Actualizado el 8 de julio de 2011

Charly García

Por: . 4|6|2010

Para Diana Furlani y Vanessa Galván

Charly GarcíaPocos artistas del panorama contemporáneo levantan pasiones tan extremas como este señor de bigote bicolor. Odiado y amado a la vez, sobrevive en la línea esquizoide que apenas separa sus vidas íntima y pública. En su caso parece levantar igual cantidad de comentarios un nuevo disco, que si se pinta la cara. Quizás ha terminado siendo más material para el sensacionalismo que otra cosa, pero lo que lo singulariza es que debajo de esa capa de anarquía y provocación hay talento de verdad, no es un mito prefabricado. Influyente y vitriólico, lúcido y desquiciado, ha hecho del caos la forma, y viceversa. Su tránsito por bandas siempre diferentes lo sitúan como uno de esos íconos renuentes a vivir del pasado, aunque tal situación peligrara en los últimos tiempos. Pero Charly García parece decirnos: “lo que ves es lo que hay”. Así de sencillo.

Nacido en 1951, fue uno de los millones de adolescentes seducido por Los Beatles y compañía en los años 60. A la vez bebió del incipiente rock nacional, y no fue ajeno al mundo contrastante del folclor (su madre producía un importante programa radial) y el piano clásico. Si hoy se le considera un archivo viviente de canciones de distintas latitudes y épocas, es por toda la información acumulada y decodificada a su muy peculiar manera. Como muchos, comenzó haciendo versiones (algo que aún disfruta), pero Sui Generis en su modalidad dual (con Nito Mestre en la flauta y la voz) le sirvió de trampolín definitivo hacia la fama. Si Vida (1972) estaba lleno de canciones memorables, de esas que se aprenden en la guitarra y luego sobreviven para siempre, Confesiones de invierno (1973) marcó un carácter de transición que se acentuaría con Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (1974), donde las rotundas orquestaciones enunciaban la implosión del concepto original. Detrás quedaban las canciones con ambiente pastoral y letras adolescentes. La búsqueda comenzaba, a cualquier precio.

La Máquina de Hacer Pájaros fue la banda siguiente, mediando los 70. Piezas de alta elaboración instrumental llenaron un par de álbumes considerados hitos en su carrera. Luego llegó Serú Girán, el clímax. Los ya curtidos David Lebón (guitarra) y Oscar Moro (batería), se juntaron al todavía bisoño bajista Pedro Aznar. Con Charly en los teclados fue la combinación perfecta. Tres voces bien empastadas, tres modelos de composición que se complementaban, y la base instrumental funcionando como un reloj. Un puñado de discos de cuidada factura y canciones con un esmerado trabajo textual e instrumental dieron la definitiva vuelta de tuerca.

Desde 1982 García apostó por la independencia creativa. La discografía hasta el presente cuenta con una veintena de títulos (si incluimos sus trabajos al alimón con Aznar y Mercedes Sosa), aunque dividida en tres períodos cruciales. El primero va desde 1982 a 1986, con títulos tan significativos como Yendo de la cama al living (1982), Clics modernos (1983), Piano bar (1985) y Parte de la religión (1987). En esa etapa introduce la modernidad en el rock de su país, cambia conceptos de producción y genera obras que destacan por su frescura. Le sigue una etapa de confirmación y asentamiento, con Cómo conseguir chicas (1989), y Filosofía barata y zapatos de goma un año después. Discos sólidos donde se recrea en sus hallazgos anteriores. A partir de ahí, el sinsentido garciano, su interpretación del azar tecnológico, la estética siempre en transformación y el concepto constante, se combinan con éxitos machacones, interludios instrumentales y “canciones” —en el sentido más convencional del término, si es que existen las convenciones en su universo— en discos como La hija de la lágrima (1994), Say no more (1996), Influencia (2002) y Rock and roll yo (2003).

Consumado hacedor de canciones, Charly se ha pasado la vida sentando cátedra a la hora de escribir rock en castellano. Expresivo y metafórico, destaca por la ingeniosidad con la cual arma sus textos. Un discurso donde lo porteño, la savia del folclor, la poética popular y las apropiaciones más diversas se dan la mano. La fina ironía, el humor y cierto toque de melancolía son claves para sus canciones; con ellas desarma situaciones (“El fabricante de mentiras”, “Mr. Jones”), recrea personajes (“Natalio Ruiz”, “Peperina”), o describe un país que se pudría entre militares y enajenación. Cuando canta: “Con esa música que hay ahora/ entiendo bien por qué estás tan sola”, sorprende el poder para reflejar, en apenas un par de versos, la dicotómica situación de la música popular actual, donde las canciones parecen churros y los textos bordean la oligofrenia más atroz. En una obra tan extensa es difícil elegir sus temas más representativos, pero señalaría algunos, incluso a riesgo de dejar fuera otros medulares: “Viernes 3 AM”, “Seminare”, “A los jóvenes de ayer”, “No llores por mi, Argentina”, “Los dinosaurios”, “Mientras miro las nuevas olas”, “Mala señal”, “Canción de Alicia en el país”, “Noche de perros”, y unas trescientas más. De hecho su legado con Sui Generis me parece absolutamente vital y perdurable.

Otra de sus modalidades favoritas es versionar temas ajenos, sobre todo del cancionero anglosajón. A veces las asume tal cual, dándoles en todo caso su color personal, como en el disco Estaba en llamas cuando me acosté; pero en otras ocasiones agrega textos propios que pueden alcanzar casi tanta belleza como los originales. “Me siento mucho mejor” (de The Byrds) y “Tu pueblo también” (de James Taylor), son modelos en este sentido. No le hace ascos a nada, y lo mismo se aparece con una cáustica versión del Himno Nacional Argentino, que cantando tangos o dándole la vuelta a un tema de Pablo Milanés. El cine y el teatro también se han beneficiado con sus partituras, además de componer junto a Joaquín Sabina, Fabiana Cantilo o el Flaco Spinetta, y colaborar como instrumentista, cantante o productor en álbumes de Claudio Gabis, Los Abuelos de la Nada, Moro & Satragni, Gustavo Ceratti, León Greco, Raúl Porchetto, Crucis y más.

Charly GarcíaLlegado a este punto podría uno preguntarse: ¿es rock lo que hace Charly? Sin dudas, aunque quienes reducen el género a un par de direcciones recalcitrantes siempre van a renegar de esto. Su música es rock como sonido y como estética; un rock transformado, cocinado con especias varias, que alcanza la originalidad metamorfoseando influencias y despegándose de las expectativas. Rock de piano y guitarra, de voz desgarrada, de textos que reflexionan, hurgando incluso en la herida si es necesario. Pero también es música popular de la bisagra entre dos siglos; es contradicción, es melancolía y rabia, es una nueva tradición que remonta vuelo, marcando “lo que vendrá”. Tributos y premios, dentro y fuera de Argentina, así como el reconocimiento de la mayoría de sus colegas, no hacen más que saldar la deuda que la música contemporánea tiene con él. Sin embargo, tal vez el homenaje más duradero sean sus canciones entonadas en fiestas y descargas anónimas, guitarreadas mejor o peor, sobreviviendo desde la sinceridad que proporciona el amor hacia su obra. La pregunta “¿Para quién canto yo entonces?” quizás tiene ahí su respuesta.

Tras un tiempo en que solo se sabía de él a través del amarillismo publicitario, parece que Charly vuelve, testeando reacciones (otra de sus especialidades) con recitales más cercanos a la cordura y canciones nuevas. Sospecho que muchos han suspirado de puro alivio. Es preferible que su catarsis pase por hacer música, en vez de ir demoliendo hoteles o saltando desde un noveno piso. A fin de cuentas, con tal historia detrás, al margen de envidias externas y su egolatría punzante, Charly es, entre los sobrevivientes, un imprescindible. Los demás, como dijo León, son solo sus Salieris.

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