Actualizado el 27 de diciembre de 2010

Herencia de familia

Por: . 8|12|2010

Qué lástima, mis contemporáneos no oyen boleros. Quizás no tuvieron un abuelo viejo con miedo a la muerte, asido al pasado, y que escuchara pegado a un tocadiscos la música de su juventud.

Abuelo ya no está. Como no están tampoco los bares y las vitrolas de la década del cincuenta. Y por esos trucos y pactos de la tradición, la familia y las herencias, uno se encuentra de pronto añorando ambientes que no vivió. Amores, desengaños, traiciones, injurias. La noche como una fiesta de borrachos. Las mujeres como cuerpos sin tacha.
La bohemia de Cuba fueron los cantantes del medio siglo y sus boleros: que son un catálogo del alma, una radiografía del género humano. La Habana fue el París del mestizaje; el Ali Bar, el Moulin Rouge.

Y pensar que mis contemporáneos se desentienden. Y pensar que abuelo se fue sin degustar las limpias canciones de Descemer Bueno.

Porque la vida del bolero se ha extendido a particularidades que lo incorporan de raíz, sin artilugios; y Cuba sigue dando canciones memorables. Sea por la fuerza de la simbiosis insular —España, África, guitarra, bongó—, sea por la diversidad espeluznante de voces a lo largo de los años, sea por el velo de nostalgia que recorre cada uno de los temas cubanos.

No importa la estructura, los arreglos, el lenguaje, la métrica. Un buen bolero debe ser triste, solitario, errante. De ahí que Pepe Sánchez haya compuesto “Tristezas” alrededor de 1886 en Santiago de Cuba, y este haya sido reconocido como la primicia del género.

Cuando América Latina entró en la desigual competencia cultural de fines de la modernidad occidental, el bolero perdió aliento ante una ola romántica de baladas y muchos estruendos sentimentales.

Se sostuvo en las interpretaciones internacionales del feeling cubano —“Contigo en la distancia” tiene más de cien versiones—, en la voz de Chavela Vargas, y en la hermosa sencillez de Manzanero. (Alguien me dijo que para García Márquez los boleros de Armando Manzanero eran de lo mejor escrito en lengua española. Si el hecho no es real, merecería serlo.)

Pero en Cuba, acostumbrada a la contracorriente, el género siguió, metamorfoseándose en nuevas poéticas. Pablo tiene un clásico en “Para Vivir”, y Silvio en “Roxana” un universo.

Los adjetivos para calificar los buenos boleros son pocos y fáciles. Porque los boleros son limpios, sencillos, nobles, dóciles, indefensos, inocentes, abiertos, cerrados, pacíficos, intolerantes, desgarrantes, antiguos… y basta.
Traen la sincronía de lo armónico y portan una síntesis incapturable. Dicen todo con poco, con nada, solo necesitan el estilo ebrio y despreocupado de Rolando la Serie, el torrente abrumador de Elena Burke, las inflexiones inauditas de Omara.

El sentimiento que no quepa en un bolero no es sentimiento. Hoy precisamos del azar, de un retazo del Benny por la calle, de un fragmento extirpado de la radio, atrapado con ligereza. Los boleros son tímidos y no están de moda. Nunca vendrán a nosotros. Nacen de una música tan sostenida que ya la tomamos por silencio. Pululan por los mostradores de los borrachos, por la trastienda de lo evidente. Se camuflan y cuesta trabajo dominarlos.

Al final no sabremos si fue mejor caer en sus fauces o haber ignorado su presencia. Decimos que es música de viejos y terminamos convertidos en vitrolas de un sonido ancestral.

De golpe, convergen mujeres de cuerpos intachables. “Dos gardenias”. Penas. Bares. “Plazos traicioneros”. Cantinas. “Ojos de cielo”. “Fiebre de ti”. La CMQ. Contratos. Giras. “Veinte años”. Ambientes que uno no vivió. Y un abuelo con miedo a la muerte —asido a la década del cincuenta— que arrima el oído a un tocadiscos y revive un lejano desamor.

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