Actualizado el 26 de septiembre de 2011

Susana Baca:

La música me eligió

Por: . 23|9|2011

Cruzando el Guadalquivir, escuché su voz por encima de aquel verano despiadado y fue como acercarnos a los labios un cántaro, lleno de zumo familiar. Era 1995 cuando la radio dejó que escucháramos a Susana Baca, cantando “María Landó”, como si estuviera en una de aquellas interminables jornadas de domingo allá en Corrillos, su barrio peruano. Todavía no sabía que se trataba de una de las más relevantes figuras de cuantas cultivan la música de ascendencia negra en su país.

En julio de 1999 visitó Sevilla con mucha brevedad. Fue en aquel tiempo que se produjo esta entrevista a trancos, ora en el patio de un hotel, ora al lado mismo del río donde le escuché por primera vez, ora en el abrigo de un salón familiar en San Juan de Aznalfarache.

Ahora que es Ministra de Cultura de su país, he vuelto sobre aquellas conversaciones y encuentro sin envejecer su contenido. Es más, su recuento de entonces da clara idea de su origen y desarrollo; el cual hace pensar en cuánto podría hacer ella por la cultura que en Perú han sostenido durante siglos los artistas de raigambre popular.

Te hablaré de mi familia. Mi padre fue chofer de gentes de mucho dinero. Mi madre trabajaba cocinando en casa de personas ricas también, y nosotros crecimos en Chorrillos, un distrito de Lima que en tiempos de mi niñez vivía fundamentalmente de la pesca, aunque en los lindes del área urbana había campesinos cultivando sus chacritas. Nosotros vivíamos frente al mar, en una azotea que parecía que estaba metida en el enorme malecón de Chorrillos. Allí era donde jugaban los niños y los domingos venía la banda a tocar ritmos populares: tonderos, marineras… música criolla. Música negra no, ésa entonces sólo la escuchaba en casa.

Los domingos o a lo largo del verano, las tías y otros parientes venían hacia Chorrillos. Se armaban reuniones en casa. Las tías cocinaban, preparaban comidas, contaban cuentos… y en un determinado momento, empezaba la música. Yo dejaba los juegos de niños y me venía corriendo al lado de las gentes que cantaban. Mi mamá cocinaba y cantaba: “Negrito, mi amito,/ ¿qué estás haciendo, negrito?/ Ay, mi amito, un plato de huevos fritos”. Muchos años después, cuando Nicomedes Santa Cruz registra su primer disco, escoge aquella especie de danza o habanera y me doy cuenta de que es la canción preferida por mi madre, aunque ella la cantaba muy mal. Las mejores cantadoras eran mis tías.

Lo de mi madre era el baile. Ella nos enseñó a bailar. Nos tenía todas las tardes bailando con la radio y la música que escuchábamos era cubana. Le parecía que era algo importante. “Que van a comentar, nos decía, que los hijos de la Carmen no saben bailar”. Ella iba a las fiestas grandes, la sacaban a bailar y la gente se apartaba. Le hacían ruedo para verla.

A pesar de la pobreza de la familia, mi madre se propuso darnos estudio. Primero estuve en el Colegio Fiscal de Chorrillos y luego en Secundaria y así hasta llegar a la Universidad y matricularme en Pedagogía. Soy maestra de niños. Ella nunca me cortó mi inclinación por el canto, se alegraba, pero a la vez decía: “Tienes que estudiar una profesión”. Los músicos populares en el Perú, y mucho más si eran negros, no tenían espacio. Morían condecorados en Bravo Chico, el hospital de tuberculosos. Era una realidad: a pesar de la música, de la fiesta, no se puede olvidar la otra parte de la historia… Bueno, el asunto es que, gracias al esfuerzo de mi madre, me gradúo y ejerzo como maestra hasta hace diez años. Incluso he enseñado danza afroperuana a los niños… No estudio música y ahí está el error, qué pena, aunque uno nunca sabe… En realidad, la música fue algo que siempre me dio vueltas alrededor y, al final, ya no pude dejarla.

A principios de la década del 70 inicio mi trabajo profesional en la música. Justo cuando acababa de advertir que muchas canciones populares estrictamente criollas no me decían nada. Por ese tiempo, trabajo en un grupo experimental y empiezo a buscar en el rico caudal de los poetas peruanos. Empiezan a musicalizarse aquellos poemas y, cuando los trabajo, tratando de lograr un estilo, resulta que surge aquella fuerte vertiente de los cantos antiguos de mis ancestros negros, dando como resultado obras de una nueva propuesta con la lírica de ese momento y el legado de la música afroperuana.

Empezamos a presentarnos en público con este grupo y constataba el interés del auditorio. La gente se conmovía, pero no por ello pensaba que ese trabajo me podría llevar a la radio o a la televisión. Muchas veces fui a esos lugares y las personas responsables allí me tomaban por loca. Cómo se me ocurría cantar poesía y encima mezclarla con música de negros. Y yo en mi porfía. De hecho, por esos días me entregaban canciones de esas concebidas para ganar un festival, según las convenciones, y yo decía: “¿Qué es esto, no lo puedo cantar?”… Pasaron no sé cuantos años sin que ningún señor del mundo del disco allí en Perú se interesara por mí. Les volví a ver las caras ahora en el 97, cuando David Byrne ha ido a Lima a presentar mi disco. Ahí todos corriendo, buscándome. Es más, hasta no ver las noticias de mis giras por la TV europea, nadie de esa gente había dicho en mi país: “¡Ah! Pero si esta mujer es importante”.

La primera confrontación importante que tengo en mi país se produce en 1972, en el Festival Internacional de Agua Dulce, alternando con Omara Portuondo, Isabel Parra, Alfredo Zitarrosa… Me presenté cantando los poemas de Omar Aramayo y me dan el premio a la mejor intérprete del evento. Al otro día, la prensa saca la noticia y nadie me conoce. Se arma un comentario muy favorable alrededor de mi actuación y recuerdo que subo a un bus y el chofer me dice: “No. Usted no paga. Si canta tan bonito como va a pagar”. Pero todo se quedó en el alboroto de esos días, porque los medios no se ocuparon de mí. Tuve otras propuestas para otros festivales, en los cuales no me querían elegir ni la ropa y, cuando les decía que, fuera cuál fuera el vestido, yo siempre canto descalza, me dejaban tranquila.

Después de esa experiencia del Festival de Agua Dulce, me voy a Europa para observar el ambiente, para conocer. Canté en cositos, en boliches, para sobrevivir. Pero no pasó nada importante y regreso a mi país. Durante un tiempo, me dedico a ejercer como maestra. En algunos momentos, reflexionaba sobre la música y consideraba que era un empeño demasiado duro. Sin embargo, concluí advirtiendo que yo era de la música, ella me había señalado y esa era mi historia.

Así las cosas, me conozco con Ricardo Pereira. Viene este ángel maravilloso que es el Ricardo y siento que me lo puso Dios delante. Hasta ese momento a mí me mueve solo la intuición, tú sabes que los artistas somos, de naturaleza, más bien desorganizados. Esto cambia a partir de 1981 con nuestro encuentro. Este hombre me ve, entiende el alcance de mi empeño y dice: “No. Hay que organizar a la Susanita”. Y con su lógica, con su voluntad, se agarra de un objetivo. “Tienen que hacerte caso”, dice. “¿Cómo no te van a grabar un disco? Si hay locos en este asunto, son ellos”. Sale en busca de alguna respuesta positiva y, después de una dura brega, creó uno él mismo que se llama Pregón. Así pudieron salir mis primeras grabaciones en cassettes a partir de actuaciones en vivo. Eran ediciones pequeñas que se agotaban rápido, pero fue un modo auténtico de difundirme. A partir de esto, peldaño a peldaño, logré un espacio en mi propio país.

Por ese tiempo, están apareciendo en Lima jóvenes interesados en componer a partir del legado afroperuano. Es el caso de César Calvo, que no se quedó en medio de una poesía cerrada imaginando el mundo de los negros, sino que se fue a Chincha, vivió entre los negros y aprendió a ganarse su confianza para que le ensañaran la sabiduría que ellos guardaban. Así es como César comienza a escribir cosas valiosas. Y también porque tiene una estrecha cercanía con Chabuca Granda. Un día coge un poema e inmediatamente ella comienza a tararearlo con una melodía descubierta como en el propio texto. Se trataba nada menos que de “María Landó”.

Cuando César Calvo me ve cantando estas cosas e insistiendo en mi propósito, me canta el poema ya con la música de Chabuca. De ahí me puse al trabajo con Juan Medrano (Cotito) en el cajón y Roberto Arguedas en la guitarra. Fuimos entre los tres sacando aquello de oído, porque ninguno sabía escribir música. De esa manera, se perfiló “María Landó” hasta que nos gustó. La estrenamos un 8 de marzo del 82.

De todos modos, durante un largo período, me hacen más caso afuera. He tenido más oportunidades de viajar a Europa que a otros países de América Latina. He cantado en Cuba, en Ecuador… Mira, he cantado en Tahití y, sin embargo, no he pisado un escenario de Chile, ni de Argentina, ni en México. A Brasil sí he ido varias veces. En Perú, por ejemplo, si tú pides organizar un festival, el Estado al fin te dirá: “¡Pucha! Tengo que ver todavía cómo sale la gente de la catástrofe del Niño”. Nuestra América tiene un dolor: su permanente situación de supervivencia. Esto implica que no podamos dedicarnos al disfrute de la cultura, ni a compartirla entre nuestros propios pueblos.

La relación con lo cubano, con su música, ha sido en mí una constante. Es un intercambio diferente al que he tenido con la música de otros países. De mis primeros años en Chorrillos recuerdo el Trío Matamoros cantando “Cuidaíto Compay Gallo”. Hay otro músico cubano que me influye mucho. Fue muy impactante cuando lo escuché por primera vez siendo niña. ¿A que no te imaginas que mi madre, en una de esas idas y venidas, fue cocinera en la residencia del embajador cubano en Lima? Pues sí y allí este hombre una noche le dio una recepción a Bola de Nieve. En el salón había un gran piano y Bola se puso a tocar y cantar… y yo, que era chiquitica, lo estuve escuchando deslumbrada al lado de mi madre. Claro, no podía acercarme hasta Bola, pero me marcó para siempre su manera de decir. Luego, lo hice mío, tan es así que en mi repertorio tengo todo un concierto con las obras de Bola.

Mientras los chicos de Miraflores, de los barrios de ricos sólo ponían rock, nosotros, en los barrios populares, la pasábamos muy bien con la Sonora Matancera, Celia Cruz, Bienvenido Granda… A Benny Moré lo conocemos mucho, cualquiera en Perú, aunque no sepa ni su nombre reconoce su voz. Y en Lima misma conocí a Elena Burke, Los Papines, Carlos Puebla…

En el año 73 me voy a Cuba. Llego a La Habana, de paso. Íbamos al Festival Internacional de la Juventud y los Estudiantes que se realizó en Berlín. Fue una semana increíble. Estaban ensayando para el carnaval y pude ver a la mismísima Merceditas Valdés, dirigiendo el baile de unas trescientas niñas que iban en la carroza del Ministerio del Azúcar. Pero lo que más me impactó fue la gente en la calle. En Lima nadie se pone a bailar en la misma calle, pero en La Habana la gente baila y te invita a bailar. Y si te mueves raro te preguntan de dónde eres. “¡Ah, de Perú, qué bueno!” Te hablan como si te conocieran.

En el 80 volví a Cuba, a un festival de la canción política y pude conocer a Silvio y a Pablo, a quienes ya venía escuchando. Todavía estaba en la Universidad sufriendo aquella crisis con las letras de mi música criolla y me llega Silvio, esas letras suyas. Entonces, digo: “Esa es mi esencia”. (Canta) En el claro de la luna/ donde quiero ir a jugar… Y Pablo tiene canciones tan íntegras. Fíjate “Yolanda” nada más.

A Cuba volví en 1986 coincidiendo con un huracán que nos tuvo a todos asustados en el hotel. Sin embargo, hice un disco en la Empresa Cubana de Grabaciones, en él aparece “María Landó”. Esa relación con tu país me dio otra ganancia. Al llegar me hablan de un erudito ya muerto, que me podría interesar. Era Fernando Ortiz. Compré todos sus libros, que pesan un horror y me los llevé a casa. Me han servido mucho como pauta para mis investigaciones. Él no habló del tema negro en Perú. Él habla de esencias sobre la religión, los cantos, la poesía… Entonces tú dices: “¿Qué cosa tengo yo aquí en el Perú?” Su obra te incita a buscar en las raíces de cada cual. Ortiz me ha dado mucho, como nuestro Nicomedes Santa Cruz, primero en poner sobre el tapete el asunto de la música afroperuana. Antes de sus investigaciones, todo era un mismo paquete con la música criolla. Había como un intento de borrar la música negra. Ahora lo podemos ver claro, entre otras cosas, por la labor pionera de Nicomedes.

Te quería hablar un poco de la música afroperuana, de sus orígenes, de su carácter… Es música que se practica en la casa. A los negros no se les ocurría cantar ya en mis tiempos estas cosas en la calle. Sencillamente porque era música de esclavos. Se consideraba denigrante y estas personas sienten el deseo de blanquearse. Sin embargo, la música afroperuana es una rica parte de nuestra identidad. Es mestiza. Tiene la influencia de lo andino, por eso se le advierte el tono nostálgico. Está lo español, el idioma y la guitarra. Y, claro, todo lo que traen los negros desde África.

Durante la colonia, en Perú existían hermandades o cofradías, donde los esclavos podían hacer sus celebraciones. Puntos de reunión que en principio facilitaron los propios amos y, ya cuando hubo esclavos que compraron su libertad y se hicieron de diversos oficios, podían juntar fondos y pagarse un espacio. Allí cantaban, hacían sus ritos religiosos, atendían a los enfermos. En el libro de un viajero llamado Stevenson, se habla de una cofradía que existió en el San Lázaro, en el Rimac. Él va a una reunión de estas y describe a una mujer mayor presidiendo la ceremonia. Habla de los cantos y los toques, de los tambores. Con su óptica europea, apenas sin entender el verdadero valor.

En un principio, esta música se daba a conocer durante las Navidades, en las comparsas de los días de Reyes también. Incluso dueños de estos esclavos sentían la brillantez de estos en sus bailes y cantos como algo de realce personal. Eran los dueños los que pagaban la fiesta de las cofradías. Es el momento que los esclavos sienten libertad para expresarse. Luego, ya a los curas no les parecían bien los negros con sus cantos y sus coreografías. Se prohibió por edicto que los negros salieran en las Navidades, sólo podían durante el carnaval.

Esta música se mantuvo después de la abolición de la esclavitud, que se produjo en 1844, por transmisión oral, de generación en generación, pero como algo muy de puertas para adentro o en la memoria. Cuando la abolición, nadie quiere ser esclavo, ni que lo confundan; por tanto, no quieren saber de esa música. Algunas cosas han quedado; se ha logrado que la gente vieja cante. Así, por la frase melódica que recordaba la esclava Doña Juana Airujo, pudimos, con la trascripción, hacer nosotros la pieza “Molino Molero” que está en mi último disco.

En Perú no hay huellas de los cantos religiosos ancestrales de África. Los he visto en Cuba, en Brasil. Los habrá en muchos otros lugares del Caribe, pero en mi país no queda nada visible. Y sin embargo, en Perú, se da el primer santo negro, que no lo quieren reconocer hasta no sé cuando, pero la gente adoraba ese santo: el Señor de los Milagros, el Cristo Negro. Hay que tener en cuenta que Lima fue el centro del Virreinato de La Plata y allí la iglesia católica desde un inicio fue muy fuerte. Yo creo que, a partir de esta presión católica, los negros encubrieron lo suyo, pero se ha perdido el hilo. Se adora, sin embargo, ese Cristo Negro. En su origen es el culto a un Cristo que alguien pinta en la pared de un lugar donde había esclavos. Hay un gran terremoto en Lima y esa pared no se cae. En ese momento empieza a considerársele milagroso… El hilo de lo religioso se rompió en un punto indeterminado, pero si logramos reconstruir la trayectoria, te apuesto que el Cristo Negro significa algún sincretismo con una deidad de origen africano.

Bueno, yo nací en medio de una familia cuyos orígenes están afincados en los negros que vinieron de África. La madre de mi tatarabuela Plácida fue esclava. Pero, claro, para llegar a tener una claridad sobre todas esas cosas se ha tenido que estudiar mucho. Ya, junto con el Ricardo, nos hicimos de muchos materiales: libros, grabaciones… Recorrimos la costa peruana buscando todo testimonio que me alimentase de mi trabajo para mi trabajo con la música afroperuana. Vamos a donde los viejitos que, a lo mejor, al principio se te quedan calladitos, pero cuando ven tu intención, te abren el corazón.

Teníamos que dedicar mucho tiempo a muchachos interesados en este tema con quienes me había ganado un respeto. Y a partir de tanto material recogido, dijimos: “¿Qué hacemos? Pues, bueno, que los jóvenes escuchen; si no tienen enfrente al viejito de la costa, por lo menos que escuchen sus grabaciones. Si no tienen unos libros o unas revistas, que las vengan a leer”. Y así nació la idea de crear el CENTRO NEGRO CONTINUO.

Desde mis comienzos, traigo juntas, como a los pulmones, a la poesía y a la música afroperuana. Creo que así puedo llegar al otro siglo, difundiendo todo lo recobrado por el resto del mundo, haciendo discos que a veces caminan más que las personas, llamando la atención de los periodistas como, por ejemplo, en los Estados Unidos, que no sabían que había negros en el Perú. A partir del tiempo que he empezado a recorrer el mundo cantando lo mío, han ido muchas gentes al Perú en busca de los negros.

Cada vez que me paro en cualquier sitio a cantar, me van pasando por la mente aquellos viejitos músicos, cantores curtidos por el tiempo, que decidieron entregarnos ese tesoro que guardaban debajo de su pecho oscuro. Criaturas de desmesurada sencillez, cuyo mayor retrato está en esas viejas coplas que tan celosamente han guardado, para ahora yo cantarlas como nuevecitas por donde quiera que se ofrezca. Para mí es una responsabilidad muy fuerte y una alegría infinita.

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