Actualizado el 8 de diciembre de 2017

Daymé Arocena y Cubafonía:

El sonido de la nueva generación

Por: . 6|12|2017

Parece estar en muchas partes, ser de muchas partes. Y eso le interesa. Pero no vive en París, ni en Londres, ni en Nueva York. Es cubana de CubaParece estar en muchas partes, ser de muchas partes. Y eso le interesa. Pero no vive en París, ni en Londres, ni en Nueva York. Es cubana de Cuba, hija de los 90, de la rumba improvisada en Santo Suárez con cucharas y tenedores sobre las ventanas en días de apagón. Por sus venas corre un país lleno de mixturas, por eso canta en español e inglés. Es tartamuda pero su conversación fluye bien desde el mejor idioma que conoce, el jazz.

Daymé Arocena es de baja estatura y tiene la piel brillante y oscura, como pulida durante siglos mientras sus ancestros pactaban su amor por los sonidos de los tambores batá. Pero de ella lo más sobresaliente es su voz, una voz que parece haber fundido otras voces en su canto, una voz que retumba y estalla a veces con la fiereza del mar o con las cadencias suaves de un río.

Su música ha realizado un recorrido poco usual. Casi siempre los artistas crecen en su tierra y luego se proyectan al mundo; sin embargo, para esta joven compositora el proceso ha sido a la inversa. “En mi caso ha sido de modo contrario. Y a la casa le ha tocado esperar, no quisiera que fuera así. Muchas veces me preguntan dónde está mi tierra y digo que aquí en Cuba, felizmente.”

Por eso su más reciente fonograma titulado Cubafonía es una síntesis del país musical que la sostiene. Uno que de vez en cuando expande sus fronteras para conectar con distintas sonoridades. Sin embargo, a diferencia de sus discos anteriores, el interés esencial de este álbum es rendir homenaje a ritmos y géneros autóctonos de la música cubana. Aparece allí la guajira, el changüí, el tango congo, el songo, el pilón…

Cubafonía es un hijo que le costó parir. “Fue un proceso bastante largo. Tuvo sesiones de grabación en tres países diferentes, con muchos músicos. Hay una selección de géneros que conectaban con las canciones que compongo. Después de presentar esa base comenzamos el proceso de grabación, que fue por una parte en los estudios Abdala, de La Habana; y en Los Ángeles y en Londres”.

“No queríamos hacer un disco con sabor a la música de hace setenta años. Somos la nueva generación de músicos cubanos, quería que tuviera ese sonido juvenil. A veces la música cubana se hace demasiado compleja y no se entiende. Buscaba un sonido más universal.”

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Siento que Cuba tiene que tomar el ritmo que voy llevando y siento que poco a poco nos estamos encontrando. Es un viaje a la semilla y me proyecto siempre como una cubana de barrio, de pueblo, gozadora y sandunguera.”En el año 2015, su álbum debut Nueva Era fue catalogado por la National Public Radio de Estados Unidos (NPR) como uno de los mejores 50 discos de ese año. Un proyecto que “redefine el estereotipo de lo que es la música cubana y la ubican como una de las representantes de la vanguardia musical del país”, leemos en su página oficial.

Pero sus andanzas comenzaron antes, cuando decidió crear Alami, una banda integrada solo por mujeres. Por esos caminos, la saxofonista canadiense Jane Bunnett la invitó en el año 2013 a ser parte del proyecto Maqueque, una colaboración que se ha extendido en el tiempo. Por estos días, Daymé conoció que el fonograma Oddara de Jane Bunnett & Maqueque, es uno de los nominados a los Premios Grammy 2018 en la categoría de Mejor Álbum de Latin Jazz.

De la mano del productor Gilles Peterson accedió al catálogo del sello Brownswood Recordings, donde debutó a comienzos del año 2015 con un EP titulado The Havana Cultura Sessions.

Sin embargo, entrar en el ruedo del mercado del disco ha sido para ella un verdadero desafío debido a una visión sobre la creación musical en Cuba muy limitada. “He tenido que lidiar con una desinformación terrible. Muchos piensan que de Cuba solo es trascendente el Buena Vista Social Club. Ese mercado en ocasiones proyecta que eso es lo único que pasa en Cuba, lo cual es muy injusto porque hay tanta buena música en la Isla… Tal parece que existe un impás. Cuando llegas con una propuesta musical diferente, creen que vienes de Marte. Colarse es muy duro”.

Cuando salió al mercado su primer disco, fue catalogada como exponente de la World Music porque, según asegura, “la gente siempre está buscando lo nuevo que pasa en el mundo, cuando dices que se trata de jazz cubano se echan para atrás, te dicen que ya conocen y en realidad saben muy poco.”

La música de Daymé Arocena ha sido registrada por discográficas de otros países, limitando así el acceso de los cubanos al disco físico. Sentía una deuda con el público, por eso reunió su cargamento y los trajo ella misma a La Habana, “para que puedan llevarse una muestra de Cubafonía a casa”.

Una de sus preocupaciones es que Cuba no ha creado las vías para hacer producciones discográficas de modo ágil. “Cuando firmas con una casa discográfica extranjera año tras año tienes que hacer discos, tienes que hacer giras. Por acá todavía estamos aprendiendo a insertarnos en el mundo. Siento que Cuba tiene que tomar el ritmo que voy llevando y siento que poco a poco nos estamos encontrando. Es un viaje a la semilla y me proyecto siempre como una cubana de barrio, de pueblo, gozadora y sandunguera.”

“Entre nosotros los cubanos, hay un manantial de música naciendo, brotando. Hace falta que se escuche, que se muestre, que se abra al mundo”; asevera la joven compositora e intérprete. “Hace falta un poquito de industria”.

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El fonograma asoma como un disco sincero marcado a veces por la nostalgia. “Está dedicado a mi tierra, la que me ha dado el ochenta por ciento de la información musical y formación musical que tengo”.Diez años tenía Daymé Arocena cuando comenzó a estudiar en el Conservatorio Alejandro García Caturla. Desde ese momento, la herencia de la música clásica comenzaba a sintetizarse con los sonidos de su barrio natal.

“En la base de mi formación está el hecho de haberme criado tan desinhibida, con esa actitud positiva ante las vicisitudes”. De esos años recuerda especialmente su formación en el coro de la comunidad de Diez de Octubre, donde empezó a cantar en inglés. En esa época realizo su primera presentación en la televisión nacional, me dice mientras esboza con su voz un tímido “Let it be”.

Sin embargo, el jazz llegó a su vida de modo accidental. A la Big Band de la escuela Amadeo Roldán le hacía falta una cantante y le propusieron ser parte del proyecto. Hasta ese momento nunca había pensado que cantaría jazz.

“Como siempre he sido atrevida, cuando se acercaron a mí yo no lo pensé, les dije que sí. No era consciente de lo que iba a hacer. Empecé a cantar sin saber lo que era aquello. Mis primeras canciones fueron ‘My Funny Valentine’ y ‘Bye Bye Blackbird’. Me dieron la partitura, me senté al piano y cuando me di cuenta ya era muy tarde. La improvisación me resultó sencilla. Como soy tartamuda, encontré la expresión relajada, improvisar era hablar en mi idioma sin complicarme tanto. Todo era más fácil.”

Además de poseer una dúctil y potente voz, Daymé compone sus canciones. Y no importa el género que explore, porque todo lo que pasa por su cabeza, por su boca y por su corazón, “siempre desemboca en el jazz”. Es un puente entre sus raíces, su fe y su formación académica.

“Cada ritmo o género que aparece en ese disco tiene influencias. Si hay un songo ahí está Van Van, ahí está Formell. Si paso por la música guajira ahí está Celina. Si paso por la rumba antigua ahí está la Lupe. Si paso por el tango congo ahí está Bola de Nieve. Si paso por el bolero, aparece Marta Valdés. Esas son mis grandes influencias, las que están en mi altar espiritual. Seres de luz que me iluminan todo el tiempo y a los cuales les pido mucha música.”

Ante el otro altar, el de sus orichas, Daymé sigue pidiendo conexión con sus ancestros, aché y luz para seguir cantando, para encontrar el camino de vuelta a su casa, a la rumba, al jazz. No le tiene miedo a la vida ni a los estereotipos. “Si un día te encasillan, tu misión es demostrar que eres más que eso”.

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Cubafonía reposa sobre un proceso “más serio”, insiste Daymé. “Los discos anteriores tienen el sabor de la improvisación, de lo que sucede en el estudio. Estaban las marcas de la música electrónica. Este nuevo disco me ayudó a reconocerme mejor.”

Detrás del nuevo fonograma, aparece un grupo de talentosos músicos que dieron color y texturas al álbum. “Con los muchachos todo es fácil y la música siempre toma otro color. Se puede convertir en un arcoíris. Les doy libertad para eso. No soy la jefa mandona, aunque soy graduada de dirección coral. Les doy su espacio para que la música mantenga ese espíritu libre. El jazz es libertad y no puede conjugarse con egoísmo. Si eres egoísta no escuchas, si no escuchas no puedes hacer música”.

Todavía algunos le preguntan por qué siendo cubana y defendiendo a Cuba, Daymé canta en inglés. Muy joven aprendió que la música cubana no tiene un idioma específico. “Es absurdo pensar así cuando somos un país mixto. Aquí siempre hubo esa lingüística relajada de que canto en el idioma que quiero. No canto solo en inglés; de hecho, canto más en español. Pero si me ponen a cantar en cantonés o hindú lo voy a hacer porque pienso que eso nos nutre. No puedes dejar que te quiten las ganas de hacer”.

Cubafonía es un acercamiento a lo que somos en el siglo XXI, al menos esa es su aspiración. “Hay gente que lleva mucho tiempo proyectando el jazz más allá de nuestras fronteras. Está la obra de Roberto Fonseca, de Harold López-Nussa. Desde Chucho Valdés hasta los más jóvenes, muchos han defendido con originalidad la valía del jazz cubano, pero creo que como cantante el terreno es mucho más virgen.”

El fonograma asoma como un disco sincero marcado a veces por la nostalgia. “Está dedicado a mi tierra, la que me ha dado el ochenta por ciento de la información musical y formación musical que tengo”. Por eso casi siempre ríe cuando le preguntan dónde vive. Parece estar en muchas partes, ser de muchas partes. Pero ella vive en Cuba y está obsesionada con regalar su música y darse a conocer aquí.

El jazz es libertad y no puede conjugarse con egoísmo.Sobre el escenario Daymé suele cantar descalza. Se siente cómoda y solo sufre cuando tiene que cantar una obra que no es suya, por eso hace énfasis en su carrera como cantautora. En su altar espiritual se entrecruzan las obras de Nina Simone y Marta Valdés. Pero advierte que no canta ni una canción de ellas. Respeta mucho las obras ajenas por eso prefiere interpretar las suyas, me cuenta.

Pero hay una verdad de trasfondo que bien conoce Arocena. “Una vez que alguien escucha tus canciones; ya no son tuyas, son de to` el mundo”. La azotea de un edificio de La Habana revela el paisaje. Es un videoclip. Y una mujer joven y negra dibuja formas escondidas en sus espacios cotidianos. La vida fluye natural alrededor suyo. Le escuchamos cantar: “Soy Iyá, soy bongó, la rumba me llamo yo…”, como quien precisa abrir camino, crecer afuera y adentro, seguir buscando luz.

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