Actualizado el 1 de noviembre de 2017

La Trovuntivitis

Por: . 31|10|2017

La juglaresca cubana está de fiesta: La Trovuntivitis cumple 20 años de estar ahí para quien quiera escuchar. Algo que comenzó en algún momento del verano de 1997, carente de premeditación

Fotografías Mayteé Hernández

(Para Bladimir Zamora y Roberto Reyes Entenza, in memorian)

La juglaresca cubana está de fiesta: La Trovuntivitis cumple 20 años de estar ahí para quien quiera escuchar. Algo que comenzó en algún momento del verano de 1997, carente de premeditación, con un pequeño grupo de jóvenes perseverantes, guitarras en ristre, sin más deseo que zapatear un espacio donde compartir sus canciones, creció en tamaño, edad e impacto, hasta convertirse en referencia obligatoria para hablar de la salud de la trova que se hace en el país. Y es que desde bien temprano aprendieron que «para trascender siempre hay que luchar».

En su primera hornada despuntaron Alain Garrido (1969), Leonardo García (1975), Raúl Marchena (1976), Diego Gutiérrez (1974), Roly Berrío (1972), Raúl Cabrera (1972) y Levis Aliaga (1972), estos tres últimos conformando el trío Enserie. El imprescindible promotor Ramón Silverio los acogió en el Centro Cultural El Mejunje, en la capital villaclareña, armando una peña semanal que dura hasta la actualidad. Con bastante rapidez devino sitio puntal para el acontecer trovero en el país, juntando a noveles y consagrados, ante un público exigente y participativo. De ese modo, las siguientes promociones del colectivo se fueron gestando entre el mismo auditorio que los seguía. Poco a poco llegaron Yaíma Orozco (1980), Yunior Navarrete (1975) y Michel Portela (1981), hasta llegar a los más jóvenes o de reciente incorporación, como Irina González (1986), Karel Fleites (1985), Yordan Romero (1975), Yatsel Rodríguez (1986) y Miguel de la Rosa (1984) que inyectan la necesaria savia nueva.

Desde el inicio quedó claro que la membresía no sería estable: no iba a ser un grupo fijo, ni tendría «plantilla» (para horror de los burócratas). Esa flexibilidad (en cierto modo equiparable a la de propuestas como Habana Abierta o Interactivo) permite que sus integrantes desarrollen trabajos independientes como solistas, o establezcan las más dispares combinaciones. Al núcleo de cantautores se suma también un cambiante equipo de instrumentistas de apoyo, convocados según lo requiera la ocasión. Además, ni la lejanía geográfica («no emigran los corazones»), ni la disparidad de influencias son obstáculos para la pertenencia.

Raúl Marchena (1976)Sus mismas procedencias son variadas: desde la tradición trovadoresca hasta el rock de a pie. Quizás de ahí también el desenfado con el cual abordan sones y boleros junto a riff de electricidad cañera y ritmos brasileros o flamencos, reggae y funk, vocalizaciones de rap, sabores de guaracha y tonadas campesinas. Hasta el tan llevado y traído reguetón es apropiado con visión paródica, mostrando que cualquier música es aprovechable en su esencia, más allá del discurso al cual pueda estar asociada. Con esa intención de procesar géneros nacionales y foráneos, poniendo énfasis siempre en el mensaje, y teniendo presente «a donde me va a llevar la mano mía, la lengua mía, la canción mía», La Trovuntivitis –y no solo ellos-  está ayudando a desencartonar a la trova.

Las diferencias estilísticas de sus miembros, más que un hándicap, parecen ser el pegamento que los mantiene en activo. Les permiten complementarse, conseguir unidad donde podría caber la dispersión. Se hacen coros entre todos, comparten las voces principales en un mismo tema, se prestan las guitarras, entran y salen de escena. La filosofía de trabajo es flexible: ni absorbe, ni constriñe las individualidades. Todo parece fluir, y cada pieza del rompecabezas de personalidades va encajando en medio del esfuerzo, la pasión y el rigor.

Roly Berrío (1972)El trabajo con los textos muestra también la pluralidad conformante del colectivo. Junto a las líneas originales, donde «soltando amarras va la voz», se citan frases de otros autores, para una contextualización nueva y sugerente a la vez. Sus letras hablan de (casi) todo: el día a día del cubano con su apuesta por la voluntad y su dosis de inconformidad («el futuro se aleja otra vez»), las dudas, los amigos, la patria, las esperanzas a pesar de –y gracias a- tanto y todo. Mientras hay piezas donde se juega con el humor, hay asimismo crítica social, conflictos humanos de amor y desgarro, el desaliento y la espera, una decidida conexión con el entorno y una carga generacional donde dolor y alegría se miran a los ojos. Traducen a Cuba («soy pueblo adentro») y el mundo con el prisma de sus vivencias felices y contradictorias. El esmerado cuidado del aspecto lírico en la mayoría de las ocasiones, es complementado con el trabajo en conjunto realizado junto a poetas locales (EdelmisAnoceto, Yamil Díaz, Ricardo Riverón), la musicalización de textos de Samuel Feijóo y José Martí, entre otros, y las ocasionales versiones que realizan de temas de distintos autores. No voy a señalar ejemplos de cada una de esas tendencias, pues las dimensiones de la producción global trovuntivitera se me escapan, pero hay perlas indudables. Creo que por ahí anidan ya algunos clásicos de mañana.

Es probable que desde el exigente punto de vista académico unas voces estén mejor preparadas, o que ciertos guitarreos sean técnicamente más imaginativos o logrados que otros. Sin embargo, la historia de la trova cubana se ha construido tanto con las dotes asombrosas como con las limitaciones de sus cultivadores. La expresividad tiene muchas vías para convertirse en arte. La canción se defiende desde el instrumento y la  garganta, a como dé lugar. Por eso en la tan necesaria renovación de la canción, La Trovuntivitis conecta con la herencia de sus antecesores, pero le imprime su inevitable dosis de contemporaneidad.

El año pasado el colectivo presentó su primer trabajo discográfico oficial, después de escaramuzas variadas, contribuciones en compilatorios junto a otros creadores, demos grabados en precarias condiciones y álbumes de algunos de sus integrantes por separado. En este sentido, espacios como Verdadero Complot (Centro Hispanoamericano de Cultura) y A Guitarra Limpia y Puntal Alto (estos dos, coordinados por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau) fueron vitales en la promoción de una obra que se iba consolidando a pasos agigantados. También piezas de sus integrantes aparecieron en los repertorios de otros intérpretes.

Diego Gutiérrez (1974)De forma lamentable, los sitios para este tipo de canción han ido languideciendo en los últimos años («en realidad nada gira igual») o se convierten en otra cosa. Por eso vale preguntarse «qué tendrá la noche» de los jueves en El Mejunje, que a lo largo de los años mantiene intacta su capacidad de convocatoria. Y es que allí el ya citado Silverio (en buena medida, otro padre de esta criatura veinteañera) se las ha ingeniado para conformar un foro inclusivo como pocos en el país, y en el que La Trovuntivitis se sigue presentando con regularidad. Por suerte también surgen lugares con el habanero La Casa de la Bombilla Verde, donde la trova es parte del menú de cada día.

De las peñas estudiantiles a los escenarios internacionales, el sendero de La Trovuntivitis ha sido largo y luchado («de cierta manera hice un camino con las veredas que no atravesé»). Está su obra para recordarnos que nada se pierde con insistir y soñar. Si hay un propósito evidente que los anima a través de estas dos décadas lo resumen al cantar «no quiero fallarle a los míos».

Categoría: Música | Tags: | | | | | |

Director: Fidel Díaz Castro

Diseño web: Héctor Otero

Relaciones públicas: Racso Morejón

Redacción digital: Editor: Racso Morejón y Darío Alejandro Escobar

webmaster: Racso Morejón

Desarrollador web: Escael Marrero

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados