Actualizado el 14 de mayo de 2013

Buena Vista Social Club del rock

¡La nostalgia vale 2 CUC!

Por: . 10|5|2013

Los KentsAquel miércoles Javier Otárola había amanecido mucho antes de lo acostumbrado. En realidad, habría que decir que apenas había podido dormir. Las preocupaciones por los problemas que debía resolver no le permitieron conciliar el sueño, a pesar de que su esposa lo obligó a tomarse un Nitrazepam antes de irse a la cama. ¡¿Pero cómo no estar desvelado?! Dos días antes, el lunes, su computadora, un clon armado a partir de piezas de diferentes marcas y que para él se había tornado algo adictivo —no solo por ser un instrumento vital para el desempeño de sus funciones laborales como webmaster sino porque el aparatico era su principal fuente de recreación y comunicación con el mundo exterior—, se había roto. El dictamen del técnico que revisó la máquina (10 CUCs por la consulta) le informó que el disco duro y la fuente estaban “fuera de combate”.

A la preocupación por el desembolso económico que representaría la adquisición de los dos aditamentos y que, según le averiguó un amigo con acceso a Revolico.com, le saldrían en 55 CUCs el disco y 20 una fuente de uso de 500 Watts (en total 75 “cucos” o 1875 “agropesos”, como los gustaba nombrar un buen amigo suyo también periodista y que no tenía idea de dónde sacar), al día siguiente, es decir, el martes, se añadiría otro problema fundamental: el motor del agua de su edificio se había roto y la solución, según el mecánico que lo vio, era comprar uno nuevo en “apenas” 140 CUCs, de los cuales Javier tendría que aportar 20.

Cuando la tarde del miércoles llegó apesadumbrado a la redacción de su revista, La Giardia Ilustrada, ubicada en una oficina de unos 15 metros cuadrados en el entrepiso de un antiguo edificio acristalado, y le contó a los colegas el vía crucis que atravesaba, todos trataron de animarlo y por supuesto, apareció la consabida botella de ron, para que Otárola ahogase las penas en alcohol, aunque en la publicación (como expertos en cultura etílica) sabían que las mismas siempre se salvan nadando.

Mientras destapaba con la pericia de un profesional el tercer litro que consumirían del hijo alegre de la caña de azúcar, Roberto, el fotógrafo del colectivo, hizo un comentario que transformó el apacible rostro del robusto Javier (debe pesar más de 200 libras y medir alrededor de 1.75 metros) en una mueca de furia: “Pero bróder, lo que no entiendo es que tú tengas que dar 20 CUCs por el motor del agua, si tu edificio parece un condominio dada la cantidad de apartamentos que tiene”. “¡Compadre, tú no te das cuenta que en el edificio vive un montón de viejas solas con una jubilación mensual de 200 pesos, que no llegan ni a los 10 CUCs! ¿Cómo se les va a pedir que aporten algo?”. Y tras decir aquello, el malhumorado Otárola se levantó y abandonó el local como bala por tronera.

Ya a la salida de la vetusta edificación y al caminar rumbo a la calle San Martín para dirigirse a su vivienda, Javier pensaba en si todo el esfuerzo desplegado por él durante años había valido o no la pena. Mientras evadía los numerosos charcos y las mierdas de perro que pululaban por las angostas aceras de Centro Habana, evocaba que él había concretado su sueño de dedicarse a escribir justo a la mitad de los 40. Ahora, con poco más de 50, la experiencia de haber estudiado y ejercido otras dos profesiones antes de cultivar el periodismo y la literatura, áreas en las que ya había alcanzado reconocimientos como la publicación de un par de libros y el importantísimo premio “Tamal sin Hojas”, la idea de renunciar a su vocación y enrolar el rumbo por senderos más rentables económicamente y que lo alejasen de la condición de ser un hombre que sufre, comenzaba a hacerse corpórea en su mente.

Sin percatarse de ello, en medio de aquellos pensamientos, había llegado frente al portón de su edificio. Al entrar en su apartamento, lo primero que vio fue un papel que la esposa le había dejado: “Te esperé, pero demoraste más de lo previsto y me tengo que ir para la guardia en el hospital. Por cierto, te llamaron unos extranjeros que quieren localizarte para algo de trabajo. Ahí abajo te copié el teléfono de la casa donde están. Entendí que se nombran Dave y Robin. Un beso y no te olvides de cargar agua”.

GET READY

Dimensión VerticalLa casa de alquiler está ubicada en 19 y 28, Vedado. La vivienda posee un patio con árboles frutales y dos mesitas plásticas acompañadas de cuatro sillas de idéntico material. Es allí donde Javier Otárola se encuentra con Dave Wald y Robin Allen, periodista y fotógrafo respectivamente de una prestigiosa revista estadounidense de rock. Tras las presentaciones de rigor, en perfecto español, el primero en hablar es Dave: “Aquí la casera, además de rentar habitaciones, vende cervezas, ron y cositas para picar. ¿Pedimos cervezas para los tres? Con un leve gesto de cabeza, Otárola y Robin asienten. “Ya sabemos que hay dos marcas: Cristal y Bucanero. ¿Cuál tú nos recomiendas?”, pregunta Wald a Javier. “Por supuesto que Bucanero, la otra es muy clara”.

Con las latas de cerveza en manos, reanudan la conversación. “Como te dijimos, Robin y yo trabajamos para una revista de rock. Él no habla mucho español, pero lo entiende sin problemas. En una visita previa a Miami para escribir allí un reportaje sobre la práctica de este género entre los cubanos de la diáspora, conocimos a Alfredo, tu primo, y al comentarle que vendríamos a La Habana por una semana, para hacer algo similar pero referido a la escena de las bandas de cover en Cuba, él nos recomendó que nos pusiéramos en contacto contigo, dada tu afición al género desde que eras muchacho. Queremos que tú seas nuestro guía aquí, que nos lleves a los sitios donde actúan los grupos y nos coordines entrevistas con ellos. Por supuesto, hay un pago para ti por cada una de las cinco jornadas de trabajo que tendremos. No es mucho porque la revista está corta de presupuesto, son solo 50 CUCs diarios”.

Al escuchar la cifra y calcular rápidamente que en cinco días ganaría la bonita suma de 250 CUCs, Javier saltó de alegría para sus adentros, pero controló su euforia y respondió: “No, no es mucho, pero como ustedes vienen de parte de mi primo Alfredo y esto será una ayuda para la promoción de las bandas cubanas de rock, puedo hacer un esfuerzo. Díganme cuándo empezamos”.

“Mañana viernes, porque hoy jueves ya planificamos una visita a Tropicana. Ah, y se me olvidaba decirte, el costo de lo que consumas en los sitios a los que nos lleves, va por nosotros, ¿OK?”. Mientras Dave expresaba esto, Robin se había levantado y dirigido al interior de la vivienda, de la que ya retornaba con otras tres latas de Bucanero. “¿A dónde iríamos este viernes?”, preguntó Wald, a la par que se servía en un vaso desechable el espumoso líquido. “A la peña de Juanito Camacho en el Río Club, es por la tarde, a partir de las 5 y dura hasta alrededor de las 9”.

Después de otro rato de conversación y de beber un par de cervezas más, Javier Otárola se despidió de sus recién conocidos y avanzó por 28 rumbo a 23, a fin de coger allí uno de los tantos autos de alquiler que recorren Centro Habana por la calle San Lázaro. Ya montado en un Ford de la década del 50 del pasado siglo, pensó que para causar una grata impresión a Dave y Robin, debería informarse un poco sobre el fenómeno del cover a escala internacional, para así poder contextualizar apropiadamente lo que al respecto sucede en Cuba. Recordó entonces que a propósito de un cuento que había escrito meses atrás para una antología organizada por una editorial de provincia y que relacionaba los mundos del rock y de la literatura, había acopiado alguna bibliografía acerca del fenómeno del cover, pues de inicio había previsto hacer su narración en torno a dicho asunto, aunque a última hora decidiera preparar un relato en relación con la práctica del metal extremo y que nombró “Hombres lobos en La Habana”.

Parado ante uno de los tantos libreros que poblaban su casa, Javier Otárola extendió el brazo y echó mano a una gruesa carpeta en la que decía por fuera: Apuntes de rock y metal. Sentado en su sillón favorito y tras ojear un poco la papelería, extrajo de la carpeta un recorte perteneciente al tabloide El Caimán Barbudo, correspondiente a la edición 322, de mayo-junio de 2004. En el amarillento papel, el titular del trabajo recortado y acreditado a Mario Masvidal rezaba: “Jurassic Park”. Un fragmento del material de inmediato llamó su atención, pues estaba subrayado en rojo:

“Justamente nostalgia e ironía presiden un fenómeno sociocultural que en los últimos tiempos está teniendo lugar en diferentes escenarios de La Habana, ciudad que por demás parece ser sede natural de la nostalgia y la ironía. Se trata del boom del rock cover o el resurgir de los ‘dinosaurios’ del rock.

Con el término rock cover se suele denominar a aquellas bandas de rock cuyo repertorio está constituido básicamente por reelaboraciones y en algunos casos versiones —unas más miméticas que otras— de viejos temas del pop y del rock anglonorteamericano y español de los años 60 y 70, y cuya cosmovisión está enfocada hacia esa época.”

SafraxTras leer esto, Javier se remontó entonces al decenio de los 90, cuando en La Habana se celebraron varios coloquios sobre los Beatles y que despertaron la fiebre por organizar las denominadas como “peñas” de los 60 y 70, para disfrutar —entre amigos— de la música facturada durante aquellos años. De seguro, la mayor de tales peñas fue la llamada Beatle Soul, antecedente del futuro fenómeno de las bandas de cover en Cuba, del cual la primera en rearmarse fue la de Los Kents, a los que seguirían después otras agrupaciones como Dimensión Vertical, Los Takson y Red X, así como varios ensambles en provincias fuera de la capital, como por ejemplo Los Modi en Cienfuegos y Retorno en Holguín. Por un instante, Otárola se vio entre el público que a inicios de la primera década del siglo XXI se reunía, domingo tras domingo, para repletar la discoteca Ipanema del Hotel Copacabana y disfrutar de la función protagonizada por Los Kents.

Otro puñado de hojas, en este caso una larga tira de papel impreso de computadora, centró entonces la atención de Javier. En los primeros renglones decía: “Lo original de la versión. De la ontología a la pragmática de la versión en la música popular urbana”. Se trataba de un texto escrito por el musicólogo y teórico mexicano-español Rubén López Cano y aparecido en Consensus 16, pp. 57-82. Las cuartillas estaban repletas de acotaciones, subrayados y entrecomillados, en señal del impacto que dicho ensayo había causado a Otárola tras su primera lectura tiempo atrás. Sus ojos, acostumbrados a leer con especial velocidad, se detuvieron por unos segundos en el fragmento que expresaba:

“La versión actualiza y transforma un tema grabado anteriormente. Va de la imitación a la producción de un tema derivado; del homenaje a la reconstrucción; del enmascaramiento al comentario, interpretación crítica o sátira. Para su estudio, el concepto de ‘original’ es problemático por lo que se proponen nociones alternativas para designar funciones específicas como versión de referencia, versión actual, canción de base, versión dominante o hegemónica, etc. La relación de una versión con su ‘original’ y con otras versiones se vincula con el problema filosófico de la identidad y los modos de existencia de la canción popular. Las principales teorías oscilan entre las que otorgan a la grabación el estatuto ontológico de obra autográfica-eterna y aquellas que consideran la música popular como una inmensa red intertextual donde cada canción es una enunciación-performance de un código o sistema de comunicación general compartido ampliamente y productor de entidades muy similares.”

Entre los papeles que Javier ojeaba, había una larga lista de referencias bibliográficas acerca del tema y que podrían servir de base teórica en el supuesto caso de que alguien quisiera estudiar el fenómeno del cover en Cuba: Cooper, B. Lee (1996). “A taxonomy of tributes on compact disc”. Popular Music and Society, 20 (2): p. 204; Dent, Alexander Sebastian (2005). “Cross-Cultural “Countries”: Covers, Conjuncture, and the Whiff of Nashville in Muacutesica Sertaneja (Brazilian Commercial Country Music)”. Popular Music and Society, 28 (2): pp. 207-227; Griffiths, Day (2002). “Cover Versions and the Sound of Identity in Motion”. En Popular Music Studies, Ed. David Hesmondhalgh y Keith Negus, pp. 51-63. Londres: Arnold; Mosser, Kurt (2008). “”Cover song”: Ambiguity, Multivalence, Polisemy”. Popular Musicology Online 2; Plaskete, Georges (2010). “Like a version”. En Play it Again: Cover Song in Popular Music, Ed. George Plasketes, pp. 1-7. Surrey: Ashgate.
Riiiiiiing, el timbre de la puerta interrumpió a Otárola que, con gesto de fastidio, detuvo su faena y fue a abrir.

FROM THE BEGINNING

El Río Club es una vieja instalación perteneciente a la empresa RecreaTur. Ubicado junto a la desembocadura del Almendares, por la zona que da al barrio de Miramar, quienes pasan de los 50 lo recuerdan por su antiguo nombre de Johnny’s Dream. En sus inicios, fue propiedad de un hombre de negocios que dirigía dicho local, así como el Johnny 88 (luego conocido como Amanecer) y el hotel St. John, ambos en el Vedado. En la década de los 70, el Johnny’s Dream se hizo muy popular entre los amantes del jazz, en virtud de las descargas que allí se organizaban y por las que desfilaba toda la elite de los instrumentistas cubanos. Aún algunos evocan las presentaciones que en el espacio desarrollaban por dicha época figuras como Paquito d’Rivera o agrupaciones como Sonido Contemporáneo. Devenido en años recientes una discoteca, la acción más seria para intentar que en el sitio volviese a hacerse cultura, tuvo lugar en la década anterior, cuando el local se renombró como Irakere Club; pero a decir verdad, Chucho Valdés no pudo llevar adelante el proyecto como se había previsto y el pensamiento gastronómico volvió a ganarle la partida al artístico.

Ahora, gracias a una gestión de PM Records, los viernes a partir de las 5 de la tarde se efectúa allí lo que se ha dado en llamar “Sobre el filo”, suerte de peña o espacio conducido por el realizador radial y también vocalista Juanito Camacho, quien además de animar la tertulia, poner videos de escasa o nula circulación en la TV cubana, presenta a bandas de rock, en su mayoría de las dedicadas a la práctica de covers.

En el instante en que Javier Otárola, Dave Wald y Robin Allen entraron al concurrido local, previo pago de 2 CUCs por persona, en la pantalla se veía una actuación en vivo del mítico trío Emerson, Lake & Palmer, mientras interpretaban una vieja tonada del grupo de inicios de los 70, la pieza titulada “From the beginning”. Mientras avanzaban en busca de una mesa, Javier saludaba a varios conocidos y aprovechaba la ocasión para presentarle al periodista y fotógrafo norteamericanos a la fiel troupe de groupies del universo del cover en Cuba, integrada entre otras por “Tina Turner”, Mercedes, la “Gitana del Rock” y Yolanda, activas y voluntarias promotoras de esta escena.

Ya acomodados, Dave preguntó lo de costumbre: “¿Bucanero?” Sorprendentemente para Wald, Otárola respondió con la cabeza que no y agregó: “Los dejo a ustedes con la cerveza, pero aquí se vende un güisqui de marca Jameson que es una maravilla y hay que aprovechar las oportunidades”. “No hay ninguna problema en eso”, replicó en su pésimo español Robin, mientras se levantaba y marchaba rumbo a la barra.

“¿A qué tú crees, Javier, se deba la proliferación en Cuba de bandas de cover?”, preguntó Wald a la par que sus ojos no dejaban de seguir el cimbreante contoneo de cintura de una rubia que pasaba cerca de la mesa en la que ellos dialogaban.

“Yo pienso que hay un conjunto de razones para ello. Como tú sabes, este es un fenómeno mundial y algunos estudiosos consideran que es una manifestación posmoderna de la extendida recontextualización musical, a partir del agotamiento de la cultura contemporánea, los valores de autenticidad y originalidad.

“A lo anterior habría que añadir en nuestro caso el factor económico. En medio del descalabro de la utopía motivado por la crisis que desde 1990 hemos vivido, hay un sector de cubanos con determinados niveles de acceso a la Moneda Libremente Convertible, y entre ellos hay representantes de los de edad madura, digamos con más de 40 años, que poseen una solvencia relativa y pueden costearse el gusto de venir a lugares como este, en los que el costo de entrada es como mínimo 2 CUCs o 50 pesos de los otros y donde el consumo siempre es en CUCs, of course.

Magical Beat“Lo anterior no quiere decir que a sitios semejantes no asistan jóvenes, aunque en esencia, esto es un fenómeno de pura nostalgia. Tal rentabilidad ha propiciado la proliferación de locales así, ya sea para presentaciones en directo de agrupaciones o para las llamadas discotembas con música grabada. Si te soy sincero, Dave, a veces me pregunto si aquellos años, sean los 60, 70 u 80, produjeron en verdad música excepcional. O más bien es cuestión de que había una gran población de jóvenes en esos tiempos, que hoy día somos muchos y mantenemos la nostalgia viva de las canciones de entonces, de una manera evidente, sencilla y llanamente por la cantidad. Tal vez la respuesta que yo mismo me doy es que es un poco de ambas cosas.”

Entretanto Javier y Dave conversaban animadamente, Robin había retornado junto a ellos con las bebidas solicitadas, pero ni corto ni perezoso se había trasladado hacia otra mesa, para conversar en su español chamuscado con una escultural trigueña que, desde que el fotógrafo y sus compañeros entraran en el local, no le había quitado los ojos de encima a Allen, cosa de la cual él se había percatado.

Mientras, en la tarima los integrantes de Los Kents se aprestaban a iniciar el show tras las palabras de bienvenida al espacio por parte de Juanito Camacho. A una señal de Willy, el cantante líder de la banda, comenzaron a sonar antológicos temas del rock clásico de todos los tiempos, piezas de bandas como The Beatles, The Doors, Rare Earth, Led Zeppelin, Grand Funk Railroad, Creedence Clearwater Revival, Deep Purple o The Rolling Stones, y que iban desde “Come together”, “Light my fire”, “Get ready”, “We are an american band”, “Some kind of wonderful”, “Smoke on the water”, hasta “Satisfaction”.

Mientras disfrutaba de aquel repertorio y de su tercer vaso de güisqui Jameson, Javier Otárola miró por unos segundos a una pareja que danzaba en la pista de baile: él, un cuarentón de pelo largo y ya con canas; ella, una mulata veinteañera de cabeza rapada y sonrisa fácil. La imagen le hizo pensar en los tiempos de tantas incomprensiones hacia esta música y en el contraste con el actual estado de cosas, donde las paulatinas transformaciones que se suceden inyectan confianza en la posibilidad de un futuro mejor y en que algún día Cuba sea un país normal.

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