Actualizado el 24 de julio de 2011

Liliana de los ríos eternos del Sur

Por: | Fotos: . 10|4|2011

Se acercó la noche
y entre sus silencios
se filtró tu aliento como un bandoneón

La conocí hace un año. Llegó con Víctor Casaus y María Santucho; caía la tarde y estábamos guitarreando con Cuatro de Trovas (jóvenes músicos de Argentina, herederos de los espíritus más poéticos de tierra adentro) en el patio bar de los estudios Areito de la EGREM. Llegó, con la naturalidad de las aguas que corren por sus ríos, con la sencillez martiana que irradia la virtud.

Se inclinó la luna a un viejo lamento
vistiendo algún pobre para la ocasión

Sus ojos escudriñaban aquel rincón de una Habana nueva para ella, como escarbando en sus seres, sus paredes… Parecía absolverlo todo, prestándole hipnótica atención a quienes buscábamos darnos en canciones. Tras un buen rato, alguna chacarera la levantó y entonces se hizo el verbo, cantó Liliana Herrero, y fue como si la tierra se abriera y dijera con nueva voz sus más ancestrales dolores y sueños.

Y crecieron ríos
arrastrando penas
máscaras y modas —castigos de dios—

Como un manotazo en el rostro de la modorra con la que nos va apresando la seudocultura consumista y globalizada, su voz regó todas las fichas de conceptos musicales que se pueden traer; no dejó alternativa, cantaba Liliana, y en la cabeza un remolino de ideas y sentimientos se replanteaba todo; tras su voz, se escucha cualquier música con otros ojos.

Te ofrendaste al viento
tras una guitarra
burlando entre versos
la desilusión

Después, gracias a un encuentro en el Centro Pablo, la vimos en una charla donde más que explicar se preguntaba, encontraba y salía a buscar de nuevo, razones que vienen en el viento desde los ancestros y que necesitan que las hallemos, no para depositarlas en un altar o siquiera asumirlas, sino para poder tener tras ellas una respuesta propia, una mirada auténtica. No se podía distinguir el límite entre el canto y la conversación, era parte del mismo poetizar, después del cual uno no puede ser sino mejor.

Se escapó la luna con algún demonio
que rondan los montes donde se aman dos

Ha vuelto Liliana este febrero, para 3 conciertos en 4 días entre nosotros, ha pasado como un huracán de máxima intensidad por las almas que la contemplamos hechizados. Cantar es otra cosa después de vivirla haciendo canciones con el cuerpo, el espíritu y la voz. Me puedo jactar de haber asistido a conciertos de muchos cantautores importantes, y por azares de la vida o labores o pasiones que profeso, he podido ver suficientes videos de una buena parte de los grandes cantores (a veces casi desconocidos pues ya se sabe que con zurdos no trafica la publicidad) de nuestras tierras; y debo confesar que nunca había visto un canto salir de tan hondo, llevar tanta carga sentimental. De las conversadas con algunos trovadores que asistieron a sus conciertos, puedo concluir que haber visto a Liliana Herrero nos ha llevado a un replanteo del sentido de la canción, como si nos expandiera los límites en que la habíamos encerrado.

El primero de los conciertos fue en el Centro Pablo, tras haber recibido ella y su compañero de vida, Horacio González, la más alta distinción que entrega esta institución y que lleva el nombre de ese gran intelectual internacionalista que fue Pablo de la Torriente Brau; lo cual resultó muy emotivo y tierno, pues Liliana y Horacio son de esas parejas que expanden el amor, porque comparten desde los pequeños y naturales detalles y quehaceres cotidianos hasta los hallazgos cósmicos de dos seres entregados a descubrir los más remotos parajes de la cultura de nuestros pueblos.

Caía una llovizna muy tenue, en esa tarde del viernes 11 de febrero, en el Patio de las Yagrumas; un cernidito, que no dejó de acompañarla como una bendición de su ser, pues Liliana, por ser entrerriana, lleva a las aguas en su esencia vital. De entrada nos pidió que si la lluvia arreciaba nos mantuviéramos allí, que ella seguiría cantando porque era muy importante ese primer concierto en Cuba. Acompañada solo de un guitarrista tan joven como excepcional, Pedro Rossi, fue recorriendo palmo a palmo cada rincón sonoro de la Argentina. Un regalo especial de ella fue sumar al Dúo Karma con su trovar depurado, de detalles, que llega desde el estudio minucioso de sonoridades e instrumentos folklóricos diversos. Hicieron junto a Liliana unos versos que musicalizaron de Miguel Hernández, un poema que —no por casualidad— se titula “El corazón es agua”, de un lirismo exquisito.

El segundo de los conciertos fue en el Pabellón Cuba en plena Feria del Libro. Allí ni las dificultades del audio, ni el público tan diverso y de paso por el gran recinto, impidieron la comunicación de Liliana con la gente, a fuer de esos cauces torrenciales de su voz. Allí gozó ella después, de la diversidad de maneras de hacer canciones de La Trovuntivitis, (término que le resultaba impronunciable a ella y terminó expresando “qué complicados son ustedes los cubanos”). Se rió mucho con esas ocurrencias de Roly Berrío, y prestó mucha atención a las poéticas de Leo García, Raúl Marchena, Yordan Romero, Alain Garrido, Michel Portela, Yaima Orozco, Irina González, Dieguito Gutiérrez… en fin, esa generación de El Mejunje que hizo corear y bailar al gran público.

La despedida, que siento como un “hasta pronto” de Liliana, fue en la sala Che Guevara de Casa de las Américas, el lunes 14 de febrero. Otro concierto descomunal, donde las chacareras, sambas, milongas, vidalas… nos trajeron el alma ancestral de todo un pueblo, más que argentino, humano, con momentos en que el estremecimiento se nos convertía en llanto o en ese dolorcillo que aprieta el pecho cuando los sentimientos llegan a su estado más puro, o crítico, o de ganas de abrazar a todo semejante, presente o ausente en estos días. ¡Pasan tantas cosas por la mente mientras se le escucha!

Invitó nuevamente al dúo Karma, en algunos momentos a Irina González que se lució tocando la flauta como una auténtica hija del sur. Y debo volver sobre el guitarrista Pedrito Rossi, quien vive cada acorde a la par de la intensidad que ponga en su canto Liliana, muy expresivo, con un conocimiento de lo que se quiere decir, de la tradición guitarrística que viene de Atahualpa y de esos seres que en los llanos e intrincados parajes pamperos han llevado el instrumento como extensión del cuerpo con la cual sacar del alma las dudas, sueños, temores, añoranzas; lindo Pedrito, padeciendo cada tramo de esos múltiples laberintos poéticos por los que se adentra nuestra cantora.

La comunicación de Liliana fue total; por momentos el público palmeaba o susurraba frases de las canciones, o hacía ese silencio cómplice que es como temor a perderse un detalle; momentos en que el sonido del obturador de la cámara de algún fotorreportero resultaba escandaloso. Canciones como “Dale alegría a mi corazón” de Fito Páez, con la que todos cantamos, o “Guitarra dímelo tu”, donde Atahualpa se nos reveló en toda su espesura poética, están entre los más preciados espacios de tiempo que se puede guardar uno en la vida. El público ovacionó a Liliana como a una hermana entrañable. Y la despedida nos llevó al límite ya del amor, cuando nos hizo la anécdota del adiós a Mercedes Sosa. Fueron minutos en que estuvo sola junto a su cuerpo de india hermosa de la América nuestra, ya dormida eternamente, y le cantó “Te abracé en la noche” de Fernando Cabrera.

Hay que agradecerte, Liliana, la oportunidad que nos diste con tu canto de tener tan cerca a La Negra mecida por tu voz. En ese instante supimos que tú tampoco te irás, incluso aunque no vuelvas.

Te abracé en la noche
Era un abrazo de despedida
Te ibas de mi vida.
Te atrapó la noche
La oscuridad traga y no convida
Quedé a la deriva.
Tal vez fue un derroche
Los sentimientos más bendecidos
Flotan como idos.
Te besé en la noche
Con aquel beso desconocido
Que se fue contigo.

Siempre he sentido al encontrarme con Liliana Herrero, que converso con los siglos americanos, como si fuera una persona de hoy y de siempre, como si esa Liliana que está delante fuese el alma apresada de todo el Sur: sabia, sencilla, tierna y curtida, y fuerte a la vez. Alma apresada del Sur, que ha sido golpeada por la espada y por la cruz colonial, y por el consumo y el imperio mediático que poda a las almas, suplantándoles la memoria y la capacidad de poetizar, con una feria de ilusiones frívolas, carroñeras, homicidas. Alma apresada del Sur que, como el cadáver del poema de Vallejo, ante el reclamo creciente de la humanidad, se incorpora lentamente y echa a andar.

Se nos fue la noche
y hasta sus recuerdos
pero siempre, al alba,
se escucha tu voz.

Categoría: Música | Tags: |

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados