Actualizado el 8 de julio de 2011

Christian Vander y Magma

Por: . 21|4|2010

Para Aislinn y Enrique Jardines

Christian VanderEn los géneros musicales resulta difícil precisar un origen o creador único. Por lo general se trata de procesos paulatinos donde intervienen diversas individualidades en un amplio marco de tiempo, antes de la cristalización definitiva. Sin embargo, hay unanimidad al considerar al francés Christian Vander (1948) y por extensión a su grupo Magma, como generadores del estilo llamado “Zeuhl”. Verdadera escuela con seguidores dispersos por medio mundo, es una sonoridad que funde jazz, rock, impresionismo y electrónica; que desarrolla su propia cosmovisión, una peculiar filosofía estética y hasta un idioma propio, que ya es mucho decir.

Entre los creadores que Vander menciona como inspiración está el saxofonista de jazz John Coltrane, pero lo cierto es que la música de Magma está a millas de un parentesco directo con ese género. Lo utiliza como referencia asimilada y procesada desde su peculiar prisma, pero no como algo inamovible o sagrado. La estimulante posibilidad de iniciar un camino nuevo surge, quizás, de tal cualidad: antes de Magma nadie había tocado esta clase de música. Incluso, dentro de la propia escena gala de los años 70, el grupo fue una rara avis, desprendiéndose de los clichés que dominaban al rock del período. Resulta curioso que otros colectivos y solistas en la Francia de entonces, como Art Zoyd, Etron Fou Leloublan, Gong y Albert Marcoeur, muestren pocos puntos en común. Saludable diferencia para un movimiento nacional que se distanciaba del rock anglosajón buscando vías propias. En ese sentido la obra de Magma fue crucial.

Si los primeros álbumes (Kobaia, 1970; 1001º centigrades, 1971) ya enuncian el Zeuhl, títulos siguientes como Mekanik destruktiw kommandoh (1973) y Kohntarkoz (1974) muestran sus claves básicas perfectamente delineadas. Un ritmo macizo desde la batería y un bajo cuyos graves son demoledores, voces onomatopéyicas que alternan entre un solista y efectos corales (como en Carmina Burana, de Carl Orff), armonías ominosas, fraseos jazzísticos, complejidad instrumental siempre tratada in crescendo. Códigos parecidos se utilizan en los discos siguientes, desde el impresionante Hhäi/Live (1975), Udu wudu (1976) y Attahk (1977), pasando por Merci (1984), hasta recientes entregas como Ka (2004) y Ëmëhntëhtt-ré (2009); en los que descubrimos fragmentos de piezas anteriores, extrañas y familiares a la vez, como signo de esa continuidad conceptual que es la obra discográfica de Magma, ahora distribuida a través de su propia compañía Seventh Records.

Intentar definir el estilo Zeuhl es absurdo: hay que escucharlo. Es una experiencia que no admite veleidades. Se cae subyugado, o se rechaza de plano. Valga decir que es una de las direcciones del rock surgida a fines de los 60 y a menudo encorsetada en la corriente “progresiva”, si bien su desarrollo muestra una autonomía. Con un lenguaje inventado (el “kobaiano”, mezcla de recursos lingüísticos de varios idiomas) se narran historias de ficción interplanetaria, mientras una música equidistante por igual del jazz hermético y la experimentación rockera va en busca de su clímax. Tras esa atmósfera amenazante y casi extra-terrestre hay preocupaciones filosóficas normales (la crisis de valores, la espiritualidad humana, el porvenir), pero la imposibilidad inmediata de traducir las palabras cantadas obliga a percibirlas como parte física del sonido total. Para los fines del grupo parece no importar tanto lo que se está diciendo (solo unos pocos iniciados entienden el mensaje), sino la manera en que voces e instrumentos van dictando consecuencias sonoras. En este caso el fin justifica los medios.

Baterista y compositor de la mayoría del material, pero también pianista y cantante, Christian Vander encabeza la nómina de Magma desde 1969. En la batería lo caracteriza ese empuje poderoso que no disminuye con los años, evocando el frenesí de ritmos tribales o marchas en espiral, junto a una explosiva visualidad. Por otra parte, y ante los inevitables recesos en la trayectoria del grupo, se dedica a trabajos personales. Quienes lo asocien solo con aquella potencia, se sorprenderán ante la imaginación y sutileza desplegadas en discos donde sobresale lo vocal, tanto en canciones para niños (A tous les enfants, 1994) como en la vertiente más experimental (Les cygnes et les corbeaux, 2001). Otros proyectos lo acercan más al jazz (escuela bop) con formaciones de trío y cuarteto, comprobable en grabaciones como Jour apres jour (1989) y Au sunset, una década después. Similar dirección muestra su orquesta Offering, con tres discos donde hallamos temas originales y versiones a piezas de Billy Strayhorn y Coltrane. Ahí tiende más hacia lo acústico en detrimento de la electrónica, y la música, sin llegar a ser predecible, avanza por derroteros bien distintos a los de Magma.

Vander es el ideólogo y único miembro permanente de la banda, pero por sus filas ha pasado casi un centenar de músicos de varias nacionalidades, con obvio predominio francés. Cantantes como Stella Vander, Klaus Blasquiz, Isabelle Feuillebois y Guy Khalifa, los bajistas Francis Moze, Philippe Bussonet, Bernard Paganotti y Jannick Top (compuso “De futura”, una de las más impresionantes piezas de la discografía), el violinista Didier Lockwood, Yochko Seffer y Richard Raux (saxofones), Benoit Widemann, Patrick Gauthier, Jean Paul Asseline, Simon Goubert, Enmanuel Borghi, Gerard Bikialo y Francois Cahen (en piano y teclados), y los guitarristas Gabriel Federow, James MacGraw, Claude Engel, Jean Luc Chevalier y Claude Olmos, destacan en las cambiantes estructuras. De muy diversas maneras, ya sea contribuyendo en las composiciones, o a partir del despliegue vocal–instrumental, son presencias también fundamentales para redondear ese sonido tan característico.

Entre sus deudores, directos o no, hay desde una pléyade de bandas galas (Shub Niggurath, Zao, Cortex, Eider Stellaire, Weidorje, Anaid, Musique Noise, Vortex, Eskaton, Yog Sothot, Rhesus O, Lard Free) así como trabajos en solitario de algunos de sus ex miembros, hasta los grupos japoneses Happy Family, Bondage Fruit y Ruins. Ya sean las líneas del bajo en un piquete como los norteamericanos Absolute Zero, o la actitud hacia la batería en una etapa temprana del inglés Chris Cutler (Henry Cow), lo cierto es que la influencia de Magma se deja sentir en la decodificación múltiple de su legado. Hasta el Rock En Oposición, un movimiento tan abierto como inclasificable, en ciertos momentos captura parte de esa energía intrínseca del Zeuhl.

Cuando los álbumes conceptuales, el virtuosismo instrumental y la apoteosis de horas y horas de música exuberante parecen cosas del pasado, Christian Vander y Magma hacen caso omiso de las apariencias. Ese carácter atemporal de su obra, no sujeta a reglas de mercado ni a moda alguna, y esa intransigencia creativa, cual choque frontal con todos los prejuicios, le garantizan una envidiable posición, siempre con un pie más cerca del futuro. Como una cantata abrasiva, su música resiste el paso del tiempo. Cualquiera diría que en las entrañas de la Tierra, y también en su superficie, hay Magma para rato.

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