Actualizado el 24 de julio de 2011

Teatro Nacional, 26 y 27 de noviembre

Un parto de luz

Por: . 10|1|2011

EL GERMEN

Si les contara a los lectores de El Caimán que durante los días 26 y 27 de noviembre últimos fui a un concierto de rock en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional, y que junto a la puerta de entrada tuve la suerte de encontrar al colega y amigo Joaquín Borges-Triana, en una de sus habituales cacerías musicales por el entorno citadino. Si les dijera además que, gracias a ese encuentro fortuito, me cupo el privilegio de ocupar una luneta en primera fila (de las comúnmente reservadas a la prensa). Si les transmitiera, por último, mi opinión más sincera sobre el espectáculo, señalando la sobriedad del diseño escenográfico, la organicidad del programa y el sonido a la altura de lo esperado, acabaría por redondear la crónica y alcanzaría a satisfacer mi compromiso con la redacción de la revista. Mas no estaría siendo enteramente justo.

La historia se retrotrae al mes de mayo de 2009, cuando el diseñador y fotógrafo Nacho Vázquez gestaba su exposición personal Estado de gracia en el patio de la Casa de la Poesía de la Oficina del Historiador, cuya inauguración trascendió las fronteras de lo estrictamente plástico para devenir hecho musical de absoluta envergadura. Fue la ocasión entonces de disfrutar por primera vez en público (hasta donde me consta) de unos Tesis de Menta “desconectados”, acompañados en el modesto escenario por importantes músicos de la escena cubana actual, como Haydee Milanés o William Vivanco. Ese fue el germen —me cuenta el propio Nacho—, porque la música, según su criterio (también el mío), no se puede acorralar, sino dejar que fluya con espontaneidad entre los géneros, para enriquecimiento de todos.

Meses después de Estado de gracia, los de Tesis fueron otra vez a la carga en la sala-teatro del Museo Nacional de Bellas Artes. Esta vez mostrando un resultado aún más maduro —ensayos mediante— dado que el repertorio de la banda, su manera de tocar y la capacidad de acercarse al trabajo autoral de sus invitados ocasionales, permitía divisar desde ya un evento mucho más abarcador en el futuro. Su materialización tuvo lugar el último fin de semana de noviembre en el Teatro Nacional, bajo el insinuante título de Somos luz.

EL HAZ DE LUZ

Somos luz no fue estrictamente un concierto de rock. Es decir, más que hablar de la presentación de una banda como Tesis de Menta, a quienes puede verse y escucharse en otros escenarios —más o menos de manera habitual— habría que referirse a la función teatral en sí, como acontecimiento de profunda resonancia artística, y a cuanto el mismo representa para la música cubana contemporánea. Veamos por qué.

En primer término, porque se trata de la primera vez (por lo menos hasta donde estoy en condiciones de recordar) en que una agrupación cuyo estilo se decanta única y exclusivamente por el rock —si bien es cierto que en su concepción más ecléctica y abarcadora—, se constituye en centro de un espectáculo concebido para el teatro, en dos partes, y rodeado de una lista de participantes que a simple vista asombra por su diversidad y extensión. Al respecto baste mencionar algunos nombres: Esteban Puebla, Haydee Milanés, Gerardo Alfonso, Raúl “El Chino” Verdecia, Tanmy López, Carlos Díaz y Qva Libre, William Vivanco, Iván Latour, Lynn Milanés, Santiago Feliú, Ruy López-Nussa, Suylén Milanés, Jorge Luis Valdés (Chicoy), Hansell Arrocha, Alejandro Valdés, Miguel de Oca…

En segundo término, porque el público que colmó las capacidades de la Sala Covarrubias, tanto el viernes como el sábado, se destacó precisamente por no ser el que habitualmente se da cita en los conciertos de rock. Esa eventualidad merece no ser pasada por alto. La conformación de un auditorio variopinto, en el que resultaba obvia la pluralidad generacional, podría obedecer a una de dos causas: la primera, porque a los seguidores de Tesis se sumaron cada noche los fans de los convidados (simple aritmética). La segunda (quiero creer que de mayor incidencia) porque a quienes prefieren la canción de autor y la descarga virtuosa (dentro de los cánones del jazz, por ejemplo) les resulta atractiva la idea de adentrarse en tales territorios desde la perspectiva de una banda de rock & roll. Si así fuera, solo un elemento alcanzaría a justificar el manifiesto interés: la magnitud del trabajo desplegado por la tropa que encabeza Roberto Perdomo durante poco más de siete años, defendiendo una estética que no en pocas ocasiones mereció el rechazo a priori de funcionarios y gerentes.

No centraré mi atención ahora en la enumeración taxativa de las virtudes (en verdad son muchas) que distinguen a la banda anfitriona dentro del panorama —me resisto a decir que rockero, sino musical, en su sentido más amplio— de la Isla, porque es común que se endilgue ese tipo de cumplidos cuando se entra a valorar la obra de los cultores del género, y se dice: “fulano o zutano ocupa un lugar destacado entre los músicos que hacen rock en Cuba”, pareciendo que por el mismo hecho de “hacer rock” no tienen acceso al rating que agrupa al resto de los creadores musicales del país, cualquiera sea el estilo que abracen. Cabría preguntarse entonces: ¿es música menor el rock? ¿No puede medirse a sus “hacedores” con el mismo rasero que se mide a los intérpretes de jazz o de música tradicional cubana?

Ninguna de las dos interrogantes resiste el más somero análisis. Es cierto que algunos modos de hacer, algunos géneros, exigen cualidades adicionales a sus ejecutantes, dada la complejidad técnica de los mismos (el free jazz, por ejemplo, los jam sessions), pero el virtuosismo escapa a cualquier tentativa de encasillamiento. Los buenos músicos serán siempre buenos músicos, ya sea que toquen rumba o música folclórica escandinava. Roberto Perdomo, por la mencionada razón, es un compositor con una obra respetable y de indudable peso dentro de la cancionística cubana más reciente. Beatrix López es una intérprete de excelencia, poseedora de una voz y una técnica impecables. Y el rock…el rock es solamente el vehículo.

Claro que no siempre concurren tales circunstancias en nuestras agrupaciones de perfil rockero. Hay (habrá) mucho mimetismo todavía y falta de imaginación. Continuaremos sobrellevando (quizá hasta el infinito) las armonías monótonas y los cansinos textos, repletos de lugares comunes, aunque sin poder afirmar que se trate de un fenómeno privativo del rock, en tanto abundan los ejemplos análogos en géneros de gran demanda comercial como el reggaetón o el pop.

Otras muchas precisiones gravitan sobre el medio rocanrolero nacional: ¿Qué circunstancias determinan, por ejemplo, que un elevadísimo por ciento de los amantes de esta música en Cuba inclinen la balanza a favor de las llamadas “tendencias extremas”, con la dominante metalera en primer lugar y muy contadas excepciones en una cuerda —por decirlo de algún modo— un tanto menos agresiva? ¿Qué motivos condicionan el rechazo manifiesto de un sector numeroso del público rockero hacia tendencias del género orientadas a lo melódico o a la fusión con el jazz, el funky y los ritmos latinos? Estilos de resonancia universal a lo largo de varias décadas como el bluesrock, el grunge y las corrientes progresivas; escuelas que apuestan por la alternatividad y la experimentación; movimientos que fructifican en torno al llamado Rock In Opposition, ¿por qué han tenido tan leve impacto entre las bandas del patio y entre los adeptos, en general, de esta cultura? Escapa (otra vez) a mi intención hincar a fondo el bisturí y aventurar una hipótesis, sino más bien rasgar la epidermis y exponer a los interesados el dilema, en la búsqueda de probables respuestas.

EL PARTO

¿Qué saldo deja Somos luz al contexto musical cubano de estos tiempos? Pues ante todo la demostración de que el rock & roll, hecho con profesionalidad y poesía, puede convertirse —también en Cuba— en un fenómeno de multitudes, cuando una banda, a base de voluntad y carisma, es capaz de aglutinar a músicos de proyecciones diversas en la concreción de un resultado sonoro excepcional.

Deja igualmente la certeza de que muchos de los principales exponentes de la llamada canción de autor cubana se han nutrido, en algún momento más o menos cercano de sus carreras, con la savia proteica del rock; desde los que muestran una palpable influencia como Iván Latour y Santiago Feliú, hasta los que beben más directamente de la tradición caribeña como Gerardo Alfonso. Puede que se trate de una reflexión inocua, pero entraña un matiz de innegable trascendencia, por cuanto la afirmación implica el desmoronamiento del mito ancestral del desarraigo y el fracaso definitivo de quienes presentan el rock como un producto ajeno a la cultura nacional, sin huella identificable entre los creadores isleños y sin legitimidad posible en la conformación de nuestro enjundioso corpus musical.

Deja, por demás, la sensación de que una apreciable cantidad de habaneros continúan interesándose en acudir al teatro y disfrutar el hecho artístico en sí mismo, sin que medien las ofertas de cover y los consumos mínimos. Una consideración nada despreciable, por cierto, si se tiene en cuenta que resulta sintomática la marcada predilección del público capitalino por los cada vez más numerosos espacios nocturnos en los que se puede acceder a una producción musical de altos quilates, pero reservada casi en exclusividad a los nacionales y extranjeros con solvencia suficiente para cubrir las generosas entradas.

Por si fuera poco, deja el gustazo de apreciar en directo los “disparos” de Jorge Luis Valdés y El Chino Verdecia, dos de los más talentosos guitarristas cubanos de ahora mismo (los solos de Chicoy para “Los nuevos días” y “Bolero blues” en la sesión del sábado sobrepasaron cualquier expectativa); o el lirismo experimental de la violinista Tanmy López (de hipnótica aparición en el tema “Fragmentos”); o el despliegue multi-instrumental de Esteban Puebla (lo mismo al teclado, que al bajo, que a la guitarra); o el timbre voluptuoso de la voz de Haydee Milanés (enigmática, como bien la percibe Juan Camacho); o la enérgica apropiación de “El porvenir” por parte de su hermana Suylén, durante la primera noche.

Deja en suspenso, por último, un llamado insistente a las puertas de nuestras instituciones culturales, para evitar que Somos luz, dentro de un par de meses, descienda a los abismos y perdure no más como un recuerdo agradable en la memoria de los asistentes; de modo que La Anunciación —nuestra bandera con silueta de mujer encinta, en lo más alto del proscenio (como la concibió el joven artista Hanói)— retorne con la criatura en brazos a presidir la siguiente jornada de conciertos. Tal vez será difícil, pero al arte corresponde derribar todas las barreras, cuando se apresta a abandonar los cánones y remontar el vuelo. Y todo parto de luz es doloroso.

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