría acabar. Por eso admiro tanto a Fidel, ya que ha hecho a los cubanos sentirse cubanos.

El retorno de Lam a Cuba en 1942, después de dieciocho años de ausencia, fue fundamental para el trabajo artístico. En ese año pintó uno de sus cuadros más comentados: La Jungla. Es esta obra que por vez primera define en una extraordinaria síntesis artística, el sincretismo de esta realidad que él mismo lleva reflejado en su sangre de asiático, africano y europeo. A partir de entonces Lam vuelve a Cuba en múltiples ocasiones y por diferentes motivos. Ahora permanece entre nosotros para tratarse la enfermedad que lo aqueja.

Nuestra entrevista se ha extendido más de lo previsto. A Lam le gusta hablar y siempre busca un pretexto para prolongar la conversación. Por último nos invita a hojear un magnífico volumen editado recientemente en donde se recoge toda su vida y obra. El libro es sencillamente magnífico. Mientras pasamos las páginas, Lam dice algunas frases y anécdotas relacionadas con su pasado. Su memoria es un archivo si límites. Casi al despedirnos, hace un comentario que más bien nos pareció una sentencia:

—Hay una frase en el testamento de Picabia que es muy buena: “Muero con placer al pensar que mi pintura no le agrada a la gente que me desagrada”.

El Caimán Barbudo No. 157
Enero de 1981

San Alejandro no la soporté y me fui para
el carajo. Yo pasé del comunismo en
España, al surrealismo en Francia. 

Dalí es un personaje y no un surrealista.
“Picasso fue para mí un gran amigo”, nos dice y bebe un sorbo de jugo de mamey, y lo disfruta como si fuera champán, o un ron bien añejo. El último hijo de Lam Yan a la edad de 84 años, el número ocho, el afamado pintor de Sagua La Grande, Wifredo Lam, durante la tranquila tarde de un sábado habanero, para satisfacer las inquietudes de dos periodistas y un fotógrafo.
Lam abandona Sagua La Grande en el año 1916. El pequeño poblado de la provincia central de la isla, no ofrece posibilidades para sus ambiciones artísticas. Se traslada a la capital en busca de mejor futuro. Entre el año1918 y 1923 asiste a la Academia de San Alejandro, e incluso, participa en los salones de la Asociación de Pintores y Escultores. En aquel momento era un mulato delgado de facciones achinadas, con muchas inquietudes y deseos de triunfar, pero con pocas posibilidades de lograrlo.
—Cuando llegué a San Alejandro, me encontré con Víctor Manuel que trabajaba como ayudante de Federico Sulroca. Vivíamos en un apartamento que teníamos alquilado entre 3 ó 4 estudiantes que eran de mi país (Sagua La Grande). Como teníamos tantas necesidades, siempre nos estábamos intercambiando las ropas. Me acuerdo que un día, al marcharme para la escuela, busco unos zapatos nuevos que tenía, pero ya alguno de mis compañeros se lo había puesto. Me calcé los primero que encontré a pesar de que quedaban grandes. Cuando salgo a la calle, corro para tratar de alcanzar el tranvía, pero al subir a éste, como los zapatos me quedaban grandes calculé mal y me caí sobre el pavimento. Recibí tremendo golpe en la cabeza; desperté en el Hospital Calixto García. Tuve hasta la pérdida de la memoria. Entonces, me marché a Sagua y allí hice grandes esfuerzos para ir recordándolo todo.
Después Lam decide abandonar el país, desea marcharse a España. Pero ¿por qué a España y no a Francia?
—Yo tengo un carácter muy extraño. Francia era otra sicología. En cambio en España era la misma sicología que en Guanabacoa o Regla.
Pero antes de marchar a Europa, como gesto de despedida, organiza una exposición en Sagua La Grande. Comenzaba el año 1923.
—La Escuela de San Alejandro no la soporté por mucho tiempo y me fui para el carajo. Allí había mucha retórica. Bueno, en aquella exposición mostré paisajes, retratos de amigos…No tenía conciencia misma sobre mí mismo. En España pasé mucho tiempo así. Pero como yo tengo pensamiento de chino, me dije: no te fatigues que a la larga tú consigues lo que buscas.
Adquirir esa conciencia le llevó 14 años. En España permanece desde 1924 a 1937. Durante todos esos años estudia a profundidad las reglas de la pintura antigua y las obras de determinados maestros. De ellos siente una marcada preferencia por los cuadros de Jerónimo Bosco, y la obra El Triunfo de la Muerte, de Brueghel el Viejo. A su vez estudia con el pintor académico Fernando Álvarez de Sotomayor. Su modo de pensar, Lam lo define al decir que:
—Sotomayor era muy impulsivo y decía que gracias a los Pirineos, España se había salvado de las locuras de Francia.
Para defender los ideales de la República Española, el cubano Wifredo Lam se incorpora al Quinto Regimiento. En el último año de la guerra ingresa en un hospital. Este hecho es definitorio para su futura carrera artística. A partir de entonces la vida de Lam toma el rumbo del éxito. Durante años había preparado el oficio de pintor sobre la experiencia de los mejores maestros del arte universal. Ya Lam estaba dispuesto a ser: Lam, el artista.
—En el hospital me fui haciendo una imagen de mí mismo. Allí, además de estudiar las reglas clásicas de la pintura, pintaba un cuadro casi por día. Tenía un lugar para pintar; comenzaba a las 7 de la mañana y terminaba a la 1 de la madrugada. En el hospital conocí a un catalán que me ayudó mucho (Manolo Hugué, escultor). Lo conocí porque en el hospital se iba a hacer una representación teatral por los mismos heridos y entonces yo hice una decoración de 10 metros para la obra. A Manolo le llamó la atención lo rápido que yo pinté aquello. Se me acercó y me dijo: “Si decides marcharte de España, te doy una carta para un amigo de Francia que te puede ayudar”. Ese amigo era Picasso. Además me dijo: “Tú puedes hacer una revolución, no con cañones, sino con pintura”.
—Salí del hospital. Los bombardeos sobre la ciudad eran horribles. La guerra estaba perdida. Fui a ver a Manolo y le pedí consejo como amigo. Me dijo que me marchara; si me cogían seguro que me fusilaban. Entonces salí para París. Al perderse la guerra de España me sentí muy mal; no había triunfado la verdad que defendía. Estaba desalentado. Si seguí pintando fue por Picasso. Y así fue que pasé del comunismo en España, al surrealismo en Francia.
Lam detiene la conversación, con un gesto invoca al silencio. Su mirada perdida en el vacío denuncia la búsqueda de algún recuerdo olvidado. Al poco rato comienza a hablar:
—Junto con la carta a Picasso, llevaba otra recomendándome a un banquero en París. Yo tenía esperanzas de que me prestase algún dinero y me ayudara en las primeras gestiones para encaminarme como pintor. Lo visité varias veces y sólo me daba promesas. Únicamente conseguí que me invitara a comer tres veces. Una vez me llamó para decirme que había encontrado un general que le gustaba mucho Napoleón y quería que le hiciera un cuadro. Yo me negué aunque me hacía falta dinero. Picasso me decía que lo hiciera y lo pintara a mi manera.
Cuando Wilfredo Lam conoce a Pablo Picasso ya tenía 36 años de edad. Según se cuenta en la biografía del pintor cubano, la amistad entre ambos fue inmediata y se dice que Picasso comentó entonces:”Aunque no hubieras venido con una carta de Manolo, me hubiera fijado en ti viéndote por la calle, y habría pensado: tengo que hacerme amigo de este muchacho”. Sin lugar a dudas, esta amistad permitió a Lam comenzar su carrera como un artista de talla universal. Sin embargo, cuando él aborda este tema, siempre señala que lo más importante en la amistad con Picasso fue el aspecto humano. El genial pintor español le brindó todo tipo de ayuda, incluso financiera, sin conocer aún la calidad artística del novel Lam.
—Para Picasso lo principal era la amistad y la pintura después. Me respetaba mucho como pintor sin haber visto aún mis cuadros. Un día me dijo que se los llevara. Había un invierno terrible. Me puse mi capa de miliciano español  —no tenía otra cosa que ponerme—, hablé con la dueña del hotel para ver si podía prestarme dinero, y tomar un taxi y poder transportar aquella cantidad de cuadros. Me dio el dinero para el taxi pero pensé que era mejor guardarlo para el regreso. Así eché a andar hasta la casa de Picasso. Llegué y le dije, ahí están los cuadros, inmediatamente fue a verlos. En Picasso la reflexión venía junto con la acción. Llamó a la galería de un amigo y le habló de mi obra.
—Por la noche asistí al café donde Picasso iba frecuentemente a reunirse con un grupo de colegas. Esa noche no fue por allí. Yo estaba ansioso por los resultados. Se me acercó Pierre Loeb y me dijo: “Entonces no hay problema —me dijo—. Picasso está de acuerdo. Vamos a programar una exposición para el próximo fin de semana”. La exposición fue un éxito. Asistieron Le Corbusier, Matisse, Chagall, Tristan Tazara y muchos otros.
A partir de entonces, Lam integra el movimiento surrealista. Es un apasionado defensor de esta tendencia. En este movimiento tuvo sus mejores amigos en los momentos en que todos luchaban por imponer los preceptos artísticos de esta importante corriente. “Los surrealistas tienen muy buena lengua, nos dice, no se quedan callados ante nada”. Y para convencerme opina sobre algunas figuras de su época:
—En aquellos tiempos a los pintores no les molestaba su pobreza. Después Chagall y Chirico vivían como burgueses, siempre rodeados de una corte de criados. Posteriormente Chirico cambió por completo todos sus principios. Eso, según el humor surrealista, nos lo explicábamos diciendo que estaba loco y desgraciadamente se puso cuerdo. La crítica surrealista es dinamita.
—El ojo crítico de André Bretón era formidable. Yo fui amigo de Bretón porque nunca fue viejo. El siempre decía: “La pistola para el caballo blanco”.
—Dalí es un personaje y no un surrealista. El fue aceptado en el movimiento a través de su mujer que había sido esposa de Max Ernest. En realidad su ingreso fue un experimento; era para ver cómo reaccionaba al surrealismo. Dalí aprovechó un viaje a Nueva York para darse a conocer como el inventor del surrealismo, lo cual es mentira. Dalí es un número, como se dice en Francia, pero un pintor. Matisse era un pintor valioso. Es importante porque el sonido lo hace con el color. Picasso es también un gran artista. Ha actuado como un torero con la historia y siempre ha salido triunfante. Guernica es el cuadro más occidental que se ha pintado porque es el triunfo de la lógica, lo cual es el éxito de la cultura europea. Es un cuadro hecho con las reglas más severas del Renacimiento. Picasso decía: “Yo hago los cuadros con la naturaleza”.
La permanencia de Lam en el extranjero por tantos años, no le ha restado fuerza a la presencia en el de la idiosincrasia de su tierra natal. Su manera de hablar, giros y frases son los propios del carácter cubano. Para Lam los elementos que componen nuestra manera de ser están dados en una razón histórica:
—De España hemos heredado el valor y el quijotismo, y esto ligado con la yoruba, hace una mezcla interesante.
Su salida de Cuba desde la década del 20, Lam la define con una certera objetividad.
—Yo sabía que en Cuba nadie me iba a comprar un cuadro. Estaba seguro de que aquí no podía vivir como pintor. En aquella época te decían: “regálame un cuadro que voy a ponerle una moldura bonita”.
—Cuando yo venía a Cuba desde Europa, tenía muchos amigos estudiantes universitarios; ellos eran los más interesados por la información. Con ellos se hablaba más de política que de pintura.
En el país había una tremenda amargura y yo pensaba que eso nunca se podría acabar. Por eso admiro tanto a Fidel, ya que ha hecho a los cubanos sentirse cubanos.
El retorno de Lam a Cuba en 1942, después de dieciocho años de ausencia, fue fundamental para el trabajo artístico. En ese año pintó uno de sus cuadros más comentados: La Jungla. Es esta obra que por vez primera define en una extraordinaria síntesis artística, el sincretismo de esta realidad que él mismo lleva reflejado en su sangre de asiático, africano y europeo. A partir de entonces Lam vuelve a Cuba en múltiples ocasiones y por diferentes motivos. Ahora permanece entre nosotros para tratarse la enfermedad que lo aqueja.
Nuestra entrevista se ha extendido más de lo previsto. A Lam le gusta hablar y siempre busca un pretexto para prolongar la conversación. Por último nos invita a hojear un magnífico volumen editado recientemente en donde se recoge toda su vida y obra. El libro es sencillamente magnífico. Mientras pasamos las páginas, Lam dice algunas frases y anécdotas relacionadas con su pasado. Su memoria es un archivo si límites. Casi al despedirnos, hace un comentario que más bien nos pareció una sentencia:
—Hay una frase en el testamento de Picabia que es muy buena: “Muero con placer al pensar que mi pintura no le agrada a la gente que me desagrada”.
El Caimán Barbudo No. 157
Enero de 1981

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