Actualizado el 25 de abril de 2013

¿Quién forma el gusto musical en Cuba?

Por: . 25|4|2013

Ilustración: AceboEn una abarrotada sala Villena de la UNEAC y con el pie forzado de: “¿Quién determina el gusto musical de los cubanos y cubanas?”, se realizó el primer Moviendo los caracoles, un espacio moderado por la escritora y crítica Soledad Cruz, que sesionará mensualmente para debatir asuntos cruciales sobre la cultura y los medios de difusión en Cuba.

El Dr. Joaquín Borges-Triana, auténtico conocedor de la música, fue el primer provocador entre los oradores, al que le siguieron el realizador Orlando Cruzata y Rafael Valdez Toyo, un guajiro villaclareño, profesor universitario e investigador que ha modelado una estrategia de marketing para los videoclips, conocida como “Lucasnómetro”.

Para Joaquín, “en Cuba no se hacen estudios de música popular desde los distintos saberes que proporcionan las ciencias sociales. La comunicación, el periodismo, la filosofía, la sociología, la lingüística, no se acercan a la música para analizar su relación con la sociedad”. De ahí que, según su consideración, el mundo académico cubano, contrario a la tendencia mundial, vive ajeno a los fenómenos del ámbito musical.

Aseguró, además, que uno de los problemas de la programación musical cubana reside en la falta de diversidad en las propuestas tanto de la radio como en la televisión, debido al condicionamiento de dichos programas por las modas. Tampoco dejó fuera de su exposición, la censura y autocensura que lleva a algunos ejecutivos a establecer sus propias políticas, sin tener en cuenta una aplicación consecuente y coherente de la política cultural.

“A la hora de pensar quién va a formar el gusto por la música de las audiencias en nuestro país, se encuentra una diversidad de soportes a partir de las nuevas tecnologías, que no obligan a depender de las ofertas de los espacios tradicionales para consumir determinados tipos de música”, subrayó Borges-Triana; y recalcó: “Al mismo tiempo, hoy se puede hacer música en otros lugares con calidad similar a la de los grandes estudios de grabación. El hecho instaura un fenómeno complejo, porque si bien se producen obras muy buenas, también se produce mucha bazofia, que se pone en circulación en igualdad de condiciones que las producciones valiosas”.

El estudioso, autor de varios libros, apuntaba que “la legalización de la piratería de discos, caso único en el mundo, incide también en el consumo de la música. En ese sentido, no son pocos los centros nocturnos, incluidos los particulares, en los que muchas veces se contratan artistas que no necesariamente están dentro de las instituciones, pero que repletan el lugar y reportan grandes ganancias económicas. A esos centros acude un público que está estableciendo otra realidad en cuanto al consumo de la música en nuestro país”.

En opinión de Joaquín, “si bien la radio y la televisión ya no pueden formar o determinar por sí mismas el gusto musical de la población, sí pueden contribuir a que haya un determinado referente estético. A la vez, reviste vital importancia realizar estudios sobre recepción y consumo de música, y determinar el gusto musical del cubano, incluyendo los sectores de marginalidad de nuestra sociedad, que es una de las bases de su expresión”.

La investigadora Lisset Gutiérrez Domínguez tiene razón, al decir de Joaquín, cuando expresa: “La brecha cultural que existe entre la actual generación de jóvenes y el resto de la sociedad es hoy, tal vez, mayor que nunca antes, pues cuando los nacidos con la Revolución llegaron a su juventud había, a pesar de cualquier confrontación generacional posible, una sensación generalizada de que estaban heredando una sociedad en cuya construcción sus padres participaron. Hoy, por el contrario, ocurre que existe una sensación generalizada entre los jóvenes de que están heredando una sociedad que sus padres no han podido hacer que fuera evitable”.

Orlando Cruzata coincidió con Joaquín en que “el entorno social actual se vuelve ideal para que aparezca música de dudosa calidad, no solo el caso del reguetón, sino de otros géneros como el pop house, porque no hay interés de cuestionar de dónde venimos ni hacia dónde vamos, sino solamente el objetivo del simple divertimento. Es la lógica indiferencia social de una generación que no se interesa en cuestionar nada a la sociedad, a diferencia de los jóvenes de los 80”.

“Por el protagonismo que está tomando la imagen en la difusión de la música a nivel mundial, a través del videoclip, y de la necesidad misma de marcar pautas desde los medios en el gusto popular es que surge el Lucasnómetro”, subrayó Cruzata.

Al respecto, el estudioso Rafael Valdez aseveró que “estamos de espaldas al mercado de la música, al hecho de que existe una oferta y una demanda agregada de música y que los medios se han quedado atrás en la posibilidad de ofertar lo nuevo y lo exclusivo. La vulgaridad existe porque no se ha educado a la población en la distinción entre la buena y mala música; algo que no se puede hacer distanciado de la oferta y demanda y la línea metodológica de lo que el mercado requiere”.

Rafael señala que algunos países latinoamericanos como México, Venezuela, Colombia, han tomado iniciativas para crear un producto que le diga a la población qué es vulgar y qué no.

Sobre el Lucasnómetro aclaró que “entre el 2006 y 2010 tuvo una política muy nacionalista, o sea, todas las variables de mercadeo se trabajaban hacia adentro. A partir de 2011 decidimos que era hora de internacionalizarlo, por lo que comenzó un fenómeno de reconocimiento de aquellas agencias de monitoreo y mercadeo internacional, para extrapolar hacia fuera nuestro producto musical y comenzaron los videoclips cubanos a lograr cierto nivel de internacionalización, y los programadores de radio a nivel internacional ya tomaban el Lucasnómetro como el patrón del consumo musical cubano”.

Según el criterio de Valdez, “si no se conocen los mecanismos del mercado no se puede corregir lo que se consume, ni trazar políticas efectivas de cara a la economía, la cultura y los medios masivos”.

“En el 2008 se bajaron de YouTube cerca de 209 mil videoclips cubanos, y ya en el 2012 se lograron unas 900 mil descargas, lo que demuestra un crecimiento en la demanda de música cubana. Asimismo, durante 2011 en ITunes y Amazon se vendieron más de medio millón de tracks de música cubana. A pesar de estas claras posibilidades, en el terreno nuestro no se tiene suficientemente en cuenta ni se aprovecha el potencial de las nuevas tecnologías”.

Rafael aseguró que “los artistas cubanos más rentables trabajan actualmente con disqueras extranjeras, que sí están pendientes del mercado y su oferta agregada”. Finalmente, alertó que “no se puede corregir el consumo musical con censura porque puede ocurrir un efecto contrario”.

En el transcurso del provechoso debate que siguió a las intervenciones, Alberto Cordón Benítez, de Radio Taíno, planteó que el conocimiento teórico no se puede separar de la práctica. Afirmó que se debe tener cuidado con la industria cultural y sus efectos, que pueden ser más negativos que positivos, partiendo de que esa teoría individualiza al ser humano y considera que los medios de comunicación son omnipotentes.

El realizador sostiene que a la hora de pensar quién determina el gusto musical en Cuba, se deben tener en cuenta a la familia, el sistema educacional, los medios de comunicación y el Estado. Plantea que debe haber sinergia entre esos factores, para que los niños adquieran las herramientas éticas y estéticas para valorar la música.

Ilustración: AceboRafael Grillo, escritor y periodista, considera que “el consumo generalizado de reguetón, por ejemplo, surgido o popularizado entre la capa más joven de la sociedad, demuestra una infantilización o adolescentalización de la sociedad”. Y también es “un síntoma de que no sabemos cómo se puede ser diferentes, respetando los derechos y los gustos de los demás”, por lo que llamó a “crear un clima social y cultural que permita la connivencia de las diferencias dentro de la comunidad”.

Respecto a las industrias culturales, Grillo apuntó que “no deben estigmatizarse como malas per se, porque cuando se habla de industrias culturales, de lo que se trata es, simplemente, de concebir lo cultural a la manera de un producto, y de las estrategias de aquel que lo pone en circulación para que un público lo recepcione”.

La argentina Laura Luisi, estudiante de un Diplomado impartido en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, compartió experiencias sobre la batalla cultural que se libra en su país. Allá igualmente se analizan “los modos de pinchar el mercado cultural, para tratar de combatir la penetración del mercado internacional”.

“La batalla comunicacional se está dando a través de los medios, de Internet y las redes sociales, en defensa del proyecto nacional y popular que se desarrolla en Argentina”.

Indicó Laura que “el mercado internacional no le da el espacio que merecen al tango, la música folklórica venezolana, la música colombiana. Se concibe el mercado latinoamericano como un sector para importar culturas foráneas y no para exportar lo propio. Tampoco existen medios que defiendan la música del continente a nivel mundial, como lo hace el canal de noticias TeleSur”.

Por su parte, la investigadora Gisela Arandia abogó por el diálogo entre las instituciones y los discursos alternativos, para evitar los conflictos provocados por la censura. Mientras, la directora Ana María Rabasa indicó que “una política musical diversificada, que reconozca los distintos factores que existen dentro de la cultura cubana, es lo que puede propiciar la existencia de estrategias de comunicación que respalden ideas eficaces como el Lucasnómetro”.

Sería importante, a su entender, clasificar nuevamente la música cubana actual e identificar sus tendencias legítimas y los fenómenos actuantes en las distintas partes del territorio nacional. “El problema está —señaló— en la necesidad de establecer esas estrategias de comunicación que empiezan desde las instituciones de la música, pasan por los creadores de los medios, los productores de los discos y quiénes los promocionan”.

Magda González Grau, integrante de la presidencia de la UNEAC, apuntó que ya existe una política encaminada a acabar con la censura, sugerida en el último pleno de esa organización.

Por su parte, el directivo de la radio Rolando Álvarez, planteó la posibilidad de que reuniones como Moviendo los caracoles puedan realizarse en las filiales provinciales de la Asociación, o al menos en las capitales más importantes en cuanto a la riqueza musical, y puntualizó en “la necesidad de oxigenar el dial mediante la búsqueda de variedad de artistas y géneros, y en función también de requisitos de calidad”.

Soledad Cruz afirmó que “ni la radio ni la televisión, en estos tiempos de gran desarrollo tecnológico, pueden condicionar o establecer el gusto de la población”, pero sí considera que “los medios ‘oficiales’ tendrían que ser un referente de valor estético, y de multiplicidad, un objetivo del que se debe partir a la hora de emplear sus recursos”.

Este primer Moviendo los caracoles sobre la formación del gusto musical —se pretende un segundo tope— lanzó al aire muchas interrogantes y una verdad: para elaborar cualquier política de trabajo, ya sea en el ámbito musical o en otros, hay que tener en cuenta a los creadores.

Cualquier directiva que se adopte debe ser consensuada entre los mejores y más experimentados especialistas, para lograr que la radio y la televisión ofrezcan un producto artístico realmente competitivo con los mercados alternativos, para así actuar sobre el gusto musical, y al menos contribuir en su conformación, porque está claro que en esta misión intervienen desde la familia y el círculo infantil hasta la paladar de la esquina.

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