Actualizado el 24 de julio de 2011

Disonancia personal con la Década Prodigiosa

Por: . 31|5|2011

…y eso lo separaba tajantemente de (…)
los que veían en el rock y en toda la
música que nuestra Piña hizo suya desde
los días brumosos del Pre de Marianao, en
Lennon, en Dylan y en Janis Joplin, una
peligrosa oleada extranjerizante que había
que combatir sin piedad.
Abel Prieto (El vuelo del gato)

Las generaciones de cubanos que rondan el medio siglo de edad, miran con gran cariño, por encima del hombro, su pasado adolescente y juvenil en la década de 1960, cuando danzaban, enamoraban y cantaban al son de grupos e intérpretes musicales españoles identificados en conjunto como “Década Prodigiosa”, y un poco más allá. Juan y Junior, Los Fórmula V, Los Diablos, Los Bravos, Cristina y los Stop, Los Mustang, Los Salvajes, Nino Bravo, Raphael, Julio Iglesias, Marisol, las Rocíos (Jurado y Dúrcal), La Massiel, Karina y una lista bien luenga, protagonizó una segunda colonización hispana de la Isla, esta vez atacando las zonas más blandas del corazón.

Irónicamente, sucedió esta circunstancia durante la efervescencia radicalista post 1959, donde añejos órdenes y gran parte de sus signos culturales, sucumbieron a la inusual irrupción de novedosos referentes artísticos, encabezados en gran medida por el cine, que acogió las corrientes europeas (Nueva Ola Francesa, Neorrealismo Italiano), en detrimento del comercialismo y mexicanismo, rampantes en grandes áreas del Séptimo Arte nacional hasta ese momento.

El diseño gráfico alcanzó cumbres estéticas, creo aún no superadas, con las catedralicias cartelísticas de Rivadulla, Rostgaard, Muñoz Bach y otros, con mérito aparte para la vuelta de tuerca que en el escenario editorial significó el suplemento cultural Lunes de Revolución.

El teatro asumió nuevos ejes formales y discursivos, sostenidos sobre los pilares de Teatro Estudio, Quintero, Dorr, Estorino, Brene, Felipe. La música criolla continuó su sendero de búsqueda y consolidación, en el área popular bailable y cancionística, con Los Zafiros, Pacho Alonso, Pello el Afrokán, Las D’Aida, Los Meme.

Mientras, los todavía incipientes Silvio, Pablo y Noel, contentivos del real signo de la década para Cuba, por representar una verdadera revolución en la canción de autor nacional, eran anatemizados junto a toda la producción rockanrollera, jazzística, de blues y soul estadounidense, por sectores conservadores que acusaban de “elvispreslianismo” a los de jóvenes que guitarra en mano, pelo caído sobre la frente, pantaloncitos apretados, se exhibían en “actitudes feminoides” en diversos lugares de la capital, y pretendían “invadir la zona de nuestros estudiantes”. ¿De dónde venía ese “elvispreslianismo”? Según los censores, de la divulgación en Cuba, a través de todos los canales, del modelo nacido en el medio social de Estados Unidos.1

Este prejuicio era un flagrante e históricamente imperdonable desconocimiento de la función de tales corrientes musicales como símbolos de un inusual auge progresista, que duró cerca de una década en el país del norte, irrepetido hasta nuestros días. El apogeo de las subculturas o contraculturas de los oprimidos, los discriminados y los jóvenes, corrió en paralelo a la vertiginosa sincronización de la percepción artística cubana con tendencias diversas, no oriundas de la industria cultural Made in USA, plagadas por barbilindos y trajeados cantantillos de fútiles poéticas teen.

El idealismo conservador de la posguerra, en la década de 1950, tocó a su fin con la revolución perceptual articulada por la nueva generación estadounidense, la cual espetó, en la faz de sus progenitores, el derecho a construir y reivindicar identidades desde la apropiación creativa de la realidad, y no desde la reproducción ad infinitum de modelos sociales cuya rigidez y anquilosamiento coartaban a la norma preponderante “su propia capacidad de transformarse. En el fondo, a negarse a sí misma y a esterilizar sus propias fuentes vitales, porque, como veremos, la generación de subculturas y contraculturas es el proceso mediante el cual, una cultura evoluciona y se adapta.”2

La música enunciada por Elvis Presley y Jerry Lee Lewis en los 50, la iconografía contestataria, aún sin causa, de Marlon Brando y James Dean, en los respectivos filmes The wild one (Laslo Benedek, 1954) y Rebel without a cause (Nicholas Ray, 1955), se explayó en los 60 con la imparable oleada del rock británico y del terreno propio, seguidos por el antibelicismo, el amor libre de los hippies y los sueños de Martin Luther King Jr.

Nunca soslayar las dimensiones simbólico-catalizadoras que el triunfo revolucionario de 1959 en Cuba tuvo para dichos movimientos. No quedó otro remedio para el stablishment USA que contraatacar con la alienación de símbolos visuales y sonoros, incorporándolos a la industria del entretenimiento impugnada por estos; desvirtuado a la larga todo significado contraventor, con la reproducción y desechabilidad ilimitados.

La posición antagónica que asumió el gobierno de los Estados Unidos para con el nuevo proyecto sociopolítico cubano, justificó la movilización en contra y la aprensión respecto a toda producción tanto física como simbólica, generada en terreno norteño; asumiendo así la peligrosa percepción sinonímica que Luis Britto advierte para toda nación dependiente (o bien recientemente despojada de ataduras políticas y económicas, tomándole más tiempo despojarse de la dependencia cultural), donde “la adopción de la subcultura de consumo es un fenómeno de mimesis y no de creación, y el significado de sus símbolos, más ambiguos. Si el joven de la metrópoli adopta cierto símbolo como expresión de protesta y de distanciamiento con respecto a los valores del sistema industrial en que vive, el consumidor de la nación dependiente lo asume en señal de adhesión a la metrópoli.

“Este consumidor no distingue, entre un sistema opresivo y los grupos excluidos de él. De allí la adoración ciega e indistinta a todos los productos de esa cultura que se da en un sector, y el rechazo no menos ciego e indistinto que se produce en otro. El yankófilo del país dependiente, consume el arte sicodélico sin advertir que se trata de un producto típicamente “antiamericano”, y el izquierdista irreflexivo lo rechaza sin análisis prejuzgando que es “americanizante”. En ambas actitudes, está presente el desconcierto del subdesarrollado frente a la complejidad técnica o cultural del producto que le vende la metrópoli.”3

Explicada queda la miopía de quienes desterraron de las emisoras, televisoras y tiendas de discos cubanas en la década de 1960, todo tema musical interpretado en inglés, sin detenerse a reparar en las abundantes calidades, complejidades discursivas, actitudes críticas y progresistas, en amplia connivencia con las posturas antiimperialistas del proceso transcurrente en la Isla. A Little Richard había que oírlo en sótanos, so pena de estigmatización rigurosa.

Para ocupar el amplio agujero en el gusto musical, arribaron desde las costas de la Madre Patria las edulcoradas hordas, fomentadas e instrumentadas, tal vez no directa pero sí indirectamente, por el régimen fascista de Francisco Franco; el mismo contra el que habían combatido hasta la muerte, unos treinta años antes, numerosos cubanos como Pablo de la Torriente Brau (puertorriqueño de origen), codo a codo con poetas españoles como Miguel Hernández. A mano de miñones fascistas murió Lorca.

Sin satanizar las cartas amarillas de Nino Bravo ni los globos rojos de Los Mustang, tampoco puede obviarse ingenuamente que formaban parte de la construcción de imagen que ejecutaba para sí este régimen totalitarista, en cuyo proceder sobrevivía el legado de Hitler y Mussolini, en plena segunda mitad del siglo XX, obstaculizando todo intento de arte crítico y aspirante a algo más que la tautología romanticona, lúdica y hedonista. Obnubiladas eran con sus lentejuelas las circunstancias reales del pueblo español, como igualmente lo fueron las represiones y ejecuciones de la Junta Militar en Argentina con las canciones amables de Palito Ortega y Leonardo Favio.

Este boom de la música española de los 1960 (reintentado ya en el siglo XXI con la Operación Triunfo, y la ronda de edulcorados Davids resultante de este talent show) fue utilizado como cortina de humo del fascismo perviviente, extendiendo también tentáculos hasta el arte cinematográfico ibérico, con las abundantes producciones de ligerísimas cintas protagonizadas por Marisol y Palomo Linares, Rocío Dúrcal y sus Leandras, Carmen Sevilla y su Cera virgen.

Esta década fue sin dudas prodigiosa y prolífica para grandes áreas mundiales, sajando el siglo en épocas dispares, pero en lo absoluto para la música española, reivindicada luego, en el postfranquismo, por Serrat, Aute, Sabina, Ana Belén y Víctor Manuel, hasta Jarabe de Palo, Ojos de Brujo, Soziedad Alcohólica, Mojinos Escozíos…, y muchos más, todos en las antípodas de Bisbal & Co., herencia alarmante esta de la década comercialmente prodigiosa para la música ligera(ísima), boom malsano para nada equiparable al otro boom de la literatura latinoamericana, con García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes y Rulfo en la cresta de la onda expansiva. De hecho, la postura no declarada —pero sí cantada— de los españolitos, trazó un derrotero diametralmente contrario al de las tendencias estéticas y sociales del momento, no sólo de la música de intenciones revolucionarias en forma y contenido.

A la irreverencia libertaria de Woodstock 69, los nenes estereotipados y buenecitos de Franco opusieron la nulidad estética más cara posible al conservadurismo y la reacción, que buscaban (buscan aún hoy) anular en la sociedad toda capacidad de analizar las urdimbres del Mercado y el Totalitarismo, desde la calculada impostura de los mohines adolescentes de Marisol, los paroxismos romantiqueros de la difunta Rocío Jurado, y los saltitos infantilones de Los Fórmula V y Los Diablos, cuyos tridentes romos sólo hirieron (hieren) la lucidez.

Precisamente contra todas estas tendencias reaccionarias, emuladas por las injerencias genocidas de Estados Unidos en Corea y Vietnam, cantaba directa o indirectamente con música y actitud, el “elvispreslianismo” de The Beatles, The Rolling Stones, Bob Dylan, Janis Joplin, Jimi Hendrix, The Doors y Jim Morrison, The Who, Velvet Underground, The Animals, Eric Clapton, Pink Floyd y Syd Barret, Jethro Tull, Deep Purple, Led Zeppelin, proscritos de un manotazo en Cuba sin posibilidad de defensa, ni una criba concienzuda de mensajes, significaciones, contextos, pluralidades.

Pero la coyuntura política del momento impidió que en territorio nacional se refrigeraran las testas; y en cambio, quedó marcada toda la estirpe cubana por esas propuestas banales de la Década Prodigiosa. Velos hábilmente colocados por Franco ante los ojos del mundo, para vender la irreal imagen de una España asentada sobre las cenizas aún calientes de los republicanos, de Lorca, Pablo y Hernández, y que fue admitido inconscientemente por una Cuba signada por la entusiasta e irreflexiva revocación de todo lo anglosajón.

NOTAS

[1]. “Aclaraciones”, periódico Hoy, La Habana, martes, 24 de diciembre de 1963, antologado en Pogolotti, Graciela: Polémicas culturales de los 60, bajo el título “Respuesta a Alfredo Guevara (V)”, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p. 214

2. Britto, Luis: El Imperio Contracultural: del Rock a la Postmodernidad, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2005, p.14

3. Ídem, p. 73

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