Actualizado el 11 de mayo de 2010

Lo tengo to’ canta’o

Por: . 21|4|2010

William VivancoWilliam Vivanco acaba de realizar uno de los mejores conciertos de música popular cubana que he disfrutado en mucho tiempo. Digo música popular, sin echar a un lado la categoría de trovador que ostenta y desde la cual nos entregó sus canciones. Por otra parte, la trova es cultural popular —esencia fundacional de ella—; pero lo que quería insinuar es que este concierto trovadoresco fue también un bailable.

Si bien en todo momento estuvimos ante la figura del cantautor con su guitarra y acompañado por otros músicos, el resultado fue un contagioso y variado espectáculo sonoro en el que era imposible permanecer sentado, sin echar unos pasillos. Vale agregar que poco faltó para que saliera arrollando una conga, a pesar de la limitación de espacio por el amontonamiento de público. A propósito, muchos quedaron con ganas de entrar a disfrutar del concierto. Algunos amigos me comentaron —yo mismo lo pensé— que la salita de Bellas Artes, de unas 250 capacidades, es muy pequeña para un músico de tanta convocatoria. Pero a la hora de sacar cuentas, creo que eligieron bien: las excelentes condiciones de audio, acústica, de luces, y lo cercanos que están los músicos al público —hasta del oyente más distante en el lunetario—, hacen de esta sala la ideal para una presentación que busque la entrega plena, la calidez, la intercomunicación con el espectador; y creo que William quería, precisamente, mostrar todas sus potencialidades en un recorrido por su obra, como quién quiere colocar la varilla de su arte para saber el punto al que ha llegado.

He podido seguir a Vivanco prácticamente desde que comenzaba a hacer canciones. Sería finales de los 90 cuando me lo presentó Salvador Palomino allá, en su Santiago, al que asistíamos por un evento de la Asociación Hermanos Saíz. “Silviaba” yo con la guitarra, en uno de los cuartos de Villa Trópico, y él me dijo, poniéndome la mano en el hombro: “Mira compay, aquí te traigo a uno que va a ser de los más grandes de la trova cubana”. Seguramente sonreí para mis adentros, conociendo el gigantismo verbal de Palomino cuando quiere apuntalar a un amigo (y hasta cuando no lo es). Si bien me pareció una de sus habituales exageraciones, luego de algunos “licores” y varios guitarrazos, aquel flaco de espejuelitos —yo no precisaba si muy tímido o algo zoquete—, ciertamente traía un aire nuevo en su canto, con una ternura desenfadada y el sello de la tierra caliente. Luego hemos compartido muchas descargas en peñas, casas de amigos, y he seguido la ruta de sus discos y presentaciones. A propósito, hace apenas dos meses, hizo otro excelente concierto a pura guitarra en el Patio de Baldovina de La Jiribilla. Esa vez fue el trovador, centrado en sus temas más líricos, afincado en una guitarra que sabe de los elementos de la trova tradicional, los que él combina con una búsqueda de los ritmos caribeños, haciendo peculiar su ejecución.

Ya muestra William una poética suya, con textos que emergen plenamente del acontecer cotidiano, desde una mirada profunda pero sin rebuscamientos, cercanos a la ocurrencia del ser callejero. Versos tratados con elegancia, sin pretensiones de filosofar, basado más bien en el juego de palabras, que lleva al de ideas, desde la ocurrencia… Asimismo, cuando el tema es de amor, prima el toque sensual, que puede llegar a ser suplicante, pero sin tragedia ni melodrama; su galanteo es —buen oriental al fin— chispeante, piropeador.
Asombra como en tan poco tiempo puede preparar dos conciertos, tan limpios y plenos ambos, en direcciones tan distintas. En Bellas Artes primó el músico, sin perder las características de su poética, incluso sin hacer concesiones o regodearse en las canciones más “pegadas” popularmente. Se cuidó del menor exceso en un tumbao o mambo, o gozadera de estribillo. Fue combinando canciones de sus discos Lo tengo to’ pensa’o y La isla milagrosa con algún que otro estreno o pieza poco conocida, por pertenecer a su tercer CD El mundo está cambia’o. Los músicos que lo acompañaron (Mario Doniec en la guitarra eléctrica, Carlos Cuba en el bajo, Julio Rigal en la trompeta, Yandi Fragela en el drums, y Emilio del Monte y José Carlos Cepeda en la percusión) supieron crear atmósferas diversas, con virtuosismo, siguiendo siempre a la guitarra y dándole cuerpo a la música, con sustancia y gran limpieza de ejecución, sin buscar protagonismos disociadores.

No me gusta utilizar el término fusión, pues se ha manoseado para justificar o realzar cierta musiquilla que se hace mucho —y por muchos—; digamos que un bodrio pop al que se le hecha en el saco, desde la epidermis, elementos llamativos de las sonoridades caribeñas o brasileras; prefiero decir que en este concierto William Vivanco demostró un profundo estudio y asimilación de los géneros y ritmos no solo del Caribe, sino de las más diversas culturas. Lo mismo sonaba un buen reggae de Jamaica, o palo haitiano, que un aire árabe, flamenco, de blues o de rock, samba, bossa nova o batucada de Brasil, tango o milonga argentina, y qué decir del pilón, rumba, guaracha, son y hasta cierto toque de chachachá. Todo traído de raíz, no como quien disfraza una canción buscando aplauso fácil. Resultado: un concierto de una riqueza musical que tenía de todos los rincones del mundo, y en todo momento a la cubana, filtrado y depurado de manera que fuese cual fuese el recurso al que le echaba mano, uno sentía estar ante los temas de William Vivanco: un santiaguero, con conocimiento y sentido, con una identidad desde la cual se comunicaba.

De ahí que la respuesta fuese realmente apoteósica: un publico en plena sintonía, tarareando o haciendo voces (especial felicitación para el coro femenino desde el lunetario), que se mantuvo mayormente de pie, batiendo palmas o bailando, delirando (y delirante) en cada canción, con un goce intenso, de quien comparte una poética, no de fanatismo tonto (no poco usual en nuestros días).

William Vivanco ha ofrecido el sábado 13 de marzo en Bellas Artes un espectáculo en el que mostró su arte trovadoresco y musical de hondo calado y gran poder de comunicación. Sin asomos de populismo, o de “popear” su canción, ha hurgado en disímiles culturas musicales, para procesarlas y con ellas lograr ese buen decir. Sin dudas, un concierto muy bien trabajado con los músicos que le acompañaron, con un repertorio que nos lleva a recorrer mundos desde el contagio de la riqueza espiritual y sonora de nuestros pueblos, y en especial de su Santiago de Cuba. Y lo mejor: Tanto en el concierto de La Jiribilla como en el de Bellas Artes, en William Vivanco primó la gracia de la sencillez, demostrando que su sino es la búsqueda, la creación, y que no se ha sentado en el éxito de sus discos precedentes (lo cual suele marear a no pocos).Tenía razón mi amigo Palomino, cuando auguraba sus dimensiones; saliendo de su concierto puede decirse que, en efecto, El Cimarrón lo tiene to’ canta’o.

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