Actualizado el 27 de mayo de 2010

Lo que importa es la música

Por: . 21|5|2010

En pocos días y noches, en La Habana, el baterista Horacio “El Negro” Hernández tuvo una buena cantidad de razones para sentirse feliz. La más grande, con toda lógica, fue haber vuelto a Cuba tras una ausencia de veinte años. Las demás: seguramente una serie de emociones concatenadas que le pusieron el corazón en mejor lugar.

Vino a acompañar a su connacional, el flautista Maraca, y una serie de estrellas de jazz de Cuba, Estados Unidos, Canadá y hasta Japón, en un concierto que antes ofrecieron en Monterrey, Estados Unidos, y luego en Colombia. Y se topó, la tarde del ensayo final, frente al teatro, con una fila de estudiantes de percusión que lo esperaban para saludarlo, ofrecerle sus reverencias, y sobre todo, escucharlo, que es lo más importante cuando los admiradores se encuentran con su ídolo.

Entre los planetas musicales que subieron al escenario habanero estuvieron el percusionista Giovanni Hidalgo y el saxofonista David Sánchez, ambos por Estados Unidos; el pianista Harold López-Nussa y el trompetista Julio Padrón, de Cuba; la violinista japonesa Sayaka y el trombonista canadiense Hugh Fraser.

Aunque todos conformaban la constelación, el nombre de Horacio fue mencionado con sabor especial, y todo el tiempo estuvo flanqueado por una admiración sin límites tanto de músicos como de periodistas, críticos, estudiantes de música.

“La música que tocamos en ese concierto fue fresca, que es la música que me gusta, o sea, la que se toca primero y después se graba. Es como estar aprendiendo la música antes de entrar a un estudio a grabar. Cuando te aprendes la música para grabar y después la tocas en los conciertos, pierde frescura, no es lo mismo que ensayarla para tocarla en un escenario y luego grabarla”, me explica casi antes de regresar a Estados Unidos, donde vive. Estamos sentados en la espléndida terraza del Hotel Nacional, donde por primera vez sale el sol tras una semana de días muy fríos y nublados.
En cuanto sale a la terraza y se sienta, levanta la vista y se encuentra con un inesperado paisaje: “Ah, Dios mío, mira eso, qué lindo, mira qué sol ahora”.

—¿Es que estabas tiritando de frío? —le pregunto en broma, conociendo que donde vive le sobra el frío.

—No, es que uno no viene aquí al frío, sino a esto precisamente, y ahora, cuando me voy, es cuando sale el sol y se pone esto así.

A propósito del concierto que hizo dos noches antes con Maraca, algunos críticos, periodistas, e incluso músicos que fueron como espectadores, esperaron un poco más de concepto y les pareció, aunque magnífica e inolvidable, excesiva la descarga al unísono de todos los músicos. Sin embargo, “El Negro” Hernández —que no es negro en realidad, sino muy trigueño— cree que no tuvo nada de extraño e inclusive es inevitable entre músicos cubanos. “Esa descarga constante es consecuencia del gusto de los músicos cubanos por la violencia musical. Nos gusta esa violencia en la música”, afirma.

La conversación transcurre en apenas cuarenta y cinco minutos, tras un fallido intento una hora antes debido a una confusión en la hora de la cita. Horacio responde calmadamente, mientras contradice verdades que son como templos en ambientes musicales de la Isla, como que los estudiantes de las escuelas de arte no aprenden los géneros cubanos y al graduarse apenas los dominan. “He escuchado decir eso, pero me parece absurdo. El problema es que un músico cubano tendrá siempre dentro la cubanía, eso lo lleva dentro, va creciendo con esos géneros. Por eso es lógico que mientras estudian, quieran y sientan la necesidad de conocer otros ritmos, pues los cubanos los tienen dentro desde chiquitos, crecen con ellos, no tienen que aprenderlos. En mi caso, la música cubana siempre estuvo ahí de manera inconsciente, incluso cuando era joven y escuchaba rock y sobre todo jazz porque mi casa permanecía inundada de jazz gracias a mi padre”.

Horacio Hernández padre fue un ardoroso defensor del jazz desde una cabina de la emisora CMBF, el bastión de la música instrumental en Cuba. Lo hizo durante muchos años en su programa La esquina del jazz, y dicen que tenía en casa una gigantesca colección de jazz.

En los años 80, tras ser batería de Gonzalo Rubalcaba, Horacio hijo le dio a Cuba un adiós y se fue a probar fortuna entre los más grandes. De acuerdo con amigos de su primera juventud, se había prometido tocar con las luminarias mundiales cuando algunas de ellas, como Billy Joel y Rita Coolidge, cantaron y tocaron en La Habana. Dicen que algo así aseguró, entre amigos: “Yo voy a tocar un día con grandes como ellos”. Y la verdad ha sido esa: ha tocado hasta con Carlos Santana en su disco Supernatural.

Esa confrontación con músicos de los cuatro puntos del mundo le ha ayudado a ser mejor. En su opinión, ha sido importante en su carrera. “Es imprescindible que los músicos confronten su trabajo internacionalmente, que salgan de sus países, se reúnan y creen, pues se trata de la evolución, del momento histórico, y todo contacto es importante”, abunda.

Una de las leyendas que alimentan la existencia de Horacio es su supuesta capacidad para tocar a la vez en varios grupos de jazz de primer nivel y hacerlo en todos de modo brillante. Desde hace tres años fundó el suyo, Italuba, un cuarteto “como caído del cielo”, dice, y señala hacia arriba.

Estaba de visita en Italia, impartiendo varios seminarios de percusión —otra faceta de su vida profesional—, cuando se encontró con su amigo, el guitarrista cubano Daniel Noel, que entonces tocaba como bajista en un club. Se sentaron a conversar, soñaron con un grupo propio, buscaron a otros dos buenos músicos cubanos que también vivían en Italia, y comenzaron a tocar. Horacio se quedó a vivir allí y grabaron su primer disco. Así surgió Italuba, nombre que combina los cariños hacia Italia y Cuba.

Desde entonces, Italuba ha ido viento en popa. Ahora están grabando el tercer disco, un álbum doble. El segundo CD, con temas de Chico O’Farril arreglados por ellos, es un homenaje de Horacio a su padre. Algunos de los colegas a los que llamó para este disco son Giovani Hidalgo —que tocó también en el concierto del Todos Estrellas de La Habana— y Luis Conte.

El virtuosismo es otro término que acompaña la vida musical de “El Negro” Hernández, asociado siempre al dominio perfecto del instrumento y a la capacidad deslumbrante de ejecutar, que es como se entiende popularmente. Sin embargo, para él, “el virtuoso es el que la da a la música lo que pida en un momento dado. Durante la improvisación, por ejemplo, hay que estar preparado para responder a cualquier cosa en el momento adecuado. Eso para mí es ser virtuoso”.

—Y hay que dominar perfectamente el instrumento…

—Claro, es imprescindible.

En cuanto a su doble condición de conferencista y músico, Horacio se queda pensativo ante la pregunta de cuál de las dos facetas disfruta más, pero enseguida explica: “Debiera decir que, sin dudas, disfruto más la música, pero los percusionistas hemos sido siempre una especie de raza dispuesta a compartir conocimientos, a pasarnos unos a otros lo que sabemos y a reunirnos para eso. Y eso también lo disfruto mucho. Me gusta reunirme con mis colegas a hablar de percusión”.

En realidad, Horacio “El Negro” Hernández disfruta a fondo cualquier cosa que se relacione con el arte de tocar, sobre todo de tocar batería, porque el amor y el respeto que siente por la percusión y por la música carecen de límites.

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