Actualizado el 13 de junio de 2011

La madera de William Vivanco

Por: . 21|5|2011

Hace años ya que vi cantar en la casa de protocolo del monumento a Maceo en Santiago de Cuba, a un trovador de quien no conocía ni el nombre, pero advertí que era una voz nueva de la trova que merecía tener más dimensión en los foros de la canción de autor del país. Poco después supe que su nombre era William Vivanco.

Como sigue pasando, insistió en sus presentaciones en la capital cubana. Esta insistencia le proporcionó la posibilidad de aparecer en una antología de varios otros que estaban en su misma situación. El sello Bis Music, que fue quien materializó aquel proyecto, lo eligió para hacerle un disco a él solo. Bajo el nombre de Lo tengo to pensa’o salió este fonograma, merced al cual se le empezó a radiar y su imagen llegó a los canales de televisión, no solo a través de su presencia en diversos programas, sino también a partir de videoclips de muy poética factura. Entonces se puso en boga “El cimarrón”, un tema que el público le pedía insistentemente, aunque ya William quisiera mostrar otras creaciones. Lo cierto es que tanto para los que creyeron siempre en él como para quienes habían dudado de sus posibilidades, quedaba claro que con este trovador había que contar.

No tardo en salir por el sello EGREM su segundo disco: La isla milagrosa, en donde por cierto se puso en evidencia que el artista, viviera donde viviera, no dejaba de traer el mundo de su ciudad natal encima. Allí aparece un contemporáneo pilón. Tiene aquel CD una muy bella factura, algo sin dudas de mucha importancia cuando se pone a consideración de los potenciales consumidores un producto artístico cualquiera.

Recientemente ha salido su tercer álbum, otra vez bajo el rubro de Bis Music: El mundo está cambia’o. Son doce canciones y un bonus track. Algo que siempre me ha parecido digno de alabar en Vivanco es su sentido de independencia a la hora de elaborar un disco, aunque ello le cueste tener largos meses el producto sin salir de sus manos.

De modo general, en sus anteriores CDs él se ha ocupado tanto de la letra como de la música. En esta tercer entrega discográfica hay cuatro temas suyos, de cuya música se ocupa el productor Robert Aaron, y en otro Eduardo del Llano y él facturaron la letra.

No se cuál es el precio con el que se vende este tercer disco en las tiendas de Artex, ni si el mercado cuentapropista lo tiene ya entre sus ofertas; pero valdría la pena que cualquiera que se interese por lo que mi compañero Joaquín Borges-Triana llama “canción cubana contemporánea”, lo obtenga.

William ensancha cada vez más los referentes musicales con los cuales trabaja. Ahora aparece su homenaje a Olokum, esa Yemayá que vive en las profundidades del mar. Y continúa intercalando en el contexto de sus letras, giros muy propios del hombre del habla común. Hace algunos años que anda encandilado con los ritmos de Haití y también lo hace patente. Todavía es capaz de seguir probando que necesita, y que puede, hacer composiciones de un lirismo cautivador.

Me parece particularmente hermoso que el bonus track del disco sea “Cajón de muerto”, una composición emblemática del trovador santiaguero Ángel Almenares. Para ello buscó la compañía del tresero Eliades Ochoa.

Además del productor que ya mencioné (guitarra, bajo, flauta, saxo barítono y tenor, teclados), aparecen otros músicos dignos de mencionar como los percusionistas Pancho Terry, Jesús Cruz (armónica y tres) y el trombonista Tommy García.

Me gusta el tercer disco de William Vivanco. Solo que, aunque se tome como una malcriadez mía, hubiera preferido otro título, para que no guardara, ni sonoramente, semejanza alguna con el nombre de su primer CD.

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